Este es el editorial con el que empieza nuestro nuevo número, el #Panenka148, con un dossier sobre Shearer
Cuando el Newcastle ganó la Copa de la Liga y celebró su primer éxito nacional en 70 años, Alan Shearer solo lamentó que su padre no estuviera allí para verlo. No muy lejos del lugar, al sur, todo ocurre más al sur, otras ciudades se han pasado esas siete décadas alzando trofeos, hasta el punto de mirar con desdén a ese torneo que antes tenía nombre de cerveza, luego de banco y más tarde de bebida energética. Solo les interesa si asoma el premio final: Wembley.
Shearer también pisó su césped, en los tiempos en los que aún era la vetusta catedral de un imperio. Y allí, con sus tantos, o al menos con la promesa de ellos, encarnó una ilusión, un relato incompleto. El de la Inglaterra spice y la Gran Bretaña rejuvenecida. En el centro de todo, en VHS, en videojuegos y en la hamburguesa con queso y pepinillo, el delantero más deseado y fotografiado, pese a que era tan silencioso, tan callado, decididamente aburrido. Qué imagen tan distinta le hubiéramos atribuido si, como la lógica indicaba, se hubiera decantado por el rojo de los chicos de sir Alex. Nos engaña la ucronía que nos lo coloca levantando la ‘Orejona’ en 1999, sin reparar en que, con Alan, quizá no hubiera habido Solskjaer.
En el centro de todo, en VHS, en videojuegos y en la hamburguesa con queso y pepinillo, el delantero más deseado y fotografiado, pese a que era tan silencioso, tan callado, decididamente aburrido
La Historia es de los actores secundarios. Parecía intuirlo Alan cuando dejó que el club de sus amores lo sedujera al prometerle el sueño de jugar para el niño que un día fue. Como si ese resultara un argumento válido en el show business. Lo era para él, como lo era para el otro Alan, un esforzado trabajador del metal de pocas palabras y mucho fútbol que se olvidaba del cansancio al terminar su turno para patear un balón con su hijo o llevarle a entrenar. Lo era para los que recordaban a Jackie Millburn y a los chavales de posguerra que pusieron a Newcastle en el pedestal del que a menudo lo expulsa el clasismo y la falsa teoría de que tanto vales, tanto tienes.
Ningún futbolista valía más que Shearer en 1996, aun con su vitrina de trofeos desangelada. Y a base de goles, la supo llenar de recuerdos, de las caras alegres de su gente, a la que nunca falló. Tranquilo, Alan: ni tu padre ni nadie en la ciudad necesitaba en realidad ese título.



