Viste un traje gris, una fea corbata y unas oscuras gafas de sol. Lentamente, se pasea por el césped del Arena Garibaldi. En sus manos lleva un paquete de sal. Cada pocos metros, deja caer un puñado. A nadie le sorprende. Es una escena habitual en la casa del Pisa. Romeo Anconetani, presidente de la entidad, lo hace antes de cada partido que los suyos disputan como locales. Se trata de un hombre con poder, muy religioso y controvertido. “En Italia manda el abogado Agnelli, pero aquí en Pisa mando yo”, no se cansa de decir. Y es que esa escena pertenece a una Italia que todavía domina Europa, donde las estrellas se pasean por sus estadios y donde el fútbol lleva el nombre de calcio. La era dorada del país transalpino, así como de una ciudad que hoy, en 2025, celebra su regreso a lo alto de la mano del Pippo Inzaghi.
Pero nosotros nos encontramos en 1978, y Anconetani acaba de comprar a un club que solo ha disputado una temporada en la máxima categoría: la 1967-68. Desde la Serie C, su objetivo es volver a ella. Aunque de momento no podrá hacerlo desde el palco. Una sanción de la Federación Italiana le impide ser propietario, así que, por ahora, su hijo será la cara visible. Empieza bien su mandato. Digno de un hombre hecho a sí mismo. Mmmm… ¿Hecho a sí mismo? No sé por qué, pero esta frase siempre me recuerda a un tal Jesús Gil. Me da a mí que algo más tendrán en común. Pero no quiero adelantarme. Porque hace unos minutos no tenía ni idea de quién era este señor que tiraba sal al estadio a modo de superstición.
Anconetani nace en Trieste en 1922. Curiosamente se gradúa en Bellas Artes, pero su vida no se vinculará al calcio hasta que, después de la Segunda Guerra Mundial, se convierte en secretario de Le Signe, club de la localidad toscana de Signa, prácticamente a un palmo de Florencia. También en la Toscana, acabará siendo vicepresidente del Empoli. Allí mostrará sus primeros signos revolucionarios, introduciendo la venta anticipada de entradas y dotando de transporte a los aficionados para los partidos de visitante. Recordad que nos encontramos en los años 50, y el fenómeno del fútbol todavía es algo reacio a los cambios. Sin embargo, poco le importará a Romeo, que llegará a ser entrenador en el Prato, otro equipo toscano y que en ese momento compite en la Serie C. Ya lo veis. Un hombre norteño que parece que se ha enamorado de la Toscana. Como para no hacerlo.
Iba paseándose lentamente y, cada pocos metros, dejaba caer un puñado de sal en el césped. A nadie le sorprendía. Era una escena habitual en Pisa. Anconetani, el polémico presidente de la entidad, lo hacía antes de cada partido
Pero hablemos de calcio. Porque si algo lo define son las irregularidades, y desde luego que nuestro querido Romeo no estuvo exento de ellas. La federación le sancionará por compraventa de partidos -vamos, los amaños de toda la vida- y nunca más podrá ser directivo. Pero fruto de su picardía, Anconetani se reinventa y por primera vez introduce la figura del agente en el mundo del fútbol. El mercado de fichajes se convierte en su coto de caza, y a través de una red de contactos por toda Italia, recibe informes de buenos jugadores para ofrecerlos a los clubes y así sacar un rédito económico. Una larga lista de nombres en un sistema de lo más rudimentario pero eficaz. Y tiene sus trucos. Ya sea escribiendo artículos firmados por un seudónimo potenciando las virtudes de sus representados o pagando a italianos que viven en el extranjero para que le manden recortes de prensa con las puntuaciones que los cronistas otorgan a los futbolistas.
Así es como Romeo se convierte en alguien con mucho poder, llegando a abofetear a Corrado Ferlaino, el hombre que fichó a Maradona para el Nápoles. Resulta que un tal Giorgio Braglia, de la Fiorentina, acababa de fichar por los napolitanos, y en la barra de un hotel, Anconetani se acercó a Ferlaino exigiéndole que rompiese el contrato, ya que ese jugador le pertenecía. Sin embargo, el apellido de su cliente no era Braglia, sino que se trataba de Ariedo Braida. Tras ese arrebato erróneo, el conocido como “mister 5%”, pues ese era el porcentaje que se llevaba por cada fichaje, se disculpó y se marchó tranquilamente. Entonces, instalado en Livorno, decidió comprar el club rival de la ciudad que le acogía: el Pisa.
Ocurre en 1978. Sin embargo, la compra se producirá tras llegar a un acuerdo con la Cámara de Comercio de Pisa, apareciendo como “asesor de compras del club”. Una forma de esquivar, momentáneamente, la sanción que todavía sigue vigente. Pero la suerte estará de su lado, y tras la consecución del Mundial de 1982, la Federación decidirá indultar a todas las personas sancionadas por irregularidades (otra particular página del calcio). Así es como por fin accede al palco y se inicia la época dorada del club. Ese mismo año, el Pisa vuelve a la Serie A, y aunque caerán en tres ocasiones a la categoría de plata, en total vivirán hasta seis temporadas en lo más alto. Incluso llegarán a ganar dos Copas Mitropa, un torneo que, junto a Italia, disputaban varias ligas del centro y el este de Europa.
Anconetani encaja de lleno en la entidad. Se mimetiza con los ultras de la curva, se identifica con Pisa y realiza grandes fichajes a través de su buena intuición. Con él llega un joven Diego Pablo Simeone, que desembarca en Europa tras ser fichado procedente de Vélez y que, más adelante, acabará firmando un tal Jesús Gil para el Atlético de Madrid. Pero también otros futbolistas como el brasileño Dunga, el holandés Wim Kieft o el danés Henrik Larsen, ganador de la Eurocopa del 92. “Pisa soy yo”, llegará a decir el mandatario, a quien también apodarán el ‘Obispo de Pisa’. Un apodo que encaja con su fuerte religiosidad, llegando a peregrinar con el equipo al santuario de Montenero o al de Nuestra Señora de Lourdes.
Pero, desde luego, la mayor excentricidad de Romeo era su superstición. Esparcía sal gruesa en los bordes del campo en una costumbre apotropaica, algo que no encajaba mucho con su canónica religiosidad. Pero si tantos éxitos conseguía el equipo, difícil era cambiar la opinión de Romeo. Tanto, que en 1990, en un Pisa-Cesena, derramó alrededor de 26 kilos de esos granos de la buena suerte. El equipo ganó el partido, pero esa temporada fue la última en la que estuvieron en la máxima categoría. Quizá no fueran suficientes kilos. Precisamente ese fiasco, sin embargo, corrobora el gran nivel que vivía el calcio en aquello tiempos, puesto que aquel conjunto descendido fue una de las mejores plantillas con las que contó Romeo.
Con Anconetani al frente, llega a Pisa un joven Diego Pablo Simeone, que desembarca en Europa tras ser fichado procedente de Vélez y que, más adelante, acabará firmando un tal Jesús Gil
“El sueño del pisano es levantarse de la cama al mediodía, mirar hacia el mar y no ver más Livorno”, reza una de las canciones que siempre se cantan en el estadio del Pisa. Y eso es lo que acabó con Romeo. Quizá porque sucumbió al personaje, o porque, a pesar de tantos años en la Toscana, no entendió cómo funcionaban las cosas. En 1992 propuso crear el Pisorno, un nuevo club nacido de la fusión del Pisa y el Livorno, que jugaría en un estadio de 40.000 espectadores. La reacción de sus aficionados fue violenta. Hasta estuvo a punto de perder un ojo tras recibir un botellazo por parte de un ultra en el estadio que tanto le había coreado. Y aunque Romeo rectificó, la relación entre club y afición se vio mermada, y dos años después, al caer en bancarrota, el hombre que levantó Pisa se marchó.
Ahora, 36 años después de su último descenso, el Pisa ha vuelto. Esta vez sin su icónico presidente, fallecido en silencio en 1999 y cuyo nombre, desde entonces, da nombre al estadio. Junto al de Giuseppe Garibaldi, eso sí, que, aunque francés, fue uno de los líderes de la revolución italiana durante el Risorgimento. Dos figuras revolucionarias (cada uno en lo suyo, desde luego), así como imborrables. Aunque la de Anconetani sea solo en Pisa. Porque fueron 16 años en los que reescribió la historia de una entidad que, a pesar de haber vivido hasta dos refundaciones —una en 1994 y la más reciente en 2009—, sigue sin olvidar a ‘Il Presidentissimo‘. Su figura sigue presente. Y, seguramente, tras el ascenso, los más veteranos se volvieron a acordar de aquellos días en los que, sobre el césped, caía una pizca de sal para llamar a la buena fortuna.
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Fotografía de Getty Images.



