Ascenso y caída de Humberto da Silva (J.L. Muñoz)
7.5Notable
TEMÁTICA7.5
ORIGINALIDAD7.5
ESTILO7.5
GANCHO7.5
Puntuación de los lectores 4 Votos
7.9
1| EL VIAJE DE LA ESCRITURA

No todos los escritores llegan a publicar 40 novelas. José Luis Muñoz lo ha logrado. Y la última, la que redondea tan impresionante cifra, trata de fútbol.

Decía Miguel de Cervantes sobre Salamanca que era una ciudad que “enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que la apacibilidad de su vivienda han gustado”. Con José Luis Muñoz se ha cumplido el dicho. Ha viajado por muchos países, ha visitado rincones recónditos del mundo, pero siempre ha vuelto a su Salamanca natal. Hay otro dicho de Cervantes que dice que “el que lee mucho y anda mucho, sabe mucho y ve mucho”. De algunos de sus viajes, José Luis Muñoz se ha traído una novela en la maleta: de EEUU, se trajo Lluvia de níquel, de México, La Frontera Sur, de Venezuela, La caraqueña del Maní y de Tailandia, Patpong Road, entre otros suvenires más típicos. De su visita a Salvador de Bahía también quiso volverse a Salamanca con algo más que el recuerdo de sus playas, el sabor de sus caipirinhas o el ritmo de la samba. Quería una novela, y pasaron quince años hasta que vio la luz Ascenso y caída de Humberto Da Silva.

Quizás lo más complicado fue dar voz al narrador, un joven que malvive en la favela de Os Alagados, a espaldas de la resplandeciente y turística Salvador de Bahía. Esa voz que suena, según su autor, como un berimao, instrumento de percusión hecho con calabazas. Sus cuerdas suelen oírse por las mugrientas callejas de las favelas, cuando ya es de noche y se encienden las fogatas. Cuenta José Luis Muñoz en una entrevista, a propósito del narrador de la novela, que lo vio “jugando en una playa lentamente devorada por la marea con otros muchachos de las favelas. Me quedé electrizado mientras observaba los pases magistrales de esos chicos que llevaban el futbol en su ADN”.

2| FÚTBOL, REY DE LAS FAVELAS

ascenso y caidaLos militares se pasean con sus metralletas por las claustrofóbicas callejas de las favelas. Sobre sus cascos, miles de cables cruzan de una fachada a otra, y se enredan en las farolas como ramas muertas. Barro y agua putrefacta bajo sus botas, a cada paso. Los niños paran de correr detrás de la pelota cuando los ven. Entonces se escucha el murmullo de una excavadora a lo lejos. También lejos, más cerca del mar, reluce la ciudad lujosa y presuntuosa que baila al son de la samba.

Barrios y barrios de favelas han sido borrados del mapa de Río de Janeiro a causa de las obras de estadios, carreteras o sedes para los JJOO de 2016. De muchas de ellas, quizás, hubiera emergido la nueva estrella del fútbol mundial. Un Romario, un Ronaldinho, un Ronaldo. O un Bebeto. Este último salió de la misma favela en la que haraganea el narrador de la novela, Humberto Da Silva, un basurero de barracas de cartón, papeles y láminas de uralita en donde se entierra a los perros, y las ratas se hacen las dueñas de la calle”.

 

Todos los niños que corren descalzos detrás de la pelota en una favela sueñan con recorrer ese camino. El que lleva de la miseria a la gloria

 

A Bebeto, el mote, se lo pusieron en la favela por sus rasgos aniñados. Debutó en los 80, en el Vitória de Bahía, antes de ser traspasado al Flamengo de Zico y Sócrates. La temporada del ’83, ganó el Brasileirão, además de dos campeonatos cariocas. Su carrera meteórica hacia el triunfo se culminó en 1988, con su traspaso al Vasco de Gama. Allí explotó: logró el campeonato brasileño y fue nombrado mejor jugador. En 1992, después de haber terminado como máximo anotador —18 goles—, le llegó la oferta del Deportivo de la Coruña desde el otro lado del charco. España. Europa. El sueño del viejo continente.

Todos los niños que corren descalzos detrás de la pelota en una favela sueñan con recorrer ese camino. El que lleva de la miseria a la gloria. De los pies descalzos a las mejores botas. De los campos de tierra a los de estadios de césped. De la chabola al hotel de lujo. Y solo el fútbol, el rey de las favelas, puede llevarles a ese destino. Humberto Da Silva es uno de esos chicos. La calle”, reflexiona. Allí estaba mi mundo. La calle era hermosa, y en ella me he sentido siempre más libre que en ninguna otra parte”. Apenas pisa la chabola. Su padre es un borracho que viola a su hermana y maltrata a su madre. Humberto prefiere quemar los días en la playa jugando al fútbol hasta que el mar se traga el campo. Entonces llega la samba, las garotas y las caipirinhas con sus amigos hasta que amanece.

Juega al fútbol con una sola intención: que le descubra un ojeador. Yo había nacido con el balón entre las piernas y ya, desde chico, jugaba con los muchachos mayores, entre los que me escurría gracias a mi delgadez innata y mi baja estatura”. Es un negro de pelo pajizo y ojos azules. Es el goleador de la playa. Todos le respetan, todos le buscan con sus pases para que la jugada acabe en gol.

3| VÍCTIMA DEL TRIUNFO

En el título de la novela, dos palabras acompañan al nombre del protagonista: ascenso y caída.

La meteórica carrera del futbolista ha sido uno de los temas más explotados por la novela a la hora de abordar el fútbol. En España, autores como Juan Antonio de Zunzunegui, con Chiripi (1931) o Pan y Fútbol (1961), de Ángel Zúñiga, se vertebraron en la idea de la fugacidad del éxito deportivo. El primero, tratando el cuerpo como una cárcel donde quedaba atrapada la juventud una vez se iba marchitando; el segundo, utilizando el simbolismo de los circos romanos. José Luis Muñoz aborda el tema de manera similar: Me interesa el fútbol como fenómeno de masas que ha sustituido el sangriento circo romano de antaño en el que los gladiadores se despedazaban”.

El ascenso de Humberto Da Silva comienza en la playa. En la arena, lo ven golear Vasco y Andrade, dos ojeadores del Vitória de Bahía. Lo fichan para la categoría juvenil. Allí conoce a El Bebito, un utillero negro y cojo del que cuentan que fue maestro de Bebeto. Humberto tiene un solo objetivo desde el primer entrenamiento: «Quería ser una estrella. Había que despuntar en el fútbol y ser el primero si deseaba tener opciones para pasar al primer equipo». Tras meses de sufrimiento en el banquillo, le llega su oportunidad. Y no la desperdicia. Marca goles, remonta el partido y se convierte en el nuevo ídolo de la afición. En un solo año, se convierte en el máximo goleador del campeonato juvenil.

 

“Me interesa el fútbol como fenómeno de masas que ha sustituido el sangriento circo romano de antaño en el que los gladiadores se despedazaban”

 

La temporada siguiente, ya juega con el primer equipo. Firma un contrato, y se siente encadenado al club: “Mi cuerpo era su cuerpo, les pertenecía, me lo habían comprado cuando estampé mi firma en ese contrato que no sabía lo que decía”. Pero el día de su debut, contra el Flamengo, sale del banquillo sus goles otorgan la victoria a los suyos. Estaba en las bocas de esas miles de personas que no me conocían y me adoraban […] Yo era su dios, el salvador, el Salvador de Bahía”. El club le saca de la favela y le colocan en la habitación de un lujoso hotel. Le ponen al volante de un flamante Mercedes, y un Rolex colgándole de la muñeca. Todas las jovencitas del país comen de su mano. Fiestas, orgías, lujo, drogas, glamour.

Humberto al fin habita la otra Salvador de Bahía, la que hasta entonces le había estado prohibida. Ha llegado a lo más alto.

4| PELÉ, EL ÍDOLO

“El balón para mí no tenía ningún secreto; no escapaba nunca de la punta de mi bota, lo dominaba hasta en sus más íntimos movimientos, como un animal domesticado”. Humberto, cuando se calza las botas, es el rey del césped. Pero también cuando se las quita. Fuera del campo, todas las garotas lo quieren goleando entre sus piernas, y los periodistas deportivos anhelan entrevistarlo. Todos los programas de televisión lo reclaman en hora de máxima audiencia. Aquel chico salido de las favelas tiene una historia que contar. La que, en definitiva, el pueblo brasileño necesita escuchar para seguir creyendo que ese otro Salvador de Bahía, reluciente y cosmopolita, que ven desde la favela, también les pertenece.

Pelé es el reflejo en el que se mira Humberto Silva. Ambos, excepcionales futbolistas, provenían de un barrio pobre. Humberto solo lo había visto jugar en aquella película de nazis, Evasión o victoria, pero Pelé le había deslumbrado. Es su ídolo, su dios. Y el de millones de brasileños que sí lo vieron jugar. Su mito no tiene fin y aunque Humberto todavía está lejos, cree tenerlo cerca: “Soñaba que era Pelé, soñaba que el estadio en pleno se levantaba ante mis goles, aullaba mi nombre, los hinchas me perseguían tras mi limusina de lujo, las chicas me asediaban pidiéndome un hijo, que las preñara porque creían que mi semen llevaba la semilla del fútbol”.

 

Humberto, cuando se calza las botas, es el rey del césped. Pero también cuando se las quita. Fuera del campo, todas las garotas lo quieren goleando entre sus piernas y los periodistas anhelan entrevistarlo

 

El ascenso de Humberto culmina el día de su boda. El mismísimo Pelé acude como invitado de lujo. Incluso se escapa con él, en plena fiesta, para echar un partidillo en la playa. Jugar descalzo, sin presión, solo por divertirse. Sentir el cuero del balón entre los dedos. Ese partido simboliza el final. El gol que le hace a Pelé, su último gran tanto. Tras la boda, el momento más dulce de su vida, comienza la caída. “El miedo de la fama, el que todos, de repente, te conozcan, y eso comenzó a trastocarme, a hacerme levitar, porque ya no tocaba la tierra, no sentía el suelo bajo mis pies, me resultaba imposible digerirlo todo”. Una caída amarga, como el sabor de la cocaína. Una caída sin final, que solo terminará en la soledad del fondo de una botella vacía.

5| METALITERATURA: JORGE AMADO Y VINÍCIUS DE MORAES

Hay libros que dialogan abiertamente con otros libros. El Quijote, de Cervantes, lo hizo con ironía al dirigirse a toda la tradición de novela de caballerías que le había precedido. Otros libros se cuentan chistes entre ellos o convocan a ciertos personajes a pasearse por sus páginas. También esta novela.

A la boda de Humberto no solo acude Pelé. También está invitado otra de las personalidades más importantes de Salvador de Bahía, pero que nada tiene que ver con el fútbol: “La más grande personalidad de Bahía, el señor Jorge Amado, el querido escritor habitante del Pelourinho, una gloria nacional hasta para los analfabetos como yo, que no habíamos leído una obra suya porque no sabíamos leer”. Jorge Amado, en obras como Capitanes de la arena, ya había hablado de la vida miserable de los niños en las favelas brasileñas. Para el escritor, Humberto es todo un ídolo y, en su boda, le regala un cuento protagonizado por un futbolista que es “como el dios del fútbol, joven, bello y afortunado, un negro peleón rubio y de ojos azules que sintetizaba lo que era esta querida ciudad, amada por todos: el sincretismo de razas y religiones”. Pero le avisa sobre los peligros de la fama, del ascenso, del brillo irreal de la gloria, “una enfermedad que no tiene cura y es mortal”.

Otro artista de capital importancia en Brasil al que se hace referencia en la novela es Vinícius de Moraes. Una de sus canciones, La chica de Ipanema, es la que bailan unas garotas en uno de los platós televisivos a los que acude Humberto. Vinícius compuso un poema, titulado El ángel de las piernas tuertas, en el que alabó a uno de sus ídolos futbolísticos: Garrincha.

«A un pase de Didí, Garrincha avanza
con el cuero a los pies, el ojo atento,
dribla una vez, y dos, luego descansa
cual si midiera el riesgo del momento.

Tiene el presentimiento, y va y se lanza
más rápido que el propio pensamiento,
dribla dos veces más, la bola danza
feliz entre sus pies, ¡los pies del viento!

En éxtasis, la multitud contrita,
en un acto de muerte se alza y grita
Su unísono canto de esperanza.

Garrincha, el ángel, oye y asiente: ¡goooool!
Es pura imagen: una G que chuta una O
dentro de la meta, la L. ¡Es pura danza!».