Quizás es por casualidad. O quizás, que Luis Rioja (Las Cabezas de San Juan, Sevilla; 1993) salga de espaldas en su foto de perfil de Twitter, es porque para él el apellido que representa es más importante que su cara. Porque, en medio de este fútbol de extraterrestres, de semidioses, Luis es un tío normal que comparte las stories de Instagram en las que lo etiquetan, como mis amigos futbolistas que ansían tocar la élite a la que él ya ha llegado, y que en sus primeras fotos colgadas en Instagram sale con la L del carné de conducir, como yo, como tantos de nosotros. El caviar, o lo que coman esos señores a los que ya solo vemos por televisión, tiene que ser riquísimo, quizás orgásmico, pero su plato favorito continúan siendo las lentejas que le preparaba su abuela, aquellas que tanto echaba de menos en sus primeras experiencias lejos de Las Cabezas de San Juan y de las que se llevaba tuppers y tuppers cuando regresaba al pueblo, y que ahora cocina su novia.

“Mis padres están separados, y mis hermanas y mi madre se fueron a vivir ahí, a Girona, y ahora mi sobrino va al instituto en la que la madre de Pere es jefa de estudios, en Celrà”, me cuenta, tras disculparse mil veces por empezar la entrevista unos minutos más tarde de lo acordado, en cuanto le explico que hace un tiempo publicamos un reportaje sobre su compañero Pere Pons, y pienso en lo normales que son la mayoría de ellos.

Formado en el fútbol base de su Club Deportivo Cabecense, el atacante andaluz, el segundo cabeceño en llegar a Primera División tras Carlos Marchena, recaló el verano pasado en Mendizorrotza, a cambio de dos millones de euros y tras un excelente año en el Almería, en una categoría de plata que se le quedó pequeña en apenas un curso, y tras cinco temporadas y casi 150 encuentros en Segunda B, con el Real Madrid C, el Celta de Vigo B y el Marbella. Este domingo celebró, contra el Barça, su primer gol en la élite y su primer gol oficial con el cuadro de Vitoria, con el que ya ha superado la treintena de partidos y con el que tiene contrato hasta el 2023.

Han pasado ya dos días desde que te estrenaste como goleador en Primera.

Acabé el partido con un sentimiento agridulce, con un poco de pena, porque yo no veía peligrar la victoria en igualdad numérica, porque, once contra once, no es que estuviésemos soportando un asedio, como suele ser cuando ellos, un rodillo que te pasa por encima, van por debajo en el marcador. Pero en cuestión de un minuto nos vimos con uno menos y nos empataron, aunque el equipo supo sufrir y aguantar durante más de media hora con un futbolista menos. Hicimos un trabajo enorme. Y en lo personal terminé muy contento, y llevo dos días disfrutando mucho. Fue una sensación increíble. Inolvidable.

“He hecho realidad el sueño que tiene todo niño cuando empieza a jugar”, dijiste en tu presentación como nuevo jugador del Alavés, hace un año. Y marcar un gol en Primera, ¿qué es?

Todos los niños, todos, soñamos con jugar en Primera, y poder marcar un gol aquí es aún mucho más bonito. Es lo más bonito que le puede suceder a un niño. Tener la suerte o la virtud de meter un gol en Primera, y más contra el Barça, es algo único. Es algo para siempre.

Tuvo que ser uno de los momentos más bellos de toda tu vida.

Sí. Porque además me llegó en un momento muy oportuno, tanto en el aspecto meramente deportivo, porque venía de varios partidos sin contar mucho, como, sobre todo, en el personal. El gol me dio un aire de tranquilidad. Me dio mucha fuerza para seguir trabajando. El gol tiene una dedicatoria especial.

Lo celebraste con los ojos cerrados, con las manos hacia el cielo. ¿Para quién fue el gol?

Fue para mi prima, que falleció hace una semana y media con tan solo 23 añitos. Siento que desde el cielo me ayudó a la hora de encarar el partido. Me trajo esa pizca de fortuna para poder meter el gol. Para meter un gol que es para ella, para toda la familia. El gol de este domingo es un premio al trabajo de muchos años. A muchos años persiguiendo esto. A la constancia. Es una liberación. Un alivio. Tú te ves rozando las metas, acariciando esa zanahoria que todos tenemos delante, y piensas que ya la tienes, que ya la tienes, pero no la puedes coger, y a veces, en el momento en el que tú crees que está más lejos, quizás ya demasiado, es cuando consigues cogerla. Así es el fútbol, y así es la vida. A veces cuando más jodido estás, cuando más oscuro lo ves todo, cuando más lejana ves la zanahoria, es cuando llega tu momento. En esos momentos difíciles en los que crees que nada te puede levantar, en los que ves más difícil seguir, una cosa tan fría, tan común, como un gol, puede llenar a mucha gente de alegría, y le puede permitir librarse de la tristeza o de un momento jodido. Porque puedes marcar en cualquier momento, pero me llena de satisfacción haberlo hecho en este momento, y haber podido darle una alegría a la familia ahora que tanto lo necesita.

Qué bonito es el fútbol.

Hay muchas cosas que se están perdiendo en los últimos tiempos, pero una de las que no podemos perder nunca es la esencia del fútbol. De este deporte que une a tantísima gente. Une a familiares. Une a amigos. Y desde la lejanía es capaz de darle alegría, de hacer feliz, a mucha gente. Me siento, sinceramente, un privilegiado.

“Hemos tenido que sufrir un poco más de la cuenta. Pero es un partido para decir ‘aquí estamos nosotros’. Es un partido para sentirse orgulloso”, decías, en plural, tras el encuentro frente al Barça. En singular, la frase serviría para ilustrar tu vida futbolística.

Las cosas cómodas, fáciles, no se disfrutan igual. Si te dan algo en la mano no lo vas a sentir igual de fuerte, igual de satisfactorio, que si es algo que te cuesta y que lo tienes que sufrir y trabajar día a día. Las victorias se disfrutan más desde el sufrimiento que desde la comodidad. Cuando sufres los momentos bonitos son mucho más bonitos. Cuando llegas arriba viniendo de abajo, de tan abajo, el disfrute y la satisfacción son mucho mayores y mucho más duraderos.

El esfuerzo no se negocia, ni en Mendizorrotza ni en la mente de Luis Rioja.

El trabajo es fundamental. El Alavés tiene sus carencias cuando se enfrenta a equipos de superior categoría, pero en el césped todo se iguala. Al césped entran los hombres y se dejan atrás los nombres, y creo que todo seguidor de fútbol sabe que el Alavés es un equipo guerrero, que no negocia nunca ningún esfuerzo. Y así soy yo también, como persona y como futbolista. Me considero una persona súper constante. Que siempre lo da todo. Que nunca da nada por perdido, y el gol de este domingo al final es un reflejo de todo esto.  Al final, lo normal es que tu llegues hasta ahí y ya vuelvas a colocarte para volver a iniciar la presión, que Neto le devuelva la pelota a Piqué sin más, y nada, que quede en eso. Tuve la pizca de suerte de que el portero fallara, pero si hubiera pasado en el minuto 60 o 70, si se hubiera repetido en el minuto 90, hubiera vuelto a ir a por ese balón. Volvería a ir otra vez.

El trabajo es imprescindible. Las “ganas e ilusión” de las que hablabas hace un año, en la víspera de tu debut en Primera, también.

La ilusión es una de las claves. La ilusión de jugar, de verte en el once, de tener posibilidades de pisar el césped, es una de las claves. Es imprescindible para poder alcanzar tus objetivos. Porque en cuanto se pierde la ilusión se pierde todo. Se pierden las ganas. Se pierde el ímpetu. Se pierde la garra.

Sonará a topicazo, pero yo en ningún momento he dejado de sentir esas mariposas en el estómago antes de salir al campo, antes del partido del fin de semana. Sigo teniendo las mismas ganas de correr, de jugar, que cuando era un chico. De darlo todo. En el momento en el que sienta que las mariposas ya no vuelen por mi estómago sabré que mi carrera está cerca de su fin, porque la ilusión es clave. Es fundamental que sientas esos nervios justo antes de cada partido. Que sientas que el fútbol es una parte inseparable de ti. Esa ilusión no se debe perder nunca.

 

“Cuando yo llegaba al bar, a las 5:00 de la mañana, ni siquiera habían llegado los periódicos. Uno nunca puede ni debe olvidar de donde viene”

 

Uno, dicen, tampoco debe olvidar nunca de donde viene.

Yo voy al pueblo y soy uno más. Hago lo mismo que hacía hace diez años. Hago lo mismo que cuando tenía 15. Como en los mismos bares en los que comía cuando tenía 18. Tengo las mismas amistades, e intento vivir mi vida dentro de la máxima normalidad y ser el mismo que cuando era camarero. Porque cuando me preguntan en qué cantera he jugado siempre digo lo mismo: ‘Yo no he jugado en ninguna cantera’. Yo no era futbolista. Yo era camarero. Trabajé durante cuatro años como camarero en el Bar Conejo, un bar del pueblo, y luego jugaba en el Club Deportivo Cabecense, el equipo de mi pueblo. Y ganaba mucho más como camarero de  lo que ganaba como futbolista.

Cuando empecé a trabajar en el bar recuerdo que había dos horarios, y que yo siempre intentaba coger el que era de las 5:00 de las mañana a las 3:00 de la tarde, aproximadamente, porque era el que mejor me iba, para poder descansar un poco por la tarde y llegar bien, medianamente bien, al entreno. Había días mejores y días peores, todo dependía de la gente que venía al bar y de las horas que tenía que estar de pie, pero había épocas que cuando llegaba la noche caía rendido.

Nunca se me ha subido nada a la cabeza, y siempre he sido una persona fría en ese aspecto, con los pies siempre en la tierra, pero cuando veo que me quejo demasiado de algo o que me pienso que soy quien sabe qué siempre pienso lo mismo. En mi etapa de camarero. En los días en los que entraba a trabajar a las 5:00 de la mañana. En mi padre. En mi hermano, que trabaja muchas más horas y no tiene las facilidades de las que a día de hoy puedo disfrutara yo. Uno nunca puede ni debe olvidar de donde viene.

Hoy sales en aquella televisión en la que algunos veían el fútbol mientras tú trabajabas.

Lo recuerdo. Lo recuerdo perfectamente. Siempre había el típico grupo, presente en todos los bares, que va a ver el fútbol. Lo recuerdo bien. Lo recuerdo bonito. En ese momento podía ver poco fútbol. Casi siempre, y sobre todo los fines de semana, me tocaba currar porque el bar se ponía bastante lleno. También recuerdo que cuando yo llegaba, ni siquiera habían llegado los periódicos, así que imagínate. Todo esto es algo único para la familia. Es algo que debemos disfrutar. Porque pasar de un extremo al otro es muy satisfactorio, y hay que disfrutarlo y saborearlo. Pero siempre con normalidad. Intento vivir con total normalidad, y ser el mismo que era. Soy, intento ser, un tío muy normal, muy llano, muy humilde, muy familiar, muy cercano a los míos. De pueblo.

De pueblo. De Las Cabezas de San Juan. Ahí empezó todo.

Sí, en el polideportivo. No es como ahora, que los niños salen del cole y solo están pendientes de la Play o de no sé qué. Nosotros salíamos del cole, comíamos lo más rápido posible y nos íbamos al polideportivo. Y ahí estábamos hasta las 10:00 de la noche. Hasta que nuestros padres nos llamaban a voces y nos perseguían para que nos metiéramos en casa porque no parábamos de jugar al fútbol o a lo que fuera durante todo el día. Creo que hemos tenido una de las mejores infancias que se pueden tener, y a veces pienso que me gustaría volver atrás y volver a vivir todos aquellos momentos, tan felices, tan bonitos. Hoy se tienen muchas más posibilidades, muchas más cosas, pero es que nosotros solo necesitábamos un balón. Con un balón nos bastaba. Nosotros ya nos hacíamos el campo, la portería. Lo único importante era tener un balón, juntarnos unos cuantos y hacer el partido de fútbol. El Partido de Fútbol. Eso se está perdiendo, y es una lástima porque la verdadera esencia del fútbol está en las calles. En esas calles en las que cuando eras pequeño no querías parar de jugar nunca.

Y en las que cada día se jugaba una final de la Champions.

En mi pueblo se jugaba por barrios, y el que ganaba era el campeón del mundo. Al día siguiente había un nuevo campeón del mundo. Y así todos los días del año.

¿Cómo llegó el fútbol a tu vida?

Recuerdo que tenía cinco o seis añitos. Uno de mis amigos, José Luis, ‘Pinichi’, me dijo un día que fuera al fútbol con él, a entrenar. Yo no estaba muy por la labor, pero me acabó convenciendo. Y aquí estamos. Me ayudó mucho, y hoy sigue siendo uno de mis mejores amigos y una de las personas más importantes de mi vida.

Más adelante, ya llegando a los 14, 15 o 16 años, también me ayudó con ciertos temas que en ese momento eran complicados para mí. De no haberme ayudado como lo hizo, de no haberme hecho algunos regalos, de hecho, me tendría que haber perdido muchos partidos. Incluso por falta de botas o cosas así. Porque en ese momento, por la economía, a veces no nos las podíamos permitir. El siempre tenía detalles para que yo pudiera seguir jugando. La crisis del 2008 dolió, y aún más en familias humildes como la mía. Mi padre en esos tiempos tenía, como todo el mundo, trabajos un poco más intermitentes, y siempre hacía todo lo posible para que yo pudiera tener lo mejor, las mejores botas, para que yo pudiera tener las mismas posibilidades que los demás, pero a veces, aunque a mi me costara comprender porqué no podía tener lo mismo que el resto, no se podía de verdad, y él me ayudaba de esa manera.

 

“Hoy se tienen muchas más posibilidades. Nosotros solo necesitábamos un balón. Nosotros ya nos hacíamos el campo, y la portería. Lo único importante era tener un balón, juntarnos unos cuantos y hacer El Partido de Fútbol”

 

¿Qué son, hoy, Las Cabezas de San Juan y el Club Deportivo Cabecense para Luis Rioja?

Son mucho. Muchísimo. Mi formación entera se debe a ese equipo de pueblo que me ha dado tanto, y al que, ya sea ahora o en un futuro, intentaré devolvérselo de una manera o de otra, y a ese pueblo. Para mi el pueblo significa mucho. Estos días he recibido más mensajes que en toda mi vida. De todo el pueblo. Ayer me contaban que se escucharon gritos muy fuertes en las plazas cuando metí el gol, que los niños gritaban ‘¡Gol de Rioja! ¡Gol de Rioja!’. Y eso a mi me llena muchísimo. Muchísimo más que cualquier partido, que cualquier victoria, que cualquier gol. Que tu pueblo te quiera tanto, que tu pueblo vea en ti una figura, un referente, que te haga sentir tan especial, que te siga, te anime y te apoye tanto, es las satisfacción más grande que puede sentir una persona. No hay nada más bonito que sentirse querido.

Dejaste atrás el Cabecense para firmar por el Madrid C. ¿Cómo lo viviste?

Subí al primer equipo del Cabecense creyendo que iba a disfrutar de pocas oportunidades, que iba a tener que trabajar mucho para tener minutos, porque en ese momento los extremos del Cabecense era muy buenos para esa categoría, y porque, además, llegaba a entrenar cansado de  trabajar. Pero las cosas me salieron bien, y a mitad de temporada vino a verme, entre otros equipos, el Madrid. Y en verano me fui hacia allí.

De un equipo de pueblo a Hollywood. Fue un cambio drástico, quizás demasiado.

Más que ir a Hollywood fue un sufrimiento. Porque yo no había salido del pueblo en mi vida. Había salido 15 quilómetros a la redonda como máximo. Y cuando me fui ahí, a la ciudad, lo pasé muy mal, sobre todo en las primeras semanas. Después, con el tiempo, ya vas viendo que ir de un sitio a otro es lo normal en mundo del fútbol, y que es algo inevitable y, a la vez, útil para que tú te curtas y crezcas como futbolista y, sobre todo, como persona.

Hoy se te ve feliz en Vitoria.

Sí. Aquí estoy bastante contento. Es una ciudad bonita, acogedora, y la gente ayuda mucho al equipo y nos transmite fuerza, tranquilidad. Todo futbolista quiere vivir el máximo de años en Primera División, y yo trabajo con esta ambición. Para intentar que el Alavés continúe confiando en mí y para estar aquí, en Primera, muchos años. Porque es algo muy bonito.

 

“No hay nada más bonito que sentirse querido. Esto me llena más, muchísimo más, que cualquier gol”

 

¿Por qué llevas el ’11’?

Casi siempre he jugado con el ’11’, desde chico. Lo he llevado desde de niño, porque era extremo y se jugaba con los números del ‘1’ al ’11’, y es el que más me gusta, aunque no tiene nada de ver con ningún ídolo de la infancia. Porque mi ídolo siempre llevó un número diferente.

Llevaba, y lleva, el ’17’.

Mi ídolo siempre fue Joaquín. Y continúa jugando, que es algo increíble. Es increíble que teniendo 27 años me pueda enfrentar a mi ídolo de cuando tenía diez. Es algo único, muy bonito, que deja claro el jugador que es y que ha sido, y lo disfruto mucho. Sigue siendo mi ídolo, y cuando, el año pasado, pude enfrentarme a él por primera vez, cumplí un sueño.

Recuerdo mi primera camiseta de fútbol fue suya, y, de hecho, en casa tenemos varias con su nombre. Ahora, además, tengo una firmada y dedicada para mí que me la quedaré de por vida como uno de los mayores y mejores recuerdos de mi carrera. Me la dio la temporada pasada, cuando jugamos contra ellos aquí, en casa, y lo recordaré siempre porque además era 5 de enero. La noche de Reyes.

De nuevo, y tal como se ve también en tu foto de portada de Twitter, qué bonito es el fútbol.

Esa es una foto muy y muy especial para mí, muy personal; con los aficionados que vinieron a mi presentación como nuevo futbolista del Alavés. El niño que está justo debajo de mí, que vino con su padre y con su hermano, es un niño al que le hizo mucha ilusión venir a la presentación y que yo fichara por el Alavés, y unas semanas más tarde yo le regalé mi camiseta y él me trajo una bufandita que me había hecho su abuela. Me hizo mucha ilusión que vinieran tantos niños. Porque en definitiva son la verdadera esencia de todo esto, y son los que más lo viven. Se les nota en la carita que ponen cuando te ven, cuando les miras. Creo que no hay nada más noble que la mirada de un niño. Cuando un niño te mira ves la ilusión en su cara, y sabes que es todo ilusión, que es todo nobleza, y que todo lo que te diga saldrá del corazón.


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Fotografías de Getty Images y del Deportivo Alavés.