Se llamaba Miguel Prudencio Reyes, pero le llamaban “el Gordo”. Miguel era guarnicionero, pero en su tiempo libre hinchaba los balones del Club Nacional de Football de Uruguay. “Nacional, Nacional, arriba, Nacional” gritaba el Gordo, el hincha pelotas.
Así fue como se ganó el apodo de “hincha”, convirtiéndose en el primero de muchos.
Claro que aquellos eran otros tiempos —principios del 20— y Prudencio Reyes tan solo sería el símbolo de un término. No, de un fenómeno. Uno que nació con gritos en la grada y que ahora se mide en clics.
En la época de Reyes, la figura del hincha era física y, ante todo, colectiva. Uno acudía al campo, gritaba, celebraba y maldecía. El honor de ser ahora uno de ellos requiere algo de más esfuerzo. Una entrega, en algunos casos, a tiempo completo.
Porque el internet y más aún el móvil han reinventado esta figura, creando un nuevo modo de ser hincha. Entre apps, redes sociales y videojuegos, el partido nunca termina.
No solo eso, sino que el aficionado deja de ser un simple espectador para tomar el papel de actor. Comenta, critica y comparte. Se informa en plataformas de apuestas online como Time2Play y analiza datos en el metro. Plataformas como TikTok o Instagram permiten que comparta contenido propio, como compilaciones de los mejores goles u opiniones sobre las decisiones de la dirección del club. Es un micro-influencer que comparte su pasión con millones de personas. Y cada publicación forma parte de un ecosistema que refuerza la identidad.
Porque ahora, lejos de los medios con los que contaba el Gordo, tenemos transmisiones en vivo no desde uno, sino desde muchos ángulos; estadísticas que tienen en cuenta la posesión o el rendimiento de cada jugador.
Por supuesto, los clubes han querido aprovechar el tirón, haciendo uso de la realidad aumentada, la inteligencia artificial y otros tantos términos que a día de hoy están en todas partes para poder conectar con sus hinchas digitales.
Ya no se mide la popularidad en base a cuántos aficionados van al estadio, sino por cuántos seguidores tienen en redes. Ahí tenemos, por ejemplo, al Real Madrid como líder absoluto a nivel mundial, con más de 400 millones, al que le sigue el Barcelona con cerca de 370.
Vamos más allá: según el informe “Digital Value of Fans” de Horizm, las principales ligas europeas generan más de 2.8 millones de euros a través de sus audiencias digitales, con más de —ojo— seiscientos setenta y seis mil millones de impresiones. No hay mejor indicador del salto de lo local a lo global. Con estos datos, cobra sentido que, según CLV Grupp, los equipos europeos podrían incrementar sus ingresos hasta unos 750 millones si prestaran más atención a lo digital.
¿Qué significa tanto número? Que actualmente el hincha puede no haber pisado jamás la grada y que el equipo ahora es más marca que otra cosa. Los clubes analizan las interacciones para personalizar el contenido y, como toda marca, fidelizar a sus clientes.
Debido a lo anterior, hay quienes temen por la autenticidad del buen hincha. Pero lo que está sucediendo no es incompatible con los orígenes del término, en tanto que estos apelan a una necesidad intrínseca del humano, la del sentido de pertenencia.
Sí, es cierto que hay una saturación de contenido que puede mermar la experiencia. También que lo digital no respira como lo hace el estadio. Pero también lo es que a día de hoy un club de barrio puede tener aficionados al otro lado del mundo gracias a su contenido digital.
Y mirando hacia adelante podemos intuir que el hincha romperá la barrera de la pantalla, pudiendo entrar al estadio desde el salón de su casa a través de un experiencia híbrida, posible gracias a la realidad aumentada. Quién puede asegurar que, incluso, no será capaz de influir en decisiones mayores de su club con el uso de tokens.
¿Esto, como algunos opinan, mata la emoción?, ¿o de hecho la amplifica? ¿Es menos hincha quien nunca ha ido a la grada pero está al tanto de cada mínimo movimiento del club?, ¿o lo es quién no sabe de estadísticas, pero pasa los sábados por la tarde animando a su equipo? Tendría que dar su veredicto el Gordo.


