La semana pasada, todos los caminos llevaban a Hillsborough. Era probable incluso que los compradores que se dirigían al enorme centro comercial de Meadowhall se vieran atrapados en un vórtice futbolístico de pintas a las diez de la mañana, en vez de esperar a que abriera la siguiente tienda de moda. Todo sheffielder tiene que jugar su papel, y eso también pasa por ir al fútbol con cara de sueño y cantando viejas canciones sobre el Boxing Day, pese a que estamos en noviembre. “Al escuchar al Wednesday cantar, el United sale huyendo, siempre lucharemos por el Boxing Day”, entonan los hinchas ataviados con gorros de invierno azules y blancos, al tiempo que dan la bienvenida al entrenador del United, que ha recorrido el arduo camino de tres millas de un lado a otro de la ciudad. “Wilder is a wanker” (‘Wilder es un idiota’) es el cántico más popular de la playlist, pero Chris Wilder, el lenguaraz entrenador del Sheffield United, no parece dispuesto a bajar del autobús del equipo para escucharlo.
Eso deja al comité de bienvenida del Wednesday con un hueco en su agenda, pero, afortunadamente, la llegada de los aficionados del United al fondo visitante les da una excusa para hacer algo de ejercicio agitando las manos, aunque los gestos no sean demasiado educados.
Las ciudades británicas de un solo club, como Cardiff, Coventry o Leeds, no pueden llegar a entender lo que es vivir en un lugar con dos grandes equipos. Todo conjunto necesita derbis, pero también algo más. Debe ser un fastidio encontrarte continuamente con aficionados del equipo que detestas, ver sus colores cuando estás sentado en un McDonald’s o escuchar como se jactan cuando lo peor ha ocurrido: has perdido. Así es el curioso equilibrio de la vida deportiva de Sheffield, donde los seguidores del Wednesday y del United se llaman ‘cerdos’ los unos a los otros y, sin embargo, tienen que coexistir en la misma granja.
Pero siempre ha sido así, con la excepción de unos pocos años, después de aquel primer derbi jugado en el viejo estadio del Wednesday, Olive Ground, a mediados de diciembre de 1890. Las dos masas sociales han trabajado en el acero, en las minas de carbón y han participado en los piquetes de protesta de esta ciudad del norte industrial; pero acudir al esperado ajuste de cuentas es casi una llamada al deber para los que comparten ese odio mutuo, aunque su existencia esté interrelacionada.
Hillsborough parece el escenario perfecto para un partido como este. Elevado sobre el monte como un castillo de metal, los aficionados parece que se preparen para estar a la altura a medida que suben las escaleras. Es un estadio con dos fondos como Dios manda. En esos graderíos empinados se canta al unísono una canción de los 60, Hi-Ho Silver Lining, de Jeff Beck. “You’re everywhere and nowhere baby”, es un verso que resulta irónico, teniendo en cuenta la incapacidad del Wednesday para controlar el partido desde le principio.
El Wednesday se siente como uno de los equipos indestructibles de Inglaterra, pero, en realidad, muchos hinchas se han dado por satisfechos de que su club continúe funcionando después de la reciente marcha de su propietario, el tailandés Dejphon Chansiri. Los ‘owls’ (‘búhos’) han visto cómo les restaban 12 puntos en la clasificación después de que la entidad fuera intervenida en octubre, y desde entonces han recibido otros seis de penalización por más infracciones de la normativa. Eso le da al partido un tono extraño, con el descenso como un final inevitable para el Wednesday, pero con el United, a su vez, en la zona baja de la Championship y con sus anfitriones más que felices de arrastrarlos con ellos.
Así es el curioso equilibrio de la vida deportiva de Sheffield, donde los seguidores del Wednesday y del United se llaman ‘cerdos’ los unos a los otros y, sin embargo, tienen que coexistir en la misma granja
La realidad es que el Sheffield United ya tiene el partido bien encarado cuando Tyreece Campbell marca el primer tanto a los once minutos, con a un toque suave y ajustado. Los ‘blades’ (‘espadas’) están más afilados, no solo por su nombre, sino por su actuación, anticipándose siempre al balón, directos a lograr un triunfo por 3-0, tantos goles como millas les separan de su casa.
Wilder, el técnico, recibe críticas por sus celebraciones sobre el terreno de juego tras el pitido final, que se ven como una patada a un Wednesday agónico que no levanta cabeza. Pero el entrenador del United vive por y para el derbi, y es lo suficientemente listo como para saber que sus celebraciones servirán para llenar un poco más ese barril lleno de odio, que estará preparado para cuando ambos equipos se vuelvan a encontrar.
El United ha ganado tres ‘steel city derbies’ seguidos, pero eso no es nada en la larga historia de este duelo. Los ‘wednesdayites’ que desfilan detrás de los fondos del estadio en cada partido están acostumbrados a ir cuesta arriba y saben que incluso los derrotados se pueden volver a levantar. Mientras, las canciones del United invaden el ambiente, como la lluvia que cae, y los aficionados locales se escabullen en sus coches, en sus pubs, en sus camas.
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