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Sam Bartram: esperando entre la niebla

Al este de Londres, muy al este, un poco más lejos de las casas de West Ham o Millwall, cuestionarse quién es el mejor portero de la historia del fútbol inglés debe ser algo así como una blasfemia. Nunca, nadie, cerca de The Valley, se plantearía preguntarse si alguna vez, en algún rincón del país que vio nacer el fútbol, hubo un guardameta que protegiera con mayor seguridad la portería de su equipo que Sam Bartram. Ni de coña lo ha habido. Y, en caso contrario, si encontraran a uno más bueno, lo negarían. Porque Sam Bartram es algo más que una leyenda para el Charlton Athletic. Es el tipo que defendió más veces la camiseta de los ‘Addicks’. Pues lo hizo hasta en 623 ocasiones. Es el hombre más viejo que nunca jugó con el club, alargando su carrera hasta los 42 años. Y, también, de paso, cabe decir que Bartram no conoce ningún otro amor. Fiel. Devoto de una sola religión. Hombre de un solo escudo. Un ‘One Club Man’ de los que cada vez echamos más de menos.

Pero, si por algo es conocido Sam Bartram, más allá de por su amor eterno al Charlton, más allá de por la estatua que luce frente a The Valley, más allá de por ponerle nombre al bar del estadio, es por una anécdota algo extraña, surrealista, incomprensible, que dejó para el recuerdo un 25 de diciembre de 1937.

Era el día de Navidad. Y, en Inglaterra, eso no es sinónimo de descanso. Es sinónimo de fiesta, de unión, de compartir, de ir al estadio todos juntos, abuelos, padres y nietos, para animar al equipo. El problema de aquella Navidad es que no se veía un carajo. Por este motivo, a raíz de las pésimas condiciones climatológicas de aquella fecha, con una niebla espesísima, diversos partidos de la jornada tuvieron que suspenderse a lo largo y ancho del país; otros, entre dudas de si era lo adecuado, se iniciaron. Uno de ellos, el derbi londinense entre el Chelsea y el Charlton Athletic, disputado en un tenebroso y brumoso Stamford Bridge.

 

Un cuarto de hora después, entre la penumbra, apareció una sombra frente a Bartram. ¿Quién era? Un agente de seguridad que, incrédulo al ver al mito del Charlton aún en la portería, solo se le ocurrió preguntarle qué hacía todavía sobre el césped

 

Llegaron con empate a un gol al descanso. Tablas en el marcador y una niebla que cada vez iba a más. El partido no se detuvo en el entretiempo. Pero volvieron al césped y, al poco, entendiendo que era imposible jugar de aquella manera, sin ver nada, el árbitro tomó la decisión de suspender el encuentro. El público, a sus casas. Los futbolistas, al vestuario. Todos se fueron del estadio; todos menos uno. Sam Bartram se quedó custodiando los tres palos de la meta del Charlton, incapaz él de encontrar entre la niebla a sus compañeros mientras atacaban. Quizá por ello, esperando la reválida enemiga, se mantuvo ahí. Quizá por ello, en sus memorias, echando la vista atrás, recordó su sorpresa ante los tantísimos minutos que su equipo pareció domar, avasallar, al Chelsea: “Cada vez veía menos y menos a los jugadores. Estaba seguro de que dominábamos el partido pero me parecía obvio que no habíamos hecho un gol, porque mis compañeros hubieran vuelto a sus posiciones de defensa y yo habría visto a alguno de ellos. Tampoco se escucharon gritos de festejo”. Y obviamente no se escuchaba nada porque no había nadie.

Un cuarto de hora después, entre la penumbra, apareció una sombra frente a Bartram. ¿Quién era? Un agente de seguridad que, incrédulo al ver al mito del Charlton aún en la portería, solo se le ocurrió preguntarle qué hacía todavía sobre el césped. “Hace quince minutos que han parado el partido. ¡El estadio está totalmente vacío!”, le explicó. Entonces, lógicamente, Bartram dejó atrás la portería y regresó al vestuario; donde todos comenzaron a mofarse de él por lo ocurrido. Así era Sam, uno de esos tipos que, queriendo o sin querer, nunca, bajo ningún concepto, abandonaría a los suyos.

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Jorge Giner

Ver comentarios

  • Debió pensar que sus defensas eran unos máquinas. No pasaba ni dios.

  • De ahí surgió el chiste: Al comunicarle que el partido se había suspendido hacía quince minutos, exclamó:-" Ya me extrañaba a mí tanto dominio"-

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