Cualquiera diría que habían desaparecido para no volver jamás, igual que los vaqueros jaspeados o las sandalias cangrejeras. Pero como los gurús de las tendencias se empeñan en demostrar, cualquier moda pasada es susceptible de regresar a nuestras vidas. ¿Quién recordaba a Austria o Irlanda del Norte en una fase final? Y sobre todo, ¿quién contaba con volver a verles en otra? Nadie, salvo quizá Michel Platini cuando se sacó de la chistera su ampliación de la Euro a 24 equipos. Ocho selecciones que antes se limitaban a ver el torneo por la tele harán turismo el próximo verano por los estadios de Francia. Entre ellas se contarán -salvo catástrofe de última hora- tres viejas glorias del fútbol continental; en realidad, más viejas que glorias.
Los austriacos no conseguían clasificarse para una fase final desde el Mundial de 1998. Algún lector con puntillosa memoria quizá recuerde su fugaz paso por la Euro’08, como ese anfitrión que prepara la cena, sirve las copas e insiste en que nadie limpie un plato. Un empate, dos derrotas y un cierto aroma a pagafantismo futbolístico confirmaron la enorme distancia que separaba al balompié austriaco del primer nivel continental: acabó el 2008 en el puesto 94 del ranking FIFA, su mínimo histórico. Poco después, en 2011, el suizo Marcel Koller asumía las riendas del combinado alpino. Cuatro años ha tardado en transformarlo en un cuadro competitivo. En los últimos 24 meses solo ha doblado la rodilla en un amistoso ante Brasil y ahora se cuenta en el top-15 mundial.
Acostumbrado al pluriempleo defensivo en Múnich, Alaba desempeña en Viena un rol más adelantado y ofensivo, radicado en el núcleo mismo del juego alpino. Sus internadas en el área rival no constituyen una mera anécdota: suma 9 goles en 38 entorchados. Hijo de una enfermera filipina y un DJ nigeriano -príncipe de la etnia yoruba, para regocijo de sus biógrafos-, David sintetiza además las virtudes de un camino que el fútbol austriaco, como el alemán o el suizo, ha emprendido en la última década: la integración de los hijos de los inmigrantes.
De Irlanda del Norte no teníamos noticias en una gran cita desde México’86. Las madrugadas aztecas despidieron a la mejor generación de la Irlanda británica: cuatro años antes, los Pat Jennings, Martin O’Neill, Gerry Armstrong o Jimmy Nicholl habían aupado al Green and White Army a los cuartos de final del Mundial de España. Desde entonces, un largo y acentuado decaer apartó a Belfast de las grandes capitales del balón. A veces, el fútbol refleja las turbulencias de la sociedad; otras, se muestra como una caprichosa actividad de inescrutables y autónomas dinámicas. Es lo que sucedió en el mal llamado Ulster: durante los Troubles y los peores años del terrorismo, desde finales de los 60 a comienzos de los 90, su combinado disputó dos Mundiales y venció dos Home Championship, el viejo torneo anual entre las cuatro selecciones británicas. Fueron los años en que los el Glentoran llegaba a los cuartos de final de la Recopa. Y, sobre todo, fueron los años de la melena, las patillas y el inmenso fútbol de George Best.
Cruzando el mar de Irlanda con rumbo sur nos topamos con Gales -aunque resulta tentador dárselas de entendido y tirar de la viejuna fórmula ‘País de Gales’-. Su regreso a la primera línea futbolística resulta tan inesperado como prolongada ha sido su ausencia. El 15 por ciento de la población galesa supera los 65 años de edad: ellos constituyen la afortunada minoría que puede recordar a su selección en una fase final, la de Suecia’58. Aquel fue un Mundial dulce para los británicos, que colaron a sus cuatro selecciones nacionales entre los 16 clasificados. La que más se acercó a las semifinales fue precisamente la escuadra de los ‘dragones’, que hicieron sufrir a Brasil hasta que a falta de 25 minutos para el final un niño de 17 años se estrenó en un Mundial. Era Pelé.
Otro de los nombres mayúsculos del fútbol local, el malogrado Gary Speed, inició hace cuatro años la transformación de Gales. Campeón con el Leeds de la última First Division inglesa previa a la introducción de la Premier League y después mito del Newcastle, Speed se convirtió en un técnico prometedor que aceptó el reto de modernizar a su combinado nacional. La depresión, sin embargo, no le dio tregua y, ostentando ese cargo, se suicidó en noviembre de 2011. Aquella tragedia no hundió la progresión de los ‘dragones’, que bajo su mandato –apenas diez meses- habían pasado del puesto 117 de la clasificación mundial al 45. Hoy es otro técnico joven, Chris Coleman –breve episodio en el banquillo de la Real Sociedad, en 2007- quien lidera el proceso regenerador en el Cardiff City Stadium.
En una selección en la que los centrales parecen fornidos mineros y los delanteros, toscos estibadores, tres figuras destacan por sus virtudes extrañas: el ‘gunner’ Aaron Ramsey y su toque delicado, el madridista Gareth Bale y su explosividad, y el ‘red’ Joe Allen y su inteligencia. De su cuenta corre la poesía en un combinado que, aunque no va sobrado de calidad, rebosa ilusión por lograr lo imposible: desbancar, aunque sea por unos meses, al rugby de las preferencias deportivas de los galeses.
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