El deporte en general tiene una característica muy transparente: las virtudes de sus deportistas se legitiman primero con los hechos, después con las palabras. Las palabras pueden ser un complemento, e incluso uno muy bueno que complete al deportista, pero el punto de partida será siempre su capacidad a la hora de competir.
Es una cualidad muy noble esta que tiene el deporte porque exige un esfuerzo real. Porque obliga, demanda, evidencia. El terreno del hacer estará siempre por delante del terreno del decir. Las palabras se validan, se autentifican, se sostienen sobre los hechos.
Lionel Messi construyó su inmensa figura como futbolista a partir de esto. Un hombre tímido que se juró decir todo lo que tuviese para decir, siempre, con la pelota en los pies.
Leo hizo ejercicio de un liderazgo que siempre tuvo claro el manual de uso. El norte podía variar en función de cada etapa, pero la brújula, su brújula, le indicaba que para ir hacia ese norte solo existía una forma de hacerlo.
Asumió por voluntad propia la responsabilidad que le cabía por sus cualidades como futbolista, sostenido, como todo genio, en la plena confianza de sus virtudes. “Ey, dámela”, le decía, lo animaba, lo motivaba corajudo a Rodrigo De Paul cuando lo invitaba a que le diera la pelota en el momento más inestable del Argentina-Inglaterra del último Mundial. ¿Qué hace un líder si no es colocar las dos manos en el timón y sujetarlo con firmeza en medio de la tormenta para transmitir dosis de calma al resto?
Messi heredó el ’10’, se colocó la cinta en el brazo izquierdo, indicó el camino y empezó a caminar. Todos lo siguieron
Messi heredó el ’10’, se colocó la cinta en el brazo izquierdo, indicó el camino y empezó a caminar. Todos lo siguieron. Todos lo seguimos. Nuestros pasos iban detrás de un hombre de pocas palabras pero que marchaba seguro. “Ey, dámela”. Tal vez algo confundidos. Por momentos descreídos. Quizás acostumbrados a las formas de su antecesor, Diego, portador de un tipo de liderazgo con otros matices.
Ni mejor, ni peor. Diferente, con otros matices. Maradona se zambullía en el terreno de lo dialógico con la misma naturalidad y constancia con la que maravillaba en el de los hechos. Contestario, políticamente incorrecto, Diego hacía con los pies y con la lengua porque así entendía su capitanía. Un liderazgo mimetizado con el costado más pasional de la idiosincrasia argentina. Uno irreverente en todas sus formas. Uno que expresara, culturalmente, a la Argentina en su todo. Ese liderazgo.
Leo tuvo la valentía de transformarse en el gran capitán a la luz de Diego pero imprimiéndole su propio cariz. Leo nos mostró, con paciencia, constancia, habilidad y grandeza, que también podíamos confiar en otro tipo de liderazgo. Que en la imagen del gran capitán de la Selección Argentina de fútbol (que en un país como el nuestro tiene categoría de Divinidad) podían convivir distintas facetas.
La suya era más silenciosa. Menos amplia en el terreno de las palabras, pero no por eso menos contestataria. Al contrario: respondona hasta la médula, Leo fue rebelde y obstinado en cada pelota que disputó para el país. Para el país que amaba. “Ey, dámela”. Tal fue su liderazgo que también se vistió con ropas que le quedaban más incómodas al cuerpo: a su forma de ser, a su personalidad. Las asumió con madurez y valentía. Cuando sintió que tenía que alzar la voz, abrió su boca que retumba en todos los puntos cardinales y habló. “No, no, me tira seguir volviendo, yo quiero ganar algo con la selección. Estuve muy cerquita y yo lo voy a seguir intentando, yo quiero ganar con la selección. Y quiero volver y quiero estar”, espetó una vez, la vez en que, tal vez, lo hayamos escuchado más verborrágico.
La metamorfosis de Messi en su camino hacia convertirse en el gran capitán tuvo su apogeo en el último discurso, el de la despedida de la selección argentina. La expresión más acabada de alguien que siempre se había sentido más cómodo en el hacer antes que en el decir y que ahora, micrófono en mano, explicaba con claridad todo lo que se le pasaba por mente y alma.
Sobresalió, pero jamás necesitó sobresalir. Fue el mejor, pero jamás necesitó decirlo. Aprendió, falló, enseñó, lideró. Se mostró vulnerable en la derrota
La sonrisa calma. Oratoria espontánea. Pensamientos en orden. Pausas. Sus manos para enfatizar, la mirada para abrazar. Un líder hablándole a su gente.
Y sin olvidar, ni por un momento, el rasgo que siempre le dio sentido a su liderazgo: el sentido colectivo. El Ubuntu de Leo, su Ubuntu, una antigua filosofía africana que significa “yo soy porque nosotros somos”.
En los últimos 20 años se ha hablado (y se seguirá hablando, por los siglos de los siglos) de la zurda de Leo. Menos se ha hablado sobre el dedo de Leo. Ese índice, siempre atento para no perder la esencia colectiva del deporte que él dominaba individualmente. El índice, tan rápido como su zurda, para señalar a ese compañero que le había dado el pase de gol, o para reconocer a ese otro que había sido pieza fundamental en la jugada. Para hacer parte. Ese mismo índice que se apuró a señalar al resto de los futbolistas argentinos cuando la hinchada coreaba su nombre tras la victoria agónica frente a Inglaterra.
El genio completo. El gran capitán. Capaz de moverse entre el “Ey, dámela” y el “yo soy porque nosotros somos” con una cintura y una lucidez brillantes. Dijo en su discurso final: “Quedó demostrado que cuando nosotros nos juntamos y estamos unidos, somos más fuertes que cualquiera y superamos cualquier cosa”.
Y: “En los momentos duros, los momentos difíciles, es cuando realmente se ve el grupo y se puede salir de momentos o situaciones difíciles. Cuando no hay grupo fuerte es muy difícil conseguirlo. Y ya les digo que nosotros éramos un grupo extraordinario, por eso conseguimos todo lo que conseguimos”.
Sobresalió, pero jamás necesitó sobresalir. Fue el mejor, pero jamás necesitó decirlo. Aprendió, falló, enseñó, lideró. Se mostró vulnerable en la derrota y no tuvo miedo de volver a ser derrotado. O sí lo tuvo, pero jugó igual. Por el ejemplo, Leo. Gracias por el ejemplo.
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