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Nos cambió para siempre

Era verano de 1999 y Gaizka estaba a punto de dotar de sentido una infancia llena de cotidianas decepciones. Nada une más que compartir resignación, las miradas de complicidad, las manos trémulas saliendo del Fondo Norte del viejo Mestalla. Descubrir el mundo a través del azul cristalino de los ojos de Federo.

Aquella noche en La Cartuja nos cambió para siempre. Yo nunca volvería a disfrutar igual una victoria. Y mira que las ha habido memorables. Y mira que disfruto cada vez que, religiosamente, acudo a Mestalla. Aunque perdamos, aunque empatemos, aunque algunas victorias ya no tengan sentido. Pero la liturgia siempre vence a la realidad. Estar en Mestalla es ser, en su máxima expresión.

Entre los muros del antiguo Luis Casanova, donde primero hubo una acequia y luego incluso un ayuntamiento nuevo que se hizo viejo antes de ser derribado, mi yo adulto se cita con su niñez, ese lugar que un rato cada día me niego a abandonar. Allí donde mi iaio y yo salíamos los últimos mientras papá iba a buscar el coche porque Federo ya no podía desplazarse sin ayuda. Donde comprobé cómo algunos hombres buenos se resistían a que el nuevo milenio, que llegaba como un torbellino, se lo llevara todo a su paso, porque querían que los que veníamos tras ellos conociéramos el orgullo de un pueblo cansado de perder que un día eligió ese rectángulo, esas gradas y la mítica cubierta de tribuna para luchar, para levantarse, para vencer.

Por eso allí siempre seremos felices, siempre seremos indestructibles.

Aquella noche en La Cartuja nos cambió para siempre. Mi primer título fue, también, el último del iaio. Quizás por eso es Mestalla el sitio donde siempre, inevitablemente, me encuentro con mi niñez. Despedirme de mi verdadero ídolo, tan solo dos años después, en las semanas previas al batacazo de San Siro -aquella Copa de Europa que la vida te debía, Federo, que nos debía a todos… ¡Por qué poco se nos escapó!-, me hizo crecer de golpe.

Me queda, y no es poca cosa, la certeza y la eterna sonrisa de haber podido compartir una Copa contigo. Aquella noche en La Cartuja que nos cambió para siempre es el lugar al que viajo cada vez que en Mestalla cierro los ojos. Para estar contigo. Para ser eternos.

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Pau Corachán

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  • Cómo me he sentido de identificado Pau. Solo los que hemos crecido en Mestalla de la mano del iaio por un lado y de papá del otro sabemos lo que se siente. A mí me pasó lo mismo, pero con la copa del 79. Mi iaio era Fernando. Hoy mis hijos van de la mano de su iaio Miguel y de la mía.

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