Cada vez nos van quedando menos momentos románticos. Los futbolistas ahora deciden retirarse en China, India o en el cementerio de elefantes que se ha convertido el fútbol turco. Las leyendas no vuelven a sus clubes de origen. No ofrecen un último baile, una alegría final a aquellos aficionados que ya tienen ajado su dorsal y número. Esa camiseta que ha esperado una década a que su dueño volviera a casa, a que esas últimas carreras tuvieran una ovación. Pero Tomas Rosicky es un romántico. Ha vuelto a una ciudad donde uno puede permitirse ser sensiblero, Praga lo aprueba.

El Puente Carlos sigue intacto, el reloj astronómico sigue marcando bien las horas. Nada ha cambiado desde que hace 15 años Rosicky cambiara Praga por Alemania. El pequeño Mozart creció en una familia donde imperaba el balón. Su padre Jiri fue un duro lateral izquierdo del Sparta Praga. Al contrario que su hijo menor, era un futbolista poco técnico y bastante dado al contacto. Su hermano mayor, de mismo nombre que el padre, tuvo una carrera lastrada por los problemas de rodilla. Jugó en el Atlético de Madrid, entre otros, pero su trayectoria no fue todo lo buena que hubiera querido. Su madre, Eva, fue jugadora de tenis de mesa. Quizá de ella, y no de su padre o hermano, adquirió la precisión que siempre ha caracterizado al bueno de Tomas.

En 2001 el Borussia Dortmund pagó 15 millones por él. Toda una cifra récord. Con los precios actuales, Rosicky costó lo mismo que Filip Kostic. La carrera del futbolista checo no está plagada de títulos. Posiblemente la Bundesliga conseguida con el Dortmund sea su mayor éxito. Además, perdió la final de la Copa de la UEFA de 2002 ante el Feyenoord. Aquel equipo era una locura. Lehmann, Metzelder, Lars Ricken, Jan Koller, Marcio Amoroso o Ewerthon, eran sus mejores jugadores. La dupla Rosicky-Koller fue realmente maravillosa. Mantenían una gran relación dentro y fuera del campo, e incluso jugaban a hockey hielo. En la República Checa es un deporte que tiene un gran seguimiento, a la altura del fútbol. Imaginad la estampa de Koller corriendo stick en mano tras Rosicky. Preciosa.

El pequeño Mozart maravilló a toda Europa aquellos años. Y llegaron las ofertas. Chelsea y Atlético de Madrid se pusieron en contacto con el jugador, pero no llegó a ningún acuerdo. Es entonces cuando el Arsenal se metió en medio y logró llevárselo a Londres. 10 temporadas ha estado defendiendo el escudo gunner, llegó con 25 años y se marcha con 35. Sus mejores años a disposición de Arsène Wenger. Pero la fortuna no le ha sonreído al bueno de Rosicky. Coincidió con el Arsenal en una época donde lograr un título era una quimera, y sufrió muchas lesiones que impidieron ver su mejor versión. Quizá la más grave sea una en el tendón que le tuvo 18 meses fuera de los terrenos de juego. De hecho, esta última temporada no ha jugado un solo minuto. ¿Pero qué ha dejado Rosicky en el Arsenal?  Deja 170 partidos, dos FA Cup, una Community Shield, y a nivel de juego unos tramos de temporada de gran nivel. Su juego llegaba en primavera, cuando se peleaba la cuarta plaza siempre salía su talento.

Por eso nos encanta Rosicky. Porque ha vuelto a casa con el 10 a la espalda, y porque en primavera siempre sabías que él estaría pidiendo el balón.

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Iñaki Lorda

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  • Buen artículo pero solo un apunte, vivo en Praga y creedme que el fútbol no le llega ni a la altura de la cuchilla de la bota al hockey hielo, ni en seguimiento ni mucho menos en calidad de liga. Los checos solo se emocionan por dos cosas: hockey hielo y cuando ven llegar su cerveza.

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