Pasaportes

Los que estábamos de paso

Cuando fiché por el Dundee Football Club me llevé una sorpresa.

Venía de Inglaterra y esperaba encontrar algo más modesto que el Southampton, claro. Era segunda división escocesa y la liga apenas tenía diez equipos. Aun así, cuando vi el estadio pensé que estaba bastante mejor de lo que imaginaba.

La impresión duró poco.

El primer entrenamiento lo hicimos en un parque.

El segundo también.

Y el tercero.

Al principio pensé que sería algo puntual. Una obra, una reparación o cualquier historia parecida. Pero no. Aquello era perfectamente normal. Nos cambiábamos en el estadio, salíamos andando y entrenábamos en un parque público.

Mientras hacíamos posesiones o partidillos, la gente cruzaba por medio. Algunos paseaban al perro. Otros iban camino de alguna parte. Nadie parecía extrañado.

Los únicos sorprendidos éramos yo y probablemente los perros.

En mi vida había visto a un equipo profesional entrenando en un parque. En la playa sí. Incluso en algún descampado durante una pretemporada. Pero aquello era diferente. Pensé que era la primera señal de que me había equivocado.

La segunda llegó con la comida.

Los días de doble sesión teníamos dos horas entre el entrenamiento de la mañana y el de la tarde. Una mañana vi que varios compañeros empezaban a organizarse en grupos y salían hacia el aparcamiento.

Alguien me preguntó qué quería para el lunch.

The same as you.

Era una de las pocas frases que podía decir con cierta confianza.

Al cabo de un rato apareció con un pastel de carne y una bebida de yogur. No me gustó ninguna de las dos cosas.

Me limité a dar las gracias y comérmelo.

 

“Recuerdo salir de la reunión y decirle a mi representante que allí no iba a durar dos temporadas. Estaba convencido de que saldría. Se parecía demasiado a Sarajevo. Cada entrenamiento en el parque, cada kebab y cada historia rara me servían para demostrarme que tenía razón”

 

Horas después, ya en casa, mientras me duchaba, empecé a sospechar que quizá esperaba que le pagara. Nunca llegué a saberlo.

Aquella tarde aprendí que el escocés no es inglés.

Como mi relación con el escocés era bastante limitada, tardé un rato en entender qué ocurría.

No iban a buscar la comida.

Iban a comprarla.

Cada jugador pagaba la suya.

Se subían al coche, iban a un local de comida rápida, normalmente algún kebab o restaurante hindú, pedían lo que les apetecía y regresaban al estadio con las bolsas.

Después nos sentábamos donde encontrábamos sitio. Algunos en los bancos del vestuario. Otros en el suelo. Otros en la grada.

Comíamos.

Dormíamos una pequeña siesta.

Y por la tarde volvíamos a entrenar en el parque.

Mi compañero Kieren Keane fue el primero que se rebeló.

—Esto no puede ser. Tenemos que comer proper food.

A partir de entonces empezó a cocinar en casa y a llevarse la comida preparada. Intentó convencernos a varios para que hiciéramos lo mismo.

Ensaladas, pasta, pollo. Lo que fuera.

Su argumento era sencillo.

Le había costado demasiado llegar a profesional como para echarlo todo a perder comiendo fast food.

La verdad es que yo tampoco quería.

Por aquella época todo me parecía una prueba de que estaba en el lugar equivocado.

El presidente nos dejó uno de sus pisos mientras encontrábamos algo para alquilar. Era una solución temporal.

Tan temporal que nunca buscamos piso.

Buscar piso implicaba aceptar que nos íbamos a quedar. Y ninguno parecía especialmente interesado en semejante compromiso.

Durante años pensé que aquello demostraba que Dundee era un lugar de paso.

Ahora creo que los que estábamos de paso éramos nosotros.

Recuerdo salir de la reunión donde firmé el contrato de dos años y decirle a mi representante que allí no iba a durar dos temporadas. No sabía cómo saldría, pero estaba convencido de que saldría.

Se parecía demasiado a Sarajevo.

Cada entrenamiento en el parque, cada kebab y cada historia rara me servían para lo mismo: demostrarme que tenía razón.

El problema es que había tomado la decisión antes de reunir las pruebas.

Yo estaba convencido de que nunca llegué a sentirme parte del Dundee.

Con el tiempo me di cuenta de que tampoco hice mucho esfuerzo.

Lo curioso es que seis meses después ocurrió algo que no esperaba.

El club me comunicó que estudiaría mi salida.

Y sentí vértigo.

De repente ya no tenía ningún sitio al que ir.

 

“Llevaba medio año intentando escapar de Dundee. Hasta que Dundee decidió escapar de mí. Entonces apareció el vértigo. Porque una cosa es dejar un club. Y otra muy distinta descubrir que quizá ya no tienes a otro esperando”

 

El contrato de dos años que me había parecido una condena se convirtió en una red de seguridad. Todavía me quedaba año y medio firmado, pero ellos ya habían decidido que tal vez había llegado el momento de separarnos.

Durante meses había pensado en marcharme.

Hasta que descubrí que no iba a ser yo quien tomara la decisión.

Entonces quise quedarme.

Qué curioso.

Llevaba medio año intentando escapar de Dundee.

Hasta que Dundee decidió escapar de mí.

Entonces apareció el vértigo.

Porque una cosa es dejar un club.

Y otra muy distinta descubrir que quizá ya no tienes a otro esperando.

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Jacinto Elá

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Jacinto Elá
Etiquetas: Liga inglesaportada

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