La generación Moneyball, consecuencia lógica de la modernización del fútbol, cree tener en el Sevilla a un aliado. Lo que se ha vivido en Nervión en la última década es un caso de éxito que viene que ni pintado al final de sus conferencias trufadas de coaching azucarado, en las que nunca falta un micro de diadema, una pantalla gigante y un jersey de cuello vuelto. Aciertan todos ellos al afirmar que pocos clubes como este han sabido sacar tanto rendimiento a unos recursos que ni mucho menos han sido ilimitados. Es un milagro razonado y razonable. ¿A qué esperan para forrarse vendiendo sus claves en un manual teórico-práctico? Fichar barato, vender caro, analizar el mercado para poder volver a repetir la jugada sin que baje la producción. Una vez. Y otra. Y otra. Planificación, paciencia, capacidad de negociación, conocimiento, formación, coordinación, disciplina, buena definición del modelo. Son valores que han hecho destacar al Sevilla por encima de la clase media hasta convertirlo en un referente del fútbol europeo. Un club adaptado a una era en la que no hay más mercado que el propio mundo, pero en la que la sostenibilidad se está imponiendo como necesaria para la propia supervivencia del mismo. Economía sevillista verde. Piensa globalmente y actúa localmente.

 

Pocos clubes como este han sabido sacar tanto rendimiento a unos recursos que ni mucho menos han sido ilimitados

 

Los mismos ordenadores modernísimos que almacenan datos de miles de jugadores futuribles son también capaces de traducir las lenguas antiguas. Con un buen diccionario instalado, en un segundo podemos tener descifrada la inscripción de una tumba, un libro sagrado o un himno ancestral. Pura matemática: ahora Moneyball también actualiza el relato. Eso sí, otra cosa muy distinta sería conseguir que, además de traducir, la CPU también entendiera lo que cuentan esas lenguas antiguas. Y tal habilidad, de momento, solo la posee la mente humana: el lugar oscuro donde las ciencias exactas se tambalean ante lo oculto, y la física se confunde con la metafísica. Un sitio en el que el joven gurú con jersey de cuello vuelto ya no se arregla la barba y, en vez de lanzar eslóganes en inglés, escupe el improperio más infernal desde el mismo asiento en el que hace un minuto se santiguaba. Allí donde las fobias asaltan y desarman a la razón, se encienden las velas y los ídolos salen a pasear. Los radiantes números de color verde del balance se guardan en un cajón, y solo importa el rojo de la sangre y del escudo. Empieza la procesión de las viejas supersticiones, se juntan las palmas de las manos y se cierra un ojo, temiendo lo peor. Y dos más dos dejan de sumar cuatro, como aquella vez que perdiste a uno de los once y pasaste para siempre a jugar con doce. Si quieres un club saludable, pon orden en el despacho. Si lo deseas ganador, contrata a los mejores. Y una vez hecho eso, si pretendes que, además, sea grande, olvida el manual. Solo cree. Quizás no sirva para nada, pero es lo único que puedes hacer.

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