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La edad de los descubrimientos brutales

En Una vez Argentina, Andrés Neuman rememoró con gran sensibilidad la edad de los descubrimientos brutales. En dicho ejercicio de memoria ficcional, el autor argentino afincado en Granada reflexionaba sobre el deslumbramiento que supuso en su día enterarse de que Julio Verne había escrito novelas más allá de La vuelta al mundo en ochenta días; que Franz Kakfa fantaseó con la posibilidad de quemar sus propios libros; que Ray Bradbury era la mente maestra detrás de esas famosas crónicas marcianas; que Oliverio Girondo había escrito poemas con palabras que aparentemente no existían; que Tom Sawyer era un invento de Mark Twain o que Jorge Luis Borges no había nacido ciego.

Trasladándolo en clave fútbol, pareciera que cada vez se vuelve más complejo evocar la edad de los descubrimientos brutales. Estamos en una época en la que es preferible controlarlo todo, para adoptar en simultáneo el rol de hincha furibundo, parabólico, prescriptor y vidente. Ya no queda rastro de aquella culta ignorancia que nos eximía de todo esfuerzo intelectual. Y, peor aún, la curiosidad dejó de ser un atributo valorado. ¿Cuándo dejó de conmovernos que un equipo que representa a una zona fantasma emborrachada de nostalgia por el esplendor soviético derrotara con gol de un luxemburgués al Real Madrid en el Santiago Bernabéu? ¿Cuándo dejó de asombrarnos que el fichaje estrella del equipo más acaudalado de las islas británicas utilice las medias bajas, que un croata enjuto domine el centro del campo dando golpes con el exterior o que un danés de Copenhague haya cruzado el mastodóntico puente de Oresund para dirigir en Malmo?

 

Todavía estamos a tiempo de evitar encarnar al lector tardío que se lamenta al advertir que la biblioteca de sus padres siempre estuvo ahí, con todas las respuestas que necesitaba

 

No es reproche, ni mucho menos. En realidad no hablo de formación periodística, sino de formación sentimental. Los bares, otrora manantiales de debates y confidencias, no fueron idealizados como un sitio para colgarnos del wifi y cargar la batería del teléfono. Mucho menos para ver transmisiones en directo de gente improvisando opiniones sobre cosas que forman parte del vademécum de un profesional. Ni siquiera para ver en bucle infinito las posturas teatrales de impostores camuflados de periodistas. Lo que nos está faltando, sospecho, es increpar más al camarero de turno, para decirle que no hace falta que todas las televisiones tengan el mismo canal. Que en una podamos ver al Ajax y en otra al Young Boys. Y sí, que en la pantalla principal no se discuta que el equipo local sea el protagonista absoluto. Porque para qué diablos es el fútbol si no es para implicarse emocionalmente. Y si luego, al calor de varias rondas de cerveza, coqueteamos peligrosamente con el 0,05% de alcohol en la sangre que teorizó Thomas Vinterberg en Druk, tampoco haya de qué avergonzarse.

Pero no pensemos en todo esto sólo por nosotros, hagamos conciencia por las generaciones venideras. ¿De qué le hablaremos a ese coro de niños arremolinados cuando seamos el típico viejo de bigote prusiano, que otea un sol lejano y ve en el aire cosas que los demás no ven? Alguna vez dijo Rodrigo Fresán que el pasado tal vez sea un país extranjero siempre en armas, sin tregua ni paz. ¿Cómo vamos a combatir a ese ejército? ¿Con bufandas, videos virales y titulares desmesurados? Pensemos que en algún momento seremos como aquel escritor interpretado por Marcello Mastroianni en La noche —la célebre cinta de Michelangelo Antonioni—, quien, resignado y bañado en amargura, dijo: “Antes tenía ideas. Ahora sólo tengo memoria”

Ya no pueden estar más encendidas las alarmas. Todavía estamos a tiempo de evitar encarnar al lector tardío que se lamenta al advertir que la biblioteca de sus padres siempre estuvo ahí, en casa, con todas las respuestas que necesitaba.

 


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Fotografía de Imago.

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Ricardo López Si

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