Pasaportes

Esperando a Thiago Silva

Hace poco regresamos a la rutina aquí, en la redacción. Y a mí, en la primera mañana, me ocurrió algo extraño. Esperaba en el andén un tren dirección a Barcelona. Llegó tarde. Entré. Y cuando ya no había marcha atrás me di cuenta de que estaba en la línea equivocada. Acababa en el mismo destino, pero haciendo otras paradas que quería evitar. Cada uno tiene sus manías. Esa misma mañana, ya en la redacción, los noticieros informaron que la cinta de capitán del París Saint-Germain buscaba otro brazo que lucir. El contrato de Thiago Silva, agotado, se quedaba sin prórrogas, sin más oportunidades, topaba con un ocaso que él quería postergar hasta 2022, asegurándose una plaza entre los 23 brasileños que acudirían a Catar para defender la camiseta de la ‘verdeamarelha’ en el próximo Mundial.

Repasé qué había sido de él. Vi que ya tiene 35 años. Madre mía. Le ponía 32 ‘palos’. 33 como mucho. Y pronto empecé a comprobar que cogió un tren que, aun con un mismo destino, el retiro, como cualquier hijo de vecino, no esperaba cuando validó el billete para entrar en la élite del fútbol. No por el París Saint-Germain, eso es lo de menos. Sino por las paradas que no acabó realizando en su trayecto. Porque cuando aterrizó en Milán, después de regresar a Brasil tras un primer intento fallido de conquistar el fútbol europeo en el Oporto y el Dinamo de Moscú, el mundo balompédico esperaba que el nombre de aquel central brasileño estuviera una década entera en boca de todos, en las listas de los mejores defensores del planeta. Pero no fue así. Se acomodó en su asiento, miró por la ventana y las estaciones en las que su fútbol parecía deber detenerse, los días grandes en los que un súper clase tiene que responder, pasaban de largo. Una vez. Y otra. Y otra.

El fútbol le esperó. Le mantuvo en el cartel donde solo aparecían los mejores centrales de este deporte durante muchos años. Con méritos o sin ellos, lo hizo. Hasta que el propio Thiago Silva decidió borrar lentamente su imagen del rótulo. Y fue entonces cuando solo París comenzó a esperar al brasileño. A esperar más de él en noches de Champions League. En Old Trafford, en el Camp Nou, en el Santiago Bernabéu, en el Westfalenstadion, en los feudos más comprometedores y exigentes del viejo continente. Paradas obligatorias donde se han bajado los Sergio Ramos, Gerard Piqué o Virgil van Dijk en los últimos años a dar la cara, dando un paso al frente, y donde Thiago Silva se quedó mirando desde su butaca, desde las confortables vistas que le otorgaban la ventana de una liga francesa que tanto aumentaba su palmarés como empequeñecía su figura. No por jugar en el París Saint-Germain ni en la Ligue 1, sino por observar, distante, cuando Europa le reclamaba.

Ahora, con la noticia que anunciaba la decisión del París Saint-Germain de no aumentar los años de su contrato, la capital francesa se unió, definitivamente, al resto de la élite del fútbol. Dejó de esperarle. Él, mientras, buscará una nueva parada en la que bajarse un tiempo antes de que el fútbol le lleve al fin del trayecto, a colgar las botas. Quién sabe si volverá a Milán, al lugar donde el fútbol comenzó a esperar a Thiago Silva por las mejores estaciones. Y donde nunca se ha bajado. Eso sí, le queda una última bala, una última parada. Este mes de agosto, con la Champions League en juego, se sabrá si la espera mereció la pena.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Jorge Giner

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  • Nunca me ha gustado esta generación de centrales brasileños. Ni Thiago Silva ni David Luiz me parecen centrales top y creo que es una de las causas de la sequía a nivel de selecciones del conjunto carioca. Al final, Thiago Silva ha pasado con más pena que gloria por el PSG, con la "marca" de fichaje temprano de nuevo rico que se sobrepaga y luego no rinde nunca en correspondiencia con su precio, un Robinho en el City, o un Pastore en el propio PSG.

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