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Borussia Dortmund: el último campeón de campeones

Este es un reportaje extraído del #Panenka140, nuestro Especial sobre la Liga de Campeones, que sigue disponible aquí

 

Si hay un club en Alemania vinculado a títulos especiales, ese es el Borussia Dortmund. En 1956 y 1957, cuando el campeonato alemán aún se decidía en una final, el BVB se impuso dos años seguidos y con la misma alineación. Eso no había ocurrido nunca antes ni ocurriría después. El Dortmund fue el último campeón antes del nacimiento de la Bundesliga en 1963. En 1966 se convirtió en el primer equipo alemán en ganar una competición europea, la Recopa de Europa. ¿No es suficiente? En 1995 fue el último campeón según la regla de los dos puntos y en 1996, el primer campeón de los tres puntos por victoria. Así pues, es lógico que el Dortmund fuese el primer campeón alemán de la Liga de Campeones. Si todo hubiera ido según lo previsto, el 16 de mayo de 1992 la saga de campeonatos especiales del Dortmund habría continuado y el BVB se habría convertido en el primer equipo alemán en participar en la nueva Champions. Sin embargo, en un duelo por el título contra el Stuttgart, un cabezazo de Guido Buchwald a cuatro minutos del final hizo que los suabos se llevaran la liga y representaran a Alemania en la recién rebautizada Liga de Campeones. El hecho de que mi BVB optara a participar en esta competición ya era algo especial. Al fin y al cabo, la Copa de Europa era un torneo en el que habitualmente habían participado el Werder Bremen, el Bayern de Múnich, el Stuttgart y el Hamburgo, pero no el Dortmund. Por eso seguí el nuevo formato con poco interés.

CASI DESCENDIDOS… Y A LA COPA DE LA UEFA

En 1986, el BVB evitó el descenso en el último segundo contra el Fortuna Colonia. El viaje por Europa comenzó la temporada siguiente, cuando el Dortmund terminó cuarto y se metió en la Copa de la UEFA. En 1989, el BVB dio el pistoletazo de salida a la era moderna ganando la copa alemana. En los años siguientes, combinamos la atracción por Europa con la lucha por el descenso. En 1993 tuvimos nuestra primera experiencia en una final internacional desde 1966, pero la Juventus nos machacó. Ocurrió en la Copa de la UEFA: 1-3 en Alemania y 3-0 en Italia. Stefan Reuter había llegado de la Juve. Jürgen Kohler, Andreas Möller y Julio César, que más tarde jugarían en el Dortmund, hicieron el viaje a la inversa, de Alemania al equipo turinés.

Pero algo fue cambiando poco a poco. En la 94-95, Möller y Julio César aterrizaron en Dortmund, el equipo encandiló a todo el país y acabó celebrando su primer campeonato alemán en 32 años. ¡Íbamos a jugar la Liga de Campeones! Volvimos a cruzarnos con la Juventus en la fase de grupos: ganamos en Turín y logramos el segundo puesto. El Ajax, defensor del título, fue la última parada, en cuartos. El equipo neerlandés sólo sería derrotado en la final por una Juventus que acabó cediendo a Paulo Sousa al BVB al término de la temporada.

 

¿Qué es la Historia, comparada con las historias? La del Dortmund es la de tres chavales del barrio obrero de Dortmund-Eving que estuvieron sobre el césped en el mayor triunfo de la historia del club

 

CUATRO EXJUVENTINOS EN DORTMUND

El Dortmund empezó la Liga de Campeones 96-97 con los exjuventinos Reuter, Möller, César y Sousa, y demostró una madurez increíble. Tres victorias para empezar, una de ellas ante el Atlético de Madrid (0-1), garantizaron una situación cómoda. Pero el equipo estaba en plena metamorfosis. Cuando nos proclamamos campeones en 1995, hacía sólo nueve años del casi descenso contra el Fortuna Colonia. Ahora éramos bicampeones y jugábamos la Champions League. En cuartos de final nos esperaba el Auxerre, un viejo conocido al que nos habíamos medido en la semifinal de la UEFA 92-93. El Dortmund ganó en casa (3-1) mientras que Lars Ricken, el hijo pródigo, decidió el partido en Francia abriendo el marcador (0-1). Lars era uno de los nuestros, un chaval de la Südtribüne que hoy ejerce como director general de la entidad. Historias como la suya definen la esencia del BVB. Pero volvamos a la Liga de Campeones, a la primavera de 1997. Estábamos en semifinales. Más de lo que nunca pude haber soñado. El Dortmund ya no era un modesto, pero la transformación de mi pequeño club en un conjunto de primer nivel internacional aún no había entrado en mi cabeza. ¿Y ahora se suponía que íbamos a jugar una semifinal de la Liga de Campeones? No tenía sentido.

MAGIA EN EL CÉSPED Y EN LA GRADA

Mi pequeño equipo contra el gran Manchester United. Más que grande, ¡gigantesco! Éric Cantona, Ole Gunnar Solskjaer, Ryan Giggs, David Beckham: nombres que ponen la piel de gallina. Pero el Dortmund supo aguantar. Durante el descanso de la ida, en casa, vivimos uno de esos momentos mágicos que sólo puede darte la Copa de Europa: en lugar de anuncios de los patrocinadores habituales, hubo música. James Brown cantó I Got You (I Feel Good) por los altavoces y los aficionados ingleses improvisaron una coreografía espontánea en masa. Todo el fondo norte cantó y bailó y al final todo el campo aplaudió. Los mejores momentos en un estadio no siempre tienen que ver con el fútbol. No recuerdo mucho del partido, pero sí nuestro gol de la victoria. Paulo Sousa combinó con René Tretschok, que parecía a punto de devolverle el balón al portugués. Pero Tretschok se limitó a girarse hacia la portería; Sousa se enfadó, dejó caer los brazos, resignado, y se dio la vuelta. Segundos después, su gesto cambió por completo: Tretschok había marcado con un disparo desde 20 metros. ¡1-0 para el BVB! Legendario. Y el partido de vuelta lo fue aún más. El hecho de que Lars Ricken marcara el 0-1 definitivo en el minuto 8 es sólo la mitad de la historia. Esa noche, Jürgen Kohler erigió su propio monumento como ‘Dios del fútbol’ cuando desesperó a Cantona y logró que el Dortmund avanzara a la final. Ni el Bayern ni el Werder Bremen: el Dortmund iba a ser el primer club alemán finalista de la Liga de Campeones. Y precisamente en Múnich. Hora de hacer historia.

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LOCALES EN LA FINAL

En 1997 no existía Internet tal y como hoy lo conocemos. Había noticias, chats y foros, pero, ¿comprar entradas a través de la red? Impensable. Por aquel entonces, se vendían de la forma más sencilla: te desplazabas al estadio y hacías cola. La afición del Dortmund siempre fue viajera: 8.000 aficionados acudieron a un partido fuera de casa contra la Roma. Y en mayo de 1997, todo el mundo quería ir a Múnich.

Me fastidiaba no poder hacerme con una entrada. La noche antes de que salieran a la venta me quejé y me quejé hasta que mi novia se hartó y me dijo: “¿Por qué no vas a Dortmund?”. ¿Por qué no? Tardé una hora en llegar desde la puerta de mi casa, en Duisburgo, hasta el Westfalenstadion de Dortmund. Lo que vi allí superaba mi imaginación. Había miles de hinchas con sillas de camping, colchones inflables y tiendas de campaña. Yo no tenía nada, sólo dinero para una entrada que ni siquiera sabía cuánto costaría. Me puse a la cola. Debía de haber unas 3.000 personas delante de mí. Con los colegas ‘futboleros’ nos guardábamos los asientos por si alguien quería dormir una hora en el coche o tumbarse en una tienda de campaña. Eso es solidaridad. A la mañana siguiente, se añadió mi padre, que acababa de regresar de sus vacaciones en Estados Unidos. La cola era ya el doble de larga. Tras 12 horas de espera, tenía en mis manos las entradas. Por unos ridículos 66 marcos alemanes (33 euros al cambio).

 

“No creo que haya una escena en los casi 115 años de historia del club que se haya repetido más que aquel gol de Ricken”

 

EL JUEZ DE LÍNEA ME ROBÓ LA CELEBRACIÓN

Múnich, 28 de mayo de 1997: el Borussia Dortmund afrontaba un partido histórico en el que, por supuesto, el rival volvía a ser la Juventus. Desde el encuentro de ida de la final de la Copa de la UEFA de 1993, ambos se habían enfrentado seis veces, con una única victoria del BVB. Pero este, el séptimo choque, ¡iba a ser nuestro! Aquel día, Múnich vestía de negro y amarillo. Nuestros asientos estaban en una de las esquinas del estadio, más o menos a la altura del banderín de córner.

Ottmar Hitzfeld presentó un equipo muy renovado. Julio César estaba lesionado, y en su lugar entró Matthias Sammer, que volvía a su vez de una larga lesión. El BVB partía como víctima, pero la Juventus no tardó en darse cuenta de que tenía enfrente a un buen equipo: el Dortmund había mejorado su plantilla en los últimos años y contaba con seis campeones del mundo y de Europa: Steffen Freund, Jürgen Kohler, Andreas Möller, Matthias Sammer, Stefan Reuter y Karl-Heinz Riedle. A los 28 minutos, el estadio estalló a mi alrededor. Ocurrió de repente: todo el mundo aplaudió menos yo. Un saque de esquina de ‘Andy’ Möller lo despejó la defensa; balón largo hacia delante, Kohler y Riedle luchando por la pelota, hasta que Riedle disparó a puerta: 1-0. Pero mis ojos estaban fijos en el juez de línea, de pie justo delante de nosotros, con la bandera levantada. “Fuera de juego”, murmuré, pero nadie me escuchó y el árbitro hizo caso omiso de su asistente. El Dortmund se adelantaba. Increíble. Y el juez de línea me había robado la celebración del gol. Cinco minutos después, la cosa se volvió aún más alucinante. Otro córner de Möller, Riedle de nuevo, esta vez de cabeza: ¡2-0! El equipo tenía cada vez más confianza y no veía cómo podíamos perder, aunque la Juve gozara de una o dos grandes ocasiones de gol: en la portería teníamos a Stefan Klos. Marcello Lippi, entrenador de la Juve, dio entrada a Alessandro Del Piero en la segunda parte. Empecé a marearme. La Juve presionaba, y en el minuto 65, el delantero italiano marcó de tacón para hacer el 2-1. “Vale, perdemos 3-2”, me dije. “La Juve no sería la Juve si no le diera la vuelta a este partido. Al fin y al cabo, nosotros sólo somos el pequeño BVB”. Pero teníamos a Lars Ricken. No creo que haya una escena en los casi 115 años de historia del Dortmund que se haya retransmitido por televisión más veces que aquel momento, que iba a convertir a Ricken en el goleador del siglo, y al BVB en el ganador de la Liga de Campeones. 70 minutos de juego. La Juve quería el empate y Hitzfeld reaccionó. Stéphane Chapuisat abandonaba el terreno de juego y entraba Ricken. Comenzaba el cuento de hadas. Saque de banda: Sousa para Möller, Möller con un pase largo en diagonal hacia la derecha. Hacia allí corrió Ricken, que había entrado hacía diez segundos. Once segundos: una carrera diáfana, sólo el portero de la Juve, Peruzzi, delante de él, pero lejos de su portería. 12 segundos: “¡Dispara!”, grité. En la televisión, el comentarista Marcel Reif le ordenó: “¡Dispara ya!”. 13 segundos: “¡Idiota, dispara de una vez!”, grité. Ricken disparó. El balón voló por encima de Peruzzi y entró en la portería: 3-1. Un momento que Reif relató así: “Los hermanos Grimm se están revolviendo en sus tumbas”. El resto fue alegría. El Dortmund se convertía en el primer equipo alemán en ganar la Champions y en el último club en llevarse un torneo en el que sólo participaron campeones de liga. Es Historia, pero, ¿qué es la Historia, comparada con las historias? La del Dortmund es la de tres chavales del barrio obrero de Dortmund-Eving -el portero Klos, el goleador Ricken y el capitán Michael Zorc- que estuvieron sobre el césped en el mayor triunfo de la historia del club.

 


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Fotografía de Getty Images.

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