La memoria todavía es frágil en varios rincones de Europa, y las fronteras no son más que una débil línea donde irradia el odio entre sus vecinos. Ahí están Rusia y Ucrania, separadas al inicio de cualquier sorteo. También están en el mismo saco Serbia y Albania, o al menos deberían, tras su último enfrentamiento. Rara es la nación europea que no se lleva bien con otras dos o tres, y que tira de recuerdos históricos para hacer del fútbol su propia propaganda política. Además, en varios puntos del viejo continente las heridas aún son recientes, como es el caso de Kosovo. Entre todo este odio encontramos un vestigio de fraternidad. No es una hermandad completa, pues es realmente complicado lograr algo así, pero sí es infrecuente.
Teniendo en cuenta todas las combinaciones posibles para evitar conflictos geopolíticos, en el sorteo para el Mundial de 2018 les sonrió la fortuna a Grecia y Chipre. Dos naciones que mantienen vínculos casi idénticos, como si de la misma familia se trataran. La isla del Mediterráneo tiene numerosas curiosidades, pero quizá la más importante es que no existe un nacionalismo autóctono. Vivimos una época donde los nacionalismos empiezan a reverdecer como tiempo atrás, pero no es el caso de Chipre. Allí nadie siente su bandera. Obedecen dos banderas según en qué zona de la isla vivan: la griega o la turca. Incluso antes obedecerían la del Reino Unido que la suya propia, ya que estuvo bajo su dominio y hoy en día posee bases militares en suelo chipriota. Hasta mantienen la costumbre de conducir por la izquierda.
Ambas selecciones han quedado encuadradas dentro del grupo H. No es nada sencillo. Ahí se encuentran la renovada Bélgica, Gales, Bosnia, Estonia o Gibraltar. En el primer encuentro Grecia venció con comodidad en Gibraltar por 1-4, mientras que sus vecinos chipriotas cayeron 0-3 ante Bélgica. Las dos selecciones se han visto las caras en 24 ocasiones, en 15 ocasiones la victoria fue helena y en tan solo 3 chipriota.
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