En las calles bulliciosas de Yakarta, donde los templos comparten espacio con centros comerciales y los jóvenes se agrupan a ver partidos en sus móviles, algo está cambiando. En el archipiélago más grande del planeta, una nación diversa, volcánica y vibrante como pocas, el fútbol se ha convertido en símbolo de unidad. Indonesia, conocida como la ‘Garuda’ por el ave mitológica que adorna su escudo, ha lanzado su proyecto más ambicioso: clasificarse por primera vez como país independiente a un Mundial.
En 1938, cuando aún era una colonia neerlandesa, compitió en el torneo bajo el nombre de Indias Orientales Holandesas y cayó derrotada ante Hungría. Desde entonces, ha llovido mucho en estas tierras fértiles, donde conviven más de 580 idiomas, donde se mezclan etnias, religiones y geografías imposibles, desde los volcanes activos de Java hasta los arrecifes de coral en Papúa. Hoy, la ‘Garuda’ quiere alzar el vuelo con sus propias alas.
Y, para ello, ha confiado su destino a dos ilustres nombres del fútbol neerlandés: Patrick Kluivert, exdelantero del Barcelona y Países Bajos, como seleccionador y Jordi Cruyff como asesor técnico. Una terna de lujo, tejida desde la experiencia europea y el vínculo colonial que aún pervive culturalmente entre ambas naciones, con la misión clara de llevar a Indonesia al mayor escaparate del fútbol mundial.
Indonesia se encuentra en la recta final de la tercera ronda de la clasificación asiática para el Mundial de 2026. Y aunque ya no tiene opciones matemáticas de alcanzar uno de los dos primeros puestos (que otorgan un billete directo al Mundial), su última victoria ante China le ha asegurado un puesto en la siguiente fase clasificatoria. Una gesta histórica para una selección que, hasta hace poco, se movía en los márgenes del fútbol internacional.
Con la fase de clasificación ya terminada, la ‘Garuda’ ocupa la cuarta posición del grupo con 12 puntos, por detrás de Japón, Australia y Arabia Saudí. Ya ha garantizado su clasificación para la cuarta ronda.
Kluivert como míster y Jordi Cruyff como asesor técnico. Una terna tejida desde el vínculo colonial que aún pervive entre el archipiélago y Países Bajos, con la misión de llevar a Indonesia al mayor escaparate del fútbol
Esa fase consistirá en dos grupos de tres selecciones, formados por los terceros y cuartos clasificados de cada grupo. Allí, solo los primeros de cada mini grupo obtendrán el billete directo al Mundial de 2026. Por su parte, los segundos deberán superar una eliminatoria a ida y vuelta entre ellos, y el vencedor se enfrentará en un repechaje intercontinental por el último boleto mundialista.
El camino, por tanto, sigue siendo largo y difícil, pero Indonesia ha dado un paso de gigante. Ya no depende de milagros ni de terceros. Está dentro de la pelea, con un proyecto sólido, un cuerpo técnico de renombre y una afición con la ambición de codearse entre los colosos del fútbol. El país de las 17.000 islas ya no observa el Mundial como un espectador lejano, sino como un aspirante legítimo. El vuelo de la ‘Garuda’ ha despegado.
El plan indonesio no se limita a contratar entrenadores, coordinadores y asesores. Hay una estrategia nacional. Desde hace meses, la federación de fútbol del país, la Football Association of Indonesia (PSSI), ha lanzado un proceso de modernización profundo con varias líneas de acción: reclutar jugadores indonesios nacidos o formados en Europa, como Emil Audero, Dean James o Ole Romeny; impulsar a jóvenes talentos como Marselino Ferdinan; e invertir para mejorar infraestructuras y crear campos en escuelas mediante el “proyecto FIFA Arena”.
El fútbol, en Indonesia, está dejando de ser solo un entretenimiento para convertirse en política de Estado. El gobierno ha aprobado presupuestos específicos, y figuras como Erick Thohir (presidente de la PSSI y exdueño del Inter de Milán) lideran esta transformación.
Su victoria ante China le ha asegurado un puesto en la siguiente fase clasificatoria del Mundial. Una gesta histórica para una selección que, hasta hace poco, se movía en los márgenes del fútbol internacional
En Java, donde vive el 60 % de la población del país, los campos de fútbol conviven con las alertas por el hundimiento del terreno. Las costas, como las de Demak, se defienden de la subida del nivel del mar con millones de manglares, mientras en el interior miles de jóvenes entrenan soñando con vestir la roja indonesa.
El país ha sufrido dictaduras, desastres naturales, atentados y crisis económicas. Pero también ha mostrado una capacidad de resistencia admirable. El fútbol, en este contexto, se convierte en algo más. Es una metáfora de lo que Indonesia quiere ser. Una nación unida, moderna y reconocida en el mundo.
En 2026, Estados Unidos acogerá la Copa del Mundo más extensa y abierta de la historia, y la ‘Garuda’ quiere estar allí. No como una rareza exótica, sino como un símbolo de progreso. Y quizás, como la gran historia que el fútbol nos debe, la del vuelo de un país entero hacia el destino que siempre soñó.
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