Tomó la selección argentina como entrenador interino por dos partidos en 2018 con el único antecedente de haber dirigido a un grupo de chicos en Mallorca para validar su título y de ser colaborador de Jorge Sampaoli durante dos años y terminó construyendo el ciclo más imponente en la historia de la ‘albiceleste’. Alcanzó lo que ninguno de sus ilustres antecesores campeones del mundo (César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo) habían logrado: además del Mundial, comandó la conquista de dos Copas América y el invicto más largo (36 partidos) desde que la selección compite como tal. No sólo se trata de números fríos. Los respaldó con un estilo de juego que identifica y enorgullece al hincha argentino. Silbando bajito, con un perfil ultra bajo que le calza perfecto a su personalidad de antihéroe, el “joven inexperto” -tal como lo rotularon- que venía a dar una mano mientras el presidente de la AFA buscaba al candidato ideal para ocupar el cargo hoy es el segundo entrenador con más partidos en la historia de la selección argentina. Acumula 94, se ubica sólo por detrás de Guillermo Stábile, que durante 20 años -entre las décadas de los 40 y los 50- alcanzó los 124 encuentros. Creer o reventar.
¿Cómo lo consiguió? ¿Qué herramientas usó? ¿Cuál es su método para liderar? Intenté develar el misterio formulándole al protagonista la mayor cantidad de preguntas posibles en diez encuentros de casi dos horas y entrevistando a otras 40 personas que tienen que ver con su vida, pensamiento y obra: desde padres, hermanos, esposa, excompañeros y exentrenadores de diferentes etapas de su carrera como futbolista, hasta los seis colaboradores más cercanos que integran la mesa chica de su cuerpo técnico. ¿El resultado? Una biografía oficial de 544 páginas, cerca de un millón de caracteres, editada en septiembre de 2025. Los amigos de Panenka, generosos, me piden que intente explicarlo en 12.000… Haré lo posible.
Con un perfil ultra bajo que le calza perfecto a su personalidad de antihéroe, el “joven inexperto” que venía a dar una mano mientras el presidente de la AFA buscaba al candidato ideal hoy es el segundo entrenador con más partidos en la historia de Argentina
Hay varios rasgos que deben conjugarse para alcanzar semejante éxito. Cada uno le puede dar el peso que considera. En principio, el conocimiento. Los jugadores son bichos y enseguida le sacan la ficha al tipo que se para frente a ellos. Si el entrenador encuentra las virtudes y defectos en tropa propia y ajena y sabe comunicar con sencillez el modo de potenciar y/o anular esas características, el jugador empieza a creerle. A decir: “Este tipo la tiene clara”. Una vez puede pegarle de casualidad, pero cuando se repiten los aciertos en la planificación, dentro de la cadena de imprevistos que ofrece este bendito deporte, se gana el respeto de sus dirigidos.
Scaloni afiló su ojo de entrenador desde muy chico. En Sportivo Matienzo, en Pujato -el pueblo de 3.500 habitantes donde nació, a 40 kilómetros de Rosario-, aprendió a patear una pelota. “A Lionel lo conocí a los siete años, el padre era integrante de la subcomisión de fútbol de Matienzo y yo jugaba en el equipo”, contó Beto Gianfelici. “Leo vivía entre los dirigentes y jugadores, estaba en las reuniones y no se perdía detalle de las prácticas del primer equipo. Tengo muy grabada una anécdota de esa época, en que yo participaba de un campeonato nocturno y fuimos a Serodino, a unos 70 kilómetros, a ver a un jugador. Ese día, además de Chiche, el padre, vino Leo, y nos sentamos detrás de un arco. Habíamos ido a ver a un ‘9’, pero había un wing izquierdo que era una máquina. Leo estaba sentado a mi lado y me decía: ‘Mirá lo que es el wing, mirá lo que es el wing‘. ¡Tenía once años! A mí no me sorprende lo que pasa ahora, no me asombró que convocara a jugadores que en Argentina no se tenían en cuenta. De chiquito ya vivía el fútbol de esa manera”.
Sin el sello de Scaloni no se entiende uno de los periodos más gloriosos de la ‘albiceleste’. Pero, al seleccionador, la tercera estrella no le cambia. Su prioridad siempre será el colectivo
Beto Juárez, entrenador de Scaloni en Matienzo, vio en el futuro técnico a un muchacho con mucha calle, otra cualidad que resulta fundamental para manejar un grupo: “Si lo tengo que catalogar, era un Simeone del equipo. El fútbol tiene muchas materias, y Leo era un chico con mucha picardía, atrevido, divertido tirando a travieso. Le sirvió para el fútbol. Después lo tuve de contra, siendo yo técnico de Atlético [gran rival de Sportivo], y lo sufrí. Se ponía el equipo al hombro. Donde estaba Leo, había un revuelo. Líder de grupo. Por eso está donde está”. El liderazgo es otra virtud fundamental para entender el éxito de este ciclo. Ya le entraremos.
-¿Es verdad que estudiabas a otros equipos desde chico? -le pregunté a Lionel.
-Es verdad, sí. Nunca fui de jugar al fútbol solo porque me gustaba correr y patear la pelota; me apasionaba saber cómo jugaban los demás. En esa época no había muchos videos, no se hablaba de 4-3-3 ni de táctica, pero se decía: ‘el ’11’ juega bien, el ‘7’ tiene movimientos interesantes, el ‘9’ baja, el ‘5’ está siempre entre los centrales’… Esas cosas siempre me gustaron.
-Ya eras técnico desde chiquito, entonces.
-Se puede decir que sí, incluso hice mi primer curso de entrenador siendo jugador, bastante antes de retirarme…
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