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El ‘maktub’ de Raúl

Era sábado, 29 de octubre de 1994. Habían pasado dos semanas desde la conclusión de las Fiestas del Pilar, pero aquella tarde en Zaragoza flotaba un ambiente eléctrico. La ciudad era consciente del equipazo que estaba cuajando Víctor Fernández. Los aficionados aún saboreaban la Copa del Rey levantada unos meses antes y paladeaban cada partido de los Poyet, Esnáider, Higuera y compañía como miembros de una sociedad gastronómica con derecho a banquete semanal. Eso sí, absolutamente nadie soñaba entonces con ganarle un título continental al Arsenal en el último minuto de una prórroga parisina. Ni siquiera Nayim, que alargaba sus entrenamientos ensayando disparos desde el centro del campo sin saber muy bien por qué.

El destino, dirán algunos. Los árabes, como el ceutí Nayim, lo llaman maktub: lo que está escrito. Una visión absolutamente determinista de este teatro que llamamos vida. El ser humano se cree guionista cuando apenas es actor a las órdenes de un libreto que desconoce. Aceptemos por un momento la teoría. Entonces, el maktub de Nayim incluía un balón botando en la medular del Parque de los Príncipes, un David Seaman adelantado, un balón que besaría el cielo de París y se abrazaría con la red desatando el éxtasis gozoso de un millón de aragoneses. Solo que en el otoño de 1994 aún no lo sabía. Exactamente igual que un joven a punto de debutar con el equipo visitante aquella tarde, el Real Madrid. Actores sin libreto, que desconocen la siguiente línea del texto.

Yo fui una de las 37.000 personas que vio en directo el debut de Raúl González Blanco en La Romareda. Yo fui una de las 37.000 personas que contempló las carreras pegajosas de un chaval de apenas 17 años, espigado, de piernas arqueadas e infatigable voluntad. Pensé que era algo inherente a la situación: “está debutando y quiere dejarse el alma”. Fue mi primer error de la noche. 20 años, 6 ligas, 3 Champions, dos Intercontinentales y bastantes millones de euros después, Raúl sigue dejándose el alma en cada partido, en cada balón.

Yo fui una de las 37.000 personas que vio en directo el debut de Raúl González Blanco en La Romareda. Yo fui una de las 37.000 personas que contempló las carreras pegajosas de un chaval de apenas 17 años

Mi segundo fallo de apreciación se produjo tras verle marrar varios uno contra uno ante Andoni Cedrún. No sean duros: me recuerdo como un crío a punto de cumplir los catorce años, con una bufanda del Zaragoza en el cuello y una bolsa de pipas en la mano. Pero hubo quien sí supo intuir la siguiente línea del maktub de Raúl: “Los mezquinos y los que leen los datos del ordenador para medir los méritos de los jugadores dirán que Raúl jugó un partido defectuoso. En realidad, ocurrió todo lo contrario. Desde ayer se sabe que Raúl es un talento máximo, un futbolista lleno de destreza e intuición. Algunas de sus acciones tuvieron el aspecto que distingue a los jugadores diferentes, los que se adelantan un metro y un segundo a la normalidad. Cada una de sus jugadas -un recorte, un regate por detrás, una aparición imprevista en el área, las paredes que tiraba- tuvo el sello de los futbolistas especiales”. 90 minutos le bastaron al maestro Santiago Segurola para descifrar el destino de Raúl al completo. En ese lapso de tiempo, yo sólo comí pipas.

El Madrid perdió aquel partido en La Romareda pero ganó algo mucho más importante: un jugador comprometido, un futbolista intachable, un ídolo para la afición. Una semana más tarde, con su golazo en el Bernabéu frente al Atlético, toda España empezó a vislumbrar lo que el jefe de deportes de El País había predicho. Talento máximo. Destreza. Intuición. Cualidades que distinguirían a Raúl durante 15 años como icono del madridismo. Hasta el 25 de julio de 2010.

Jorge Valdano, Emilio Butragueño y Miguel Pardeza asistieron con el rictus afectado por la trascendencia del momento y la parquedad del homenaje: apenas unos centenares de incondicionales en la mañana tórrida de un lunes de verano. Curiosamente, los tres testigos del adiós habían asistido al bautismo de Raúl en Zaragoza: Valdano, como el entrenador que le ungió con las aguas de Primera División; Butragueño, como estrella a punto de extinguirse en el ocaso del banquillo; y Pardeza, como delantero zaragocista formado en Concha Espina. Caprichosas notas a pie de página que el maktub solo revela al ser releeído con la distancia de los años. Pero en el destino de Raúl aún faltan muchos episodios.

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Aitor Lagunas

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  • Yo fuí otra de las 37.000 personas que acudieron ese día a La Romareda. Tenía 12 recién cumplidos, y pese a la edad y ubicación (por aquel entonces mi localidad estaba en el segundo anillo del fondo Norte, justo encima de los ruidosos Ligallo) sí que comprendí que ese debutante tenía algo especial. No me dió de sí (ni de lejos) el córtex prefrontal como para prever lo que luego llegó a ser, pero desde la perspectiva de un zaragocista acérrimo las sensaciones de peligro de ese día se intuían en las figuras de Laudrup y Raúl . Respecto a su mítico fallo a puerta vacía en los minutos finales, creí achacarlo a cuestiones de presión ambiental y del momento, pero no a una falta de calidad. Desde luego, ese día se nos apareció la Virgen (y Poyet, ¡que partido se cascó el uruguayo!); otra cosa fueros los años subsiguientes donde sufrimos un martirio continuo de "cucharas" y goles varios.

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