Pasaportes

El curioso caso de Thiago Silva

En El curioso caso de Benjamin Button, Daisy Williams, ya en su lecho de muerte, le cuenta a su hija la historia de Monsieur Gateau, un relojero ciego del sur de Nueva Orleans considerado el mejor fabricante de la ciudad. Cuando le encargan el gran reloj de la estación, Gateau se vuelca por completo en la obra, hasta que la guerra irrumpe en su vida trágicamente: su hijo no regresará del frente. En ese preciso instante, el tiempo deja de tener sentido para él y decide que su reloj tampoco lo tendrá, haciendo que sus agujas giren en dirección contraria con el anhelo de que vuelva el tiempo perdido.

Me imagino a Thiago Silva en el papel de Gateau. Un tipo que no se conforma con seguir el paso del tiempo; su objetivo es desafiarlo, hacerlo suyo. A sus 41 años, el brasileño se levanta cada mañana con la energía de un veinteañero y la sonrisilla pícara de un joven que sabe que tiene para elegir. Thiago no ha roto la cadena que ata el reloj a las horas: la ha rediseñado para que el tiempo rinda a su favor, para que la experiencia y la vitalidad convivan en el mismo cuerpo.

En el mes de marzo, el central brasileño cumplió mil partidos en su carrera profesional. Una cifra histórica a la que solo llegan aquellos que hacen dieta keto, llevan las gafas de Marcos Llorente o duermen con tiras nasales para mejorar la respiración.

 

Thiago Silva ha nacido para recordarnos algo muy importante: el tiempo siempre gana, salvo si se cruza con alguien que se niega siempre a perder

 

Estamos ante un futbolista cuya vida parece sacada de una película de Almodóvar, donde la samba de Río se mezcla con los pastéis de Oporto y alcanza su punto más oscuro en su paso por Rusia, cuando una tuberculosis lo tuvo seis meses hospitalizado, a punto de perder todo lo cosechado. A los 21 años le recomendaron dejar la pelota, pero eligió volver a casa, reconstruirse en el Fluminense y empezar de nuevo. No se rindió y convirtió un tropiezo en una carrera digna de contar a sus nietos: memorias en San Siro con el AC Milan, noches de grandeza y amores en París con el PSG, aventuras en Londres con el Chelsea y, finalmente, un regreso al origen que cierra el círculo en el Oporto.

Thiago sale cada día al campo con la certeza de que el tiempo del fútbol le tiene a tiro. La guadaña espera, agazapada, confiando en que el brasileño titubee o dé alguna señal de debilidad. Pero no tiene ni idea de a quién se enfrenta.

Silva tiene una nota en la mesita de noche con aquella frase de Button que dice: “Algunas personas nacen para sentarse junto a ríos, otras tienen oído para la música, algunas nadan, otras saben de botones, otras de Shakespeare, algunas personas bailan. Haz lo que te haga feliz, la vida es demasiado corta para hacer lo contrario”. En este caso, Thiago Silva ha nacido para recordarnos algo muy importante: el tiempo siempre gana, salvo si se cruza con alguien que se niega siempre a perder.

 


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Fotografías de Getty Images.

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Manuel Montero

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Manuel Montero

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