Álex Prada creció en Sevilla, en una casa donde el Betis formaba parte de la rutina familiar. El equipo no ocupaba un lugar central en sus vidas, pero casi. En los días que había partido, el fútbol aparecía de forma casi automática en las conversaciones que el chico tenía con su padre. Ambos compartían la misma afición desde que Álex era pequeño. A veces iban al estadio y otras veían el partido por la televisión. Quizá no hablaban mucho durante los encuentros, pero ahí estaban, unidos por una misma emoción.
Con el paso de los años, se fue construyendo un vínculo muy fuerte entre el padre, el hijo y la entidad. Manuel vivía los partidos del Betis con mucha intensidad. En los momentos decisivos, le costaba incluso mirar la pantalla. “En los últimos minutos quitaba la tele y me decía: no quiero seguir mirando, hijo”, recuerda Álex a Panenka.
La dinámica cambió cuando Álex se mudó a Madrid por motivos laborales. La distancia hizo imposible que la pareja pudiera seguir viviendo los partidos como antes. Aún así, ninguno de los dos quiso perder ese espacio común que el fútbol les había dado durante tantos años. Para Álex, que nunca se ha considerado especialmente futbolero —“no veo muchos partidos, pero el Betis siempre me va”—, aquel vínculo ya pesaba más que el propio deporte.
Antes de cada partido del Betis, Manuel llamaba a Álex por teléfono. No era una llamada para analizar alineaciones ni para comentar la previa. De hecho, apenas hablaban. La idea era simplemente escuchar juntos el himno cuando el estadio empezaba a cantar
La solución apareció de forma sencilla. Antes de cada partido del Betis, Manuel llamaba a Álex por teléfono. No era una llamada para analizar alineaciones ni para comentar la previa del encuentro en cuestión. En muchas ocasiones, de hecho, apenas hablaban. La idea era simplemente escuchar juntos el himno, el sonido de la grada. Manuel llamaba a su hijo justo cuando el estadio empezaba a cantar a capela, orientaba el teléfono hacia la gente durante esos segundos y colgaba antes que el balón echara a rodar. Durante ese breve instante, aunque estuvieran en ciudades distintas, padre e hijo volvían a compartir algo especial.
Con el tiempo, la llamada se convirtió en un ritual fijo. No hacía falta recordarlo, llegaba siempre en el mismo instante, antes de iniciarse un nuevo partido del Betis. El gesto no dependía del resultado ni de la importancia del encuentro. “Había días que ni me acordaba de que jugaba el Betis y, de repente, me sonaba el teléfono”, cuenta Álex. “Entonces sabía que empezaba un nuevo choque”.
Con los años, Álex ha entendido que esa forma de vivir el fútbol escondía algo más profundo. Su padre no tenía relación con la literatura, su vocación, pero era, en cierto modo, un poeta sin versos. Todo lo hacía con una atención y un cariño que Álex reconoce hoy como una forma de poesía cotidiana. “Yo he escrito muchas cosas gracias a él”, explica.
Esa sensibilidad atravesada también era el vínculo que el hombre tenía con el fútbol. Manuel fue entrenador de Álex cuando jugaba de pequeño y este aún recuerda con orgullo los mensajes que daba en los vestuarios. Había sido arquero del Betis hasta juveniles y, ya de adulto, le gustaba llegar pronto al estadio para ver a calentar a los porteros, observar ese ritual mecánico y silencioso.
La historia de esas famosas llamadas se descorchó en un momento muy concreto: cuando el himno del Betis empezó a cantarse a capela. Cuando el estadio se detenía casi por completo y la megafonía desaparecía. Ese instante emocionaba profundamente a Manuel, y por eso decidió compartírselo a su hijo, aunque estuviera a muchos kilómetros de distancia. “Es algo tan personal y tan íntimo que forma parte del amor”, dice Álex.
Más tarde, sin embargo, Manuel enfermó de cáncer. Durante los tres años que duró la enfermedad, la rutina se mantuvo jornada tras jornada. El fútbol no cambió el curso de las cosas, pero siguió marcando un punto fijo al que aferrarse. Álex recuerda especialmente la final de Copa del Rey de 2022, que su padre pudo vivir en directo, ya muy cansado. A la salida del estadio se desorientó y perdió el autobús, pero estaba feliz. Álex lo vivió desde Madrid, con llamadas durante todo el partido.
Manuel falleció en 2025, a los 65 años. Ese podría haber sido el final del ritual que lo unía a su predecesor, pero no lo fue. En el siguiente partido, cuando el himno volvió a sonar, Álex recibió una llamada. Al otro lado estaba Manuel Olmedo, amigo íntimo de su padre. “Creo que hay una autoría compartida entre mi padre y Manuel”, explica. “Mi padre no quiso hacer ningún ritual de despedida, luchó hasta el final”.
Manuel falleció en 2025. Ese podría haber sido el final del ritual que lo unía a su predecesor, pero no lo fue. En el siguiente partido, cuando el himno volvió a sonar, Álex recibió una llamada
Desde entonces, es él quién le llama antes de cada partido, siempre en el mismo momento. El gesto no sustituye una ausencia ni pretende hacerlo, pero continúa, mantiene vivo algo parecido a un legado. “Para mí es un regalo impagable”, dice Álex. “Mi padre no me dejó dinero ni cosas materiales, me dejó regalos intangibles como este”.
El Betis sigue jugando cada fin de semana, hay temporadas mejores y peores, partidos memorables y otros prescindibles. Pero para Álex, todos empiezan igual, con una llamada.
Álex y su padre tuvieron una relación muy estrecha, basada en la convivencia y en una rutina compartida durante muchos años. El Betis fue una parte importante de ese vínculo, no por los resultados, sino porque les permitió compartir tiempo, atención y presencia. La llamada mantiene hoy esa forma de estar juntos.
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