Nos estamos acostumbrando a que las clásicas marcas comerciales estén siendo reemplazadas por la influencia de los países en el fútbol. Hemos pasado de la moda de ver en las camisetas publicidad como la de Dreamcast, SEGA, Nintendo, Xbox, PlayStation a que sean frecuentes los anuncios de Qatar, Azerbaiyán, Malasia, Ruanda o el Chad. Lo que pretenden estas naciones es darse a conocerse y que haya un crecimiento turístico, pero en alguno casos no parece muy ético que gasten sus millones en este tipo de campañas publicitarias. Sobre todo teniendo en cuenta que a algunas de ellas no les sobra precisamente el dinero; tan solo hay que ver en qué condiciones viven sus ciudadanos. Otro punto es si resulta ético que un equipo de fútbol, por mucho dinero que le pongan sobre la mesa, debe aceptar esos millones procedentes de un país al que más le convendría invertir esas cantidades en la educación o salud de sus habitantes. ¿Por qué hemos decidido escribir sobre este asunto? En primer lugar porque es una acción que está de moda por parte de varios países, como hace años lo fue para la industria de los videojuegos, y porque los casos recientes de Ruanda y Chad llaman mucho la atención.
No es muy habitual leer en Twitter a presidentes del gobierno defender los colores de un club o criticar a sus dirigentes y técnicos. Bueno, pues el presidente de Ruanda es precisamente lo que hace. Paul Kagame llegó al poder hace casi dos décadas tras una cruel guerra civil que acabó con la vida de 800.000 personas, desde entonces ha encadenado tres victorias electorales consecutivas. El presidente fue miembro del ejército ganador de aquella cruel guerra, era un excomandante. La primera de las elecciones fue en 2003 y venció con el 93% del apoyo, en su segundas elección elevó el apoyo del pueblo ruandés hasta el 95%. La constitución de Ruanda tan solo permitía dos legislaturas consecutivas, pero Kagame se las ingenió para crear un referéndum y así poder alargar su mandato. En estas terceras elecciones ha vencido con el 98.8% del apoyo popular, casi nada. Aunque no lo parezca sí existe algún político que trata de hacerle oposición, pero no se trata del escenario más ideal para hacerlo. Así pues, habrá Kagame hasta el fin de los días.
Lo curioso del acuerdo es que se ha hecho oficial pocos días después de que Kagame criticara a los dirigentes del Arsenal tras la eliminación en la Europa League, se alivió en Twitter a raíz de que el Atlético pasara a la final. Pocos días después cerraba un trato millonario con los mismos dirigentes a los que había criticado. Además, no se ha cortado en sus opiniones sobre Arsène Wenger, el cual hace unos años le regaló por su cumpleaños un póster firmado. Aquí nos encontramos con un dilema ético. El primer aspecto es lógico, ¿por qué Ruanda no aprovecha esos 30 millones de libras para mejorar su educación, sanidad, etc? Y el segundo, ¿deben los clubes de fútbol aceptar el dinero venga de donde venga? ¿Hasta qué punto es ético que el Arsenal acepte el dinero de un país al que precisamente no le sobra?
Si el caso del Arsenal y Ruanda os ha parecido sorprendente, el del Chad y Metz es para no creérselo. Esto no se trata de una competición de a ver qué país es el más pobre del planeta y de si Ruanda se puede permitir un patrocinio de este calibre, pero lo que resulta evidente es que el Chad firmó un acuerdo con el Metz aún menos ético. Por todos es conocido que el Chad es uno de los países con mayor pobreza del planeta, tan solo le supera la República Centroafricana. Pues bien, en 2016 decidió que le sobraban varios millones y decidió invertirlos en el publicitar su turismo en la camiseta del Metz. Así, como suena. El ministro de deportes llegó a afirmar que se trataba de una campaña para cambiar la percepción negativa que se tiene del país. Es paradójico que los dirigentes del Chad buscaran turistas occidentales cuando desde estos países precisamente les aconsejan que no viajen allí debido a su inseguridad. Un lugar donde en los últimos años los atentados se han incrementado.
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