Pasaportes

Del Piero: el área es mi casa y en mi casa hago lo que quiero

Hubo un momento exacto de nuestras vidas en el que pensábamos que para ser el delantero estrella de un equipo había que ser alto, estar fuerte, tener el mejor peinado del vestuario y llevar esparadrapo en las muñecas. Pues bien: Alessandro Del Piero no cumplía con ninguno de esos requisitos, y sin embargo ahora sabemos que era bastante mejor que los guaperas a los que nos queríamos parecer. Aún no nos habían explicado qué era una contradicción cuando el capitán de la Juventus nos sirvió la primera: un tipo chaparro, con los hombros caídos, las piernas cortas y las facciones ligeramente parecidas a las de tu tío divorciado, pero que aun así marcaba goles todos los domingos y alzaba títulos todos los años. Lo veías trotar por el campo y pensabas: “¿Dónde va ese? ¿A comprar yogures?”. A los dos minutos lo descubrías: iba a joderte el partido. Pequeño pero matón, talento hasta para regalar, se asfaltó él mismo la autopista hacia el éxito. En alguna ocasión admitió que el tacticismo del fútbol italiano le suponía un peso añadido, él que era más de inventarse la acción según se producía. Si tuvo algunos años más grises, fue porque sus entrenadores no estaban acostumbrados a jugar con un Joker en la baraja. Lo probaron de centrocampista, en la mediapunta o caído a una banda. Él lo tenía claro: “Si no es para utilizarme arriba, que no me llamen”. El área era su casa, y en su casa, como cada uno en la suya, se ponía cómodo y hacía lo que quería. Los centrales lo miraban intranquilos, como si hubieran encontrado una araña en el techo del cuarto. En el mismo segundo desaparecía de un sitio y aparecía en otro, cada vez más cerca de la red. Sabía cómo pegarle, además. Con clase y ensañamiento. Y celebraba cada tanto sacando la lengua, como un crío después de cometer una gamberrada. De hecho, repitió en tantísimas ocasiones ese gesto, es decir, hizo feliz a tantísima gente, que alcanzó la condición de mito antes de retirarse. Fue entonces cuando algunos dimos el paso y le pedimos perdón: empezamos dudando de si un delantero podía molar midiendo menos de 1,80 m y acabamos suplicándole que se casara con nosotros.

 


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Fotografía de Getty Images.

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