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Defensores del mundo, habemus papam: Virgil van Dijk

El mundo de los defensas que se dedican al fútbol vive, mediáticamente y a vista de pájaro, un momento de esplendor. Comparado con sus predecesores y entendida la principal y ‘deshonrosa’ misión de evitar el éxtasis del gol, su prestigio corrió una suerte distinta en otros momentos pretéritos, aquellos en los que la permisividad arbitral era mayor, los conceptos tácticos y principios defensivos eran otros y su relación con el balón era testimonial. Los que se ganaban la vida sin haber sido llamados a trascender —como sí lo hicieron Beckenbauer o Figueroa, por citar solo dos ejemplos— estaban mucho más familiarizados con las faltas, los marcajes duros y los tackles expeditivos. No había mayores deseos. Su cercanía con el juego era más limitada y dependía, como todos los cambios que ha sufrido el fútbol, de lo que cambiara el reglamento. Como todos los que nacieron en los años 90, los defensores tuvieron que oficiar de otra forma porque se comenzó a jugar de otra forma y se comenzó a arbitrar de otra forma. El resultado de esa travesía conversacional entre las reglas, el juego y sus protagonistas ha tenido en Virgil van Dijk a uno de los más especiales de todos los defensores habidos en este siglo.

Como en todo viaje, partiremos de un punto y un hecho pasado que también tendrá ejemplos recientes y ejemplos futuros, y no es otro que el del apogeo de un arquetipo relacionado con la superioridad. Muchos de los mejores defensas de la historia lo fueron y lo serán, en esencia, desde una posición de superioridad, no porque sea su única virtud o porque no desarrollen otros instintos, técnicas e interpretaciones de primer nivel, sino porque prevalece en ellos en orden de importancia la exuberancia de su carrocería. Había, hay y habrá un mandato de poder dominante —fuerza, musculatura, velocidad, salto— que los identifica y los ubica en lo más alto de un mapa de dos ejes sobre cualquier otro atributo: esos centrales son defensas porque son superiores; en su esplendor físico son capaces de resolver todas sus acciones por lo más evidente. Dominar los duelos individuales con balón en disputa por fuerza, los espacios por velocidad y las alturas mediante el salto. Es decir, por sus condiciones de base. Así pasaron a la historia Passarella, Pepe, Ramos o Puyol. Se recalca: no se eliminan de otros debates basados en otros talentos, sino que jerárquicamente se ordenan desde esa virtud y después vienen las demás.

Quienes entienden el acto de proteger o prevenir desde esa perspectiva, actúan como si la acción fuese el reto más puro: ser más que el otro sin mayor vacilación, a veces desde el ego, a veces desde la capacidad de apretar la mandíbula para solucionar un problema. Quieren robarte la pelota, contactarte físicamente, ser más veloz que tú, saltar más o anticiparse a tu primer control. Buscan ser mejores en lances del juego donde no disponen del balón. En cierto modo, no es más ni menos que el reverso protagonista del que no ha podido ganar partidos, marcar goles y crear cosas con la pelota, dándose la importancia de impedir de forma protagonista que su equipo pierda. Si eres superior al rival de forma clara vas a hacérselo notar y a solucionar problemas de ese modo la mayoría de las veces.

De entre todos estos perfiles que razonaban defensivamente desde el físico, el juego discriminó a los buenos de los mejores a través de la calidad. Es simple y no tiene misterio. Los defensas que se identificaban como tal a través de la superioridad corrían riesgos: podían quedar eliminados de la jugada, llegar más tarde, quebrarse por un gesto técnico del rival, medir mal las puertas que abrían o ser superados físicamente por alguien más potente, así que, para defender desde la superioridad, debían de llegar en el momento justo y ser técnicamente más limpios. Como en paralelo fueron emergiendo ideas colectivas que obligaron a los zagueros a tomar decisiones y seleccionar sus atributos según el reto que les propusiera la jugada —defensas zonales, inferioridades, pasar a ser último hombre, acompañar la presión grupal, etc—, los mejores defensas del momento van mucho más allá de la defensa por superioridad. Y por eso, ahora sí, es el momento de Virgil van Dijk.

 

El siglo XXI alberga una serie de jugadores que han dado la vuelta a las cosas que entendemos por heredadas. Van Dijk obra y decide desde un punto rupturista y a la vez elemental, y por eso está solo en su propio estante

 

A nivel físico, hemos de decir que Van Dijk es capaz de solucionar muchos problemas; recurre a ello por pura eficacia, así que su comportamiento en situaciones donde es muy superior es igual al de aquellos que ya hemos nombrado. Por alto, sin ir más lejos, Virgil es un defensa que encuentra pocos símiles. Su envergadura, estatura y timing lo hacen muy superior, pero incluso en esas situaciones de clara ventaja material, el neerlandés ejecuta sus labores como alguien del que aprender, que es lo que nos lleva a querer contar cosas sobre él y transmitir por qué cosas como esa lo han situado fuera de los márgenes. En esa suerte, su forma de obrar en los duelos aéreos, metiendo el brazo por delante del oponente antes de saltar, con los pies aún en el suelo, en lugar de meterlo en pleno salto —así sucede en la mayoría de saltos que son falta—, detallan un talento sumamente especial y, en muchos momentos, incluso contraintuitivo y contracultural, como veremos. Van Dijk interpreta el arte y oficio de defender como lo haría un ejército, siendo a veces el teniente de artillería, otras tantas el capitán general y, en las más trascendentes y fascinantes, el estratega de guerra: un emperador que mira cada duelo desde un prisma único.

“Para jugar como pretendo necesito precisión en velocidad, un ataque directo y dos centrales con unos huevos muy grandes. No para que peguen patadas, sino para que no tengan miedo en adelantar líneas, que saquen el equipo lo más lejos posible de nuestro arco (…). Entre la línea de fondo y los volantes no tiene que haber más de diez o quince metros; cuando el equipo ataca también está defendiendo. Necesito centrales valientes que se animen a jugar mano a mano cuando se pierde la pelota. O es Van Dijk o no es ninguno”.

No hay voz más autorizada para comprender el impacto y significado de un jugador sobre el juego que la de su propio entrenador. Ellos los ven de cerca, captan su esencia, orientan su relevancia y sienten el desamparo cuando se ausentan por lesión o sanción. Klopp, uno de los más grandes, pagó 85 millones por un central, hasta ese momento el más caro de la historia —después, Maguire y Gvardiol—, pero dejó una frase, la última del párrafo anterior, que sirve de punto de apoyo para avanzar y entender por qué Van Dijk, en 2017, era él o ninguno y, también, para entender por qué el tiempo ha terminado por confirmar que no solo era él o ninguno para Klopp, sino para la historia moderna de la posición de defensa central.

Antes de colocar a Virgil van Dijk en el sitio merecido, debemos entender una idea simple pero base de su comportamiento: a todos los jugadores les viene el juego heredado. Es por ello que muchas de las ideas que se ven y situaciones que surgen en los partidos se solucionan de forma mecánica, sin cuestionarse. A nosotros los aficionados, también nos viene así. Cuando Cruyff dijo aquella frase sobre Manolo (“si se desmarca tan bien, pues no le marques”) estaba desvelando lo que pasaba por su mente, que es hoy una arquitectura mental compartida desde su legado. El siglo XXI, la era más intelectual según la toma de decisiones como parte de una idea colectiva que ha habido, alberga una serie de jugadores que, de una u otra forma, han dado la vuelta a las cosas que entendemos por heredadas. Van Dijk obra y decide desde un punto rupturista y a la vez elemental, y por eso él está solo en su propio estante: desde apartarse ante un disparo para que el portero vea la trayectoria en lugar de intentar bloquearlo, hasta su extrema relajación y aparente inferioridad en situaciones de máxima urgencia, donde ha registrado su marca como ningún otro defensa lo ha hecho.

 

Como en el ajedrez o en la guerra, el gigante neerlandés utiliza principios dinámicos, llenos de astucia: siempre es mejor conceder, aunque sea la apariencia y la primera ventaja, con tal de ganar en el momento justo en el que el rival se ha dado cuenta de que ya ha perdido

 

A diferencia del marcador clásico o del virtuoso protagonista que defiende midiéndose desde una superioridad concreta, Van Dijk opera desde la falsa iniciativa, que en teoría le corresponde al atacante. Jugando con el tiempo y el espacio, a veces dando más tiempo, a veces más espacio, su gran distinción como defensor es dar forma a un conflicto mental con el enemigo para llevar la iniciativa aunque aparente todo lo contrario. Recuperando las declaraciones de Klopp cabe resaltar que Van Dijk no gestiona cincuenta metros de campo intentando acortar distancias sino que, en muchas situaciones, sacrifica la primera ventaja potencial —defiendo de cara y puedo anticiparme— a cambio de entrar en una disputa interesada. Visualizada la ventaja para el rival —encara a un último defensor que está trotando y con mucho espacio a explotar, un escenario apetecible— este comienza a cargarse de emociones y estímulos. Mientras Virgil ya está decelerando y relajando cuerpo y cerebro, entrega el espacio de la pierna menos hábil. Una cárcel de aire como símbolo del arte de la guerra. Esa total falta de tensión y ausencia de estímulos, como Muhammad Ali entregando el ring y bajando los brazos, asfixia al futbolista contrario, lo deja arrinconado, mientras Van Dijk concede segundos de oro a sus compañeros, quienes recuperan el terreno. La escena, inexorablemente, termina con el delantero claudicando como una vela apagada. 

Como en el ajedrez o en la guerra, el gigante neerlandés utiliza principios dinámicos, llenos de astucia: siempre es mejor conceder, aunque sea la apariencia y la primera ventaja, con tal de ganar en el momento justo en el que el rival se ha dado cuenta de que ya ha perdido. Van Dijk ha ido legando, año tras año, la defensa como un reto intelectual y un principio de negociación, en el que aceptando ciertas ofrendas, consigue colocar el marco de actuación y marcar la agenda informativa, logrando someter a la hora de tomar la primera decisión. En ese conflicto mental nunca prevaleció nadie tantas veces y de tal modo como lo ha hecho este defensor inconmensurable, quien no piensa su cometido como una sucesión de situaciones individualizadas, sino como un control de daños que mezcla la insinuación, el simbolismo, la contraintuición del juego heredado o la relajación, en pos de dominar la mente de las personas. Leyendo su cuerpo, mirando a los ojos, ganando siempre.

En la defensa no hay certezas; no tienes el balón y estás de espaldas a la portería. Necesitas algo más. Puede que el misterio que supone dudar y hacer dudar con tal de crear belleza destruyendo ataques.

Nuestra fe es algo vivo, precisamente porque camina de la mano de la duda. Si solo existiera la certeza y ninguna duda, no habría ningún misterio, y por lo tanto no habría necesidad de la fe. Recemos para que Dios nos conceda a un Papa que dude. ‘Cónclave’ (2024)

 


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Fotografía de portada de Getty Images.

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