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De máquinas y leyendas

La Máquina de River Plate maravillaba al fútbol argentino.

Sobre una rejilla de cinco columnas, cuelga sobre la primera página de la crónica, entre tonos ocres y grisáceos, un cartesiano bloque de palabras con las líneas y los párrafos que anuncian y describen la victoria de River Plate sobre Chacarita Juniors por 6-2. El texto se presenta justificado a ambos lados, con los márgenes limpios y longilíneos, siguiendo así el orden justo y la recogida elegancia de ese musculado epígrafe al que le abre camino sobre el blanco, ahora enmohecido y amarilleado, una afilada Q capitular. A la izquierda, el diseño de esa edición 1196 de El Gráfico ha impuesto una imagen bicolor, de foco difuso, algo desgarrado, en el que aun con todo se adivinan el mostacho tanguero y revoltoso del Charro Moreno, la distraída mirada de Pedernera y la hermosa fealdad de Angelito Labruna. Envueltos los tres en un blusón blanco cruzado por la banda roja de River Plate y elegidos para representar ante los ojos lectores de los argentinos la autoridad de ese equipo.

La fecha de la tapa se detuvo un 12 de junio de 1942, viernes, pero ese partido lo había ganado River el domingo anterior, el día 7. Las páginas de la crónica, al estilo de la publicación, se alimentan más de fotografía, de goles congelados, que de texto. Pero esas líneas son suficientes para otorgarle, desde el título, un entidad fundacional a un grupo de fútbol escultural, armónico y solemne: “Jugó como una maquinita el puntero”. Y así, para siempre, se prendió la mecha que popularizaría La Máquina como un equipo transformador de un juego al que aspiraba todo un país y del que nunca se querría ya desligar. También como un equipo envuelto de una capa mítica, tan argentinamente hiperbólica que se agarró a la historia del fútbol porteño con una formidable fuerza icónica: cuando se habla de La Máquina, no se habla de un modo artístico de jugar, sino de todo un tiempo y una época. Un sorbo de nostalgia y romanticismo.

Aquella mecha la encendió Ricardo Lorenzo ‘Borocotó’, la pluma más emblemática de El Gráfico. Pero, como sucede con casi todo en el relato de La Máquina, ni siquiera ese mote posee una única autoría. Borocotó lo toma de la grada, según el arranque de su nota: “¿Qué te pareció la máquina?- nos dijo el hincha Regard una vez finalizado el partido entre Chacarita Juniors y River Plate. Se refería al rendimiento del equipo puntero del campeonato. La calificación de máquina era la más acertada”. Algo después, se distinguen los trazos de un primer intento de explicar la impronta especial de ese conjunto. “El tiempo, el buen entrenamiento, la moral que posee el equipo y el valor individual de sus componentes, todo ha contribuido para que River en los actuales momentos dé la sensación de ser una máquina”, examina Borocotó. Esa sincronizada perfección le había ganado ya a River Plate la Primera División de 1941, y le ganaría la de ese año 1942 y la de 1945, con dos subcampeonatos entre medias. La apoteosis de La Máquina.

Ya en 1938, se le había bautizado así en El Gráfico número 996, después de los títulos de 1936 y 1937 con la versión protohistórica que reunió en la línea ofensiva a unos jóvenes Pedernera y Moreno con Peucelle, Vaschetto y Bernabé Ferreyra. El periodista Alfredo Enrique Rossi ‘Chantecler’ había subtitulado un mal partido de River con “La Máquina de jugar al fútbol está fuera de punto”. La propuesta de apodo no prosperó. Hasta que, en 1941, se definió la versión original con la conjunción de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Deambrosi. Ese escuadrón lideró el 19 de octubre, en la penúltima jornada, a las puertas del título, la goleada por 5-1 a Boca Juniors, el adversario que se comenzaba a definir entonces como el rival de rivales. El Gráfico dedicó 14 páginas al partido, pero el alias portó la firma de José Gabriel López Buisán en su crónica en Crítica: “… se parecieron una maquinita”. Meses después, llegaría la crónica de Borocotó.

Naturaleza histórica

Aún hoy perviven los debates sobre el origen de esta obra monumental. La polarizada prensa argentina incluyó La Máquina durante años en su clásico menú de antinomias. Unos, en función del juego de fuerzas periodísticas, le asignaron la paternidad a Carlos Desiderio Peucelle, futbolista crepuscular en el River Plate de 1941 y que alternaba ese papel con el de director de la cantera y voz autorizada del vestuario. Otros señalan al entrenador, a Renato Cesarini. Alguna vez se postuló como “hacedor”, aunque nunca negó la influencia de Peucelle en la gestación. Casi nadie reconoce, en cambio, aportaciones al húngaro Imre Hirschl, pero suyo fue el sello danubiano del equipo, reflejado en su carácter táctico y colectivo, automatizado con pases, libertades posicionales, fluidez… También potenció la creación del centrojás, el ‘5’ argentino, acentuando las funciones creativas del mediocentro (Minella, Rodolfi, Rossi…) en lugar de las defensivas al estilo británico. Hirschl fue un personaje descatalogado del discurso oficialista sobre La Máquina, posiblemente por su enigmático carácter, pero también por el intento argentino de resaltar la raíz criolla de ese juego.

 

La Máquina fue un equipo envuelto de una capa mítica, tan argentinamente hiperbólica que se agarró a la historia del fútbol porteño con una formidable fuerza icónica

 

En realidad, La Máquina surgió por su naturaleza holística. No hubo un factor ni dos. Ni tan siquiera puede explicarse con razones internas. Hubiera sido, por ejemplo, irrealizable en otro momento y en otro país. Durante finales de los años 30 y la primera mitad de los 40, Argentina vivió su década mágica. El prestigio y el talento saturaban las canchas. El Independiente de Erico, De la Mata y Sastre. Aquel San Lorenzo que revolucionaría el fútbol español con Pontoni y Martino. El Racing del Chueco García, el Huracán de Norberto Méndez y, por supuesto, Boca Juniors, un batallón al que solo el trueno de River Plate empequeñeció: Lazzatti, Lucho Sosa, Mario Boyé… La selección argentina ganaría entre 1941 y 1947 cuatro de las cinco Copas América que se celebraron. La Máquina fue también una consecuencia de esa exigencia, de los potentes rivales contra los que compitió. La punta de ese iceberg de distinción y encanto que se acabaría definiendo como el patrón de referencia de un modo de acercarse al fútbol, jugarlo, sentirlo y vivirlo. Durante los años posteriores, el recuerdo de La Máquina y su década se fijaría como canon del “fútbol bien jugado”.

Pedernera y la teoría de las duplas

“En esta tierra, cada día nace un crack”, se decía. El país había revertido el destino emigrante que marcó su efusivo fútbol de los primeros años 30, sobre todo, en dirección a Italia. La Segunda Guerra Mundial frenó ese tránsito que lo descapitalizaba. Antes de la contienda, Argentina exportaba grano, carne y futbolistas. Pero el conflicto trajo cambios. La política de neutralidad disparó los índices de industrialización. Las transacciones internacionales en este sector crecieron un 20%. Argentina mutó así de una fisonomía social agraria a un país expansivo, con un creciente sustrato obrero. Las canchas cobraron más vida que nunca y los amagos democráticos previos al desembarco de Perón comenzaron a latir. Argentina giraba hacia la izquierda en una época de optimismo y relativa prosperidad. Además, en River se levanta el estadio Monumental y se constituye como un club social, con una estructura polideportiva.

Todo este marco debe incorporarse al lienzo de La Máquina. Forma parte de esas “circunstancias que la produjeron”, un circunloquio a menudo empleado por el periodista Dante Panzeri cuando debía explicar sus orígenes. River ganó el torneo de 1941 con muchas dificultades. No encontraba su forma ni su fondo. Durante mucho tiempo, los dos futbolistas de mayores facultades técnicas y creativas del equipo, el Charro Moreno y Adolfo Pedernera, compartieron el ala izquierda de la delantera de cinco hombres, en formación WM, que afilaba a River Plate. El juego entre ambos resplandecía, pero el equipo no terminaba de rodar, atrancado en el fútbol de pases cortos “de ambos superdotados”. Pedernera casi siempre aparecía como extremo izquierdo, pero le faltaba velocidad. Peucelle, cerebro en la sombra, sugería a Cesarini que trasladara a Adolfo al eje del ataque, en lugar de D’Alessandro, un delantero centro de modales clásicos a quien el entrenador prefería por su mayor incisión en el área y desenvoltura en el remate. Defendía Peucelle que la calidad asociativa de Pedernera y su capacidad para caer a zonas intermedias dispararía la armonía y la fluidez: “Con D’Alessandro debían jugar todos para él, mientras que con Pedernera, todos jugarían para todos”. Hasta que en la décima jornada de la primera vuelta contra Independiente en 1941, Cesarini tomó el consejo de Peucelle y puso a Adolfo en el eje. River Plate ganó 2-1 con un gol suyo, pero la solución no tuvo continuidad. Pedernera pasó media temporada desnortado, desfilando por las otras cuatro posiciones del ataque. Justo una vuelta después, de nuevo contra Independiente, lo devolvieron al centro: River ganó 4-0 con tres goles suyos y Cesarini nunca más se atrevió a sacarlo de ahí. Pedernera tuvo un efecto multiplicador sobre los demás jugadores. Desde su posición de falso delantero centro, se retraía, mezclando con Moreno, armando el juego con el mediocentro Rodolfi, arrastrando a menudo a su marcador y abriendo así un espacio ideal para que el cañón de Labruna reventara el área [Sale el sol, sale la luna, centro de Muñoz y gol de Labruna].

Labruna fue el más letal y querido, Loustau sería el mayor luchador, Muñoz ejercería como el principal gambeteador, Moreno jugaba como nadie, era el mejor… Pero el más importante de todos fue Pedernera. Representó la piedra filosofal desde su nueva posición. Todo encajó. Todas las relaciones en el campo se iluminaron. Por ejemplo, Pedernera apenas se entendía en la vida con Labruna, fruto de la disparidad de personalidades, pero en la cancha compartían corazón y arterias. En Fútbol Todotiempo, la biografía sentimental de Peucelle y La Máquina, se desarrolla un diálogo sobre ese opus magnum:

-Don Carlos, leí que a La Máquina la hizo usted.
-¡Yo no hice nada! Lo hizo doña Rosa.
-¿Quién?
-Doña Rosa Pedernera, la madre de Pedernera.
-Sí, pero usted…
-¡Nooooooo! Son todos ustedes unos mentirosos.
-Pero Adolfo dice que…
-¡Nada, nada! Yo no hice nada y no hay nadie que lo pueda hacer. Son cosas que se dan por muchos. Y se dan, se presentan, no se preparan.

Peucelle ponía la simiente de aquel equipo en el embarazo y parto de Pedernera. Una alegoría de lo que él consideraba el cofre de los secretos del juego: el futbolista. De aquí parte una de las explicaciones de por qué La Máquina reordenó sus engranajes con el cambio de posición de Adolfo: la teoría de las duplas. “Los equipos siempre nacen cuando se ubican distintas duplas. Nosotros dispusimos de varias de esas sociedades y las piezas se fueron acomodando solas. Así surgieron los movimientos, quizá impensados para esa época: entrar y salir, el cuadrado en el medio, la sorpresa, la ocupación de los espacios… Logramos un entendimiento total. Parecía que jugáramos de memoria”, contaba Pedernera. A ese estilo, Peucelle lo llamó “fútbol todotiempo o todocancha”: subir, bajar, entrar, salir, tocar y devolver, en definitiva, incluir a más futbolistas en la jugada. Un sistema de relaciones soportado sobre dos vigas: el pase como instrumento de desequilibrio y la rotación posicional en torno a la figura de Pedernera. Este régimen de relevos en el ataque hacía que muchas veces no se identificara desde las tribunas con claridad al autor de los goles.

A La Máquina le colgaron además otro sobrenombre: ‘Los Caballeros de la Angustia’. Su posesión engolada y retórica provocó que sus victorias no describieran grandes goleadas, introduciendo, generalmente, el suspense en los partidos. Una danza parsimoniosa que también tiene su leyenda: se dice que los jugadores de River ejercían ese ritmo fatigoso para desesperar a la dirigencia, comprometida a pagarles 400 pesos por victoria, pero que muchas veces incumplía. Peucelle, no obstante, tenía una razón: “La pelota debe retroceder algunas veces para poder avanzar más profundamente”. La velocidad del juego fue también foco de discusión. Pedernera afirmaba que debían combinarse tres jugadas cortas con una larga; mientras que Peucelle apostaba por dos cortas y una larga. Esta vez, ganó la postura de Adolfo y así jugaron: lento y reposado.

Dentro del reloj de La Máquina, Pedernera funcionó como su computadora, mientras el acoplamiento del resto de la tornillería no obedeció a un mecanismo espontáneo porque fue una consecuencia genética. La cantera de River Plate era la mejor del país. Desde 1931, toda la estructura jugaba igual. El hombre clave fue Félix Roldán, un kiosquero con alma de visionario que había descubierto a Peucelle, con quien llegó de la mano al club para encargarse de la dirección de sus etapas formativas. Por eso, La Máquina jugaba de memoria. Del equipo campeón de 1941, siete crecieron en su semillero: Vaghi, Yácono, Ramos, Moreno, Labruna, Pedernera y Deambrosi. Al año siguiente, se añadieron Muñoz y Loustau.

Un apodo, una identidad

La Máquina original, la relatada por Borocotó tras aquella victoria contra Chacarita en 1942, la configuraron cinco futbolistas florecidos en River, con Deambrosi como wing izquierdo. La versión canónica, en cambio, incluyó a Loustau en ese flanco: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau jugarían juntos por primera vez el 28 de junio de 1942, contra Platense, tres semanas después de la crónica fundacional en El Gráfico. Muñoz era el extremo derecho, un regateador indomable y un centrador geométrico. Moreno jugaba como nadie, su poderoso físico le impulsaba por todo el campo. También proyectaba un carisma arrebatador, fruto de su vida despreocupada y rebelde. Pedernera representaba al delantero que distribuía. El más completo de todos, también de impulsos alegres y noctámbulos. Labruna era el goleador, intuitivo e intimidante. Un ídolo en River. Y Loustau fue el más sacrificado, un “extremo ventilador”, dedicado en defensa y veloz en ataque.

Este pentágono divino descubre en toda su dimensión el carácter mítico de La Máquina: fue la composición más célebre y deslumbrante de la delantera, pero la que menos jugó. Solo compartieron juntos 18 partidos en el ciclo 1941-1946. Este dato refuerza el componente mágico de La Máquina. En cierto modo, el fútbol argentino necesitaba de una leyenda así para que el proceso de configuración de su identidad nacional cobrara un sentido histórico. El periodismo y El Gráfico determinaron ese camino con la enunciación de ‘La Nuestra’ como esencia y creencia definidora del fútbol criollo: el pase, la gambeta, la finta, la picardía… Los valores del potrero, del juego sacado de la propia tierra baldía, y del pibe, el niño despojado que sueña con el fútbol y nunca abandona, ni siquiera en la cancha, esa infancia perpetua. Fue precisamente Borocotó quien promovió ese movimiento iniciático y defendió esa cultura del potrero y los pibes. En cierto modo, ‘se inventó’ un nuevo modo de jugar.

La fórmula empleada fue la contraposición del ‘criollismo’ con el mecanizado y previsible juego inglés. “El football rioplatense no sacrifica enteramente la acción personal, es menos monocorde, disciplinado y metódico que el británico. Y utiliza más el dribbling, un fútbol más ágil y vistoso”, redactó Borocotó en 1928. La palanca de esa operación fue El Gráfico. La revista había nacido en 1919 como una publicación gráfica de la editorial Atántida enfocada al público masculino. Abarcaba una temática multidisciplinar, aunque ya a finales de los años 20, década en la que se vendían más de 200.000 ejemplares todas las semanas, había consumado su especialización deportiva. Como divulgó el antropólogo Eduardo Archetti, “su autoridad e influencia estuvo relacionada con la capacidad de sus periodistas de escribir y crear una visión mítica, casi ahistórica, del fútbol argentino”. Puede decirse así que, prácticamente, a ‘La Nuestra’ la crean antes de que se juegue. Fue un estilo más narrado que jugado, que tuvo mucho de imposición ideológica y voluntad mitificadora.

 

Su posesión engolada y retórica provocó que sus victorias no describieran grandes goleadas. Una danza parsimoniosa que también tiene su leyenda

 

Borocotó y los otros chicos de El Gráfico no solo construyeron esa identidad futbolística. También contribuyeron a la asimilación nacional de Argentina. Era un país joven, con pocas singularidades y una inmigración masiva, y ‘La Nuestra’ removió esos cimientos sociales, asentando la criollización de italianos o españoles. Su importancia, como afirma el profesor Eduardo Freddi, no estuvo en su contenido, sino en su sustancia: “Es más que una estética de juego. Es una forma de afianzar la pertenencia a un lugar. Es un documento de identidad”. Para Borocotó, ‘La Nuestra’ “derivaba de la naturaleza”. Por eso combatió las virtudes británicas: el método, lo colectivo, lo repetitivo, la disciplina… Borocotó se armó, en sentido despectivo, de la metáfora “máquina”: lo británico era industrial y opuesto a la creatividad personal, lo criollo aludía a un estado preindustrial, según Archetti, en el que la gambeta actuaba como “expresión de ingenio individual” y el pase como “medida de talento”. Un fútbol inquieto, impensado, tocado como la música. Y justo en este punto, aflora la paradoja de Borocotó: la popularización de River Plate y su crónica de 1942 añadieron la idea de máquina a la de orquesta, tal y como expuso Archetti: “La belleza podía ser sincronizada y no espontánea”. ‘La Nuestra’ quedaba así reformulada.

La Máquina de River había estado dos décadas en el imaginario argentino, pero aún no se había revelado con rotundidad. La gira europea de Boca, los subcampeonatos olímpico y mundial de 1928 y 1939, o los primeros héroes como Piendibene no terminaban de ser suficiente. Argentina tenía el idioma pero no la escritura: La Máquina fue esa fiel representación colectiva de cómo debió y debía jugarse por los siglos de los siglos… Un imaginario que terminaría cruzando el Atlántico unos años después, cuando en Europa vieron a Di Stéfano y dijeron: “Si este no jugaba en La Máquina, cómo serían los demás”.

 


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