PUBLICIDAD

Realeza de Pelé

El dramaturgo Nelson Rodrigues fue el primero en asociar la figura del crack del Santos a la realeza. Aquí el primer testimonio escrito, que publicamos también en nuestro nuevo número

Pelé

El célebre Nelson Rodrigues puso en marzo de 1958 la semilla de un apodo legendario: ‘O Rei’


Extracto de A la sombra de las botas inmortales (Días Contados, 2023). Traducción de Juanjo Berdullas

 

Consigue el número aquí

 

Después del partido América-Santos [jugado el 25.02.1958 en el Maracaná, con ocasión del Torneo Rio-São Paulo. Fue la primera crónica de Nelson Rodrigues sobre Pelé, donde se le bautizó como ‘Rey’], sería un crimen no convertir a Pelé en mi personaje de la semana. Gran figura, a quien mi compañero Albert Laurence llama el «Domingos da Guia del ataque». Examino la ficha de Pelé y me llevo un susto: ¡Diecisiete años! Hay ciertas edades que son aberrantes, inverosímiles. Una de ellas, la de Pelé. A mí, con más de cuarenta, me cuesta creer que alguien pueda tener diecisiete años, imposible. Pues bien, mi personaje de la semana, un verdadero chaval, anda por el campo con una autoridad irresistible, indiscutible. Se diría que es un rey, no sé si Lear, el Emperador Jones o un rey etíope. Racialmente perfecto, de su pecho parecen pender mantos invisibles. En resumen, pónganlo en cualquier heredad y su majestad real empequeñecerá a toda la corte a su alrededor.

Lo que nosotros llamamos «realeza» es, por encima de todo, un estado anímico. Y Pelé tiene sobre los demás jugadores una ventaja considerable: la de sentirse rey, de la cabeza a los pies. Cuando coge la pelota y regatea a un adversario, es como quien ahuyenta, quien expulsa a un plebeyo ignorante y piojoso. Y mi personaje tiene tal sensación de superioridad que no se para en ceremonias. Ya le preguntaron: «¿Quién es el mejor media punta del mundo?». Él respondió, con el énfasis de las verdades eternas: «Yo». Insistieron: «¿Quién es el mejor punta del mundo?». Y Pelé espetó: «Yo». En cualquier otro, ese desplante haría sonreír o reír. Pero el fabuloso crack pone en lo que dice una carga tal de convicción que nadie reacciona y todos acaban admitiendo que él es, en realidad, el mejor en todas las posiciones. En la punta, en la media punta, en el centro, siempre es el mismo: el incomparable Pelé.

 

Anda por el campo con una autoridad irresistible, indiscutible. Se diría que es un rey, no sé si Lear, el Emperador Jones o un rey etíope. (…) Pónganlo en cualquier heredad y su majestad real empequeñecerá a toda la corte a su alrededor

 

Fíjense en lo que hizo el otro día, en el ya mentado América-Santos. Anotó, y casi siempre de jugada personal, cuatro goles al Pompéia. Él solito liquidó el partido, liquidó al América y monopolizó el marcador. A mi lado, un aficionado americano, enfermo ya, se retorció: «Si juega así de bien, ni el diablo puede con él». En cierto momento, fue hasta desmoralizante. Todavía en el primer tiempo, recibió el cuero en el medio campo. Otro cualquiera se lo habría quitado de encima. Pelé, no. Miró hacia delante y el camino hasta el gol estaba plagado de adversarios. Pero el hombre decidió hacerlo todo solo. Regateó al primero y al segundo. Llegó ferozmente el tercero al cruce, pero Pelé lo dribló sensacionalmente. En resumen, sin apoyarse en nadie y sin ayuda de nadie, llevó a cabo la destrucción minuciosa y sádica de toda la defensa roja. Hasta que llegó el momento en que no había nadie más a quien regatear. No había defensa. O, dicho de otro modo, la defensa estaba indefensa. Y, entonces, libre en el área enemiga, Pelé pensó que sería demasiado regatear también a Pompéia y anotó de manera genial e inapelable.

Ahora bien, para hacer un gol así no basta sólo con el simple y puro talento futbolístico. Es necesario algo más, esa plenitud de confianza, de certeza, de optimismo, que convierten a Pelé en un crack imbatible. Y acaba intimidando hasta a la propia pelota, que viene a sus pies con una relamida docilidad de cachorrita. Hoy, hasta un inepto sabe que Pelé es imprescindible en la alineación de cualquier equipo. En Suecia, no temblará ante nadie. Va a mirar a los húngaros, los ingleses y los rusos por encima del hombro. No se sentirá inferior a nadie. Y esa actitud viril, e incluso insolente, es la que necesitamos. Sí, amigos, apuesto la cabeza a que Pelé va a considerar a todos nuestros adversarios unos troncos.

 

Es necesario algo más, esa plenitud de confianza, de certeza, de optimismo, que convierten a Pelé en un crack imbatible. Y acaba intimidando hasta a la propia pelota, que viene a sus pies con relamida docilidad

 

¿Por qué perdimos en Suiza contra Hungría? Miren detenidamente la fotografía de uno y otro equipo entrando en el campo. Mientras que los húngaros levantan el rostro, miran con dureza, sacan pecho, nosotros bajamos la cabeza y casi babeamos de humildad. Esa actitud humillada anticipa y confirma por sí sola la derrota. Con Pelé en el equipo, y con otros como él, nadie irá a Suecia con el alma de perro callejero. Serán los otros quienes temblarán ante nosotros.

[08.03.1958]

Ilustración de Max-o-matic