20 Feb 2001: Pablo Cesar Aimar of Valencia shows his talent and skill to leave the defence standing still during the UEFA Champions League Group A match against Manchester United played at Old Trafford, in Manchester, England. The match ended in a 1-1 draw. Mandatory Credit: Alex Livesey /Allsport
Apurando el cierre del mercado invernal, el Valencia anunciaba el 30 de enero de 2001 el fichaje de una de las mayores promesas del fútbol argentino a cambio de 3.500 millones de las antiguas pesetas -21 millones de euros aproximadamente-. Mario Alberto Kempes decía de él que era el toque de creatividad que le faltaba al Valencia cerca del balcón del área. “De los jugadores argentinos es el que más me gusta”, indicaba Diego Armando Maradona. Y Enzo Francescoli destacaba su capacidad para ir “un segundo por delante” en el juego; lo veía “un jugador diferente”. Entonces, avalado por tres leyendas del fútbol sudamericano en su llegada a la capital del Turia, a Pablo Aimar solo le quedaba saltar al césped y demostrar con sus pies todo aquello que salía de la boca de esos tres genios.
El destino quiso que la primera oportunidad de ver a Pablo Aimar ataviado con la camiseta del Valencia fuera un 14 de febrero de 2001, en la tercera jornada de la segunda fase de grupos de la Champions League -en aquella época se disputaban dos fases de grupos antes de acceder directamente a cuartos de final-. El rival en ese duelo era el Manchester United de Alex Ferguson, uno de los conjuntos más potentes de Europa, y Héctor Cúper sorprendía a la afición al incluir al nuevo fichaje de apenas 21 años entre los once señalados para disputarle la primera plaza del grupo a los Diablos Rojos.
Con el dorsal incorrecto a la espalda y con una camiseta que le quedaba excesivamente ancha, hasta el punto de parecer un crío perdido en una batalla de adultos, Aimar saltaba por primera vez al césped de Mestalla
La anécdota de aquella noche tan especial para el nuevo jugador del Valencia se produjo por un lío con el dorsal de su camiseta. Inscrito con el ’22’ para las competiciones domésticas, en Europa no podía utilizar ese número por haberle sido adjudicado a inicios de la temporada a Líbero Parri, quien marchó al Elche en el mercado invernal. Por culpa de este baile de dorsales hubo una confusión al preparar la equipación del argentino. “Tenía que jugar con la camiseta ’35’, pero me dieron la del número ’22’ por un error en la utillería o en la planilla”, recordaba años después en el diario Levante-EMV. Por suerte, desde la UEFA pasaron por alto el error: “Al final me dejaron jugar con la ’22’, pero el resto de la Champions la jugué con el ’35’”.
Con el dorsal incorrecto a la espalda y con una camiseta que le quedaba excesivamente ancha, hasta el punto de parecer un crío perdido en una batalla de adultos, Aimar saltaba por primera vez al campo junto a sus nuevos compañeros. Aquellos 90 minutos bajo una intensa lluvia invernal serían el preludio de seis cursos llenos de magia en Mestalla.
Pocos minutos necesitó la parroquia valencianista para ver en aquel enclenque mediapunta al chico que necesitaban para volar aún más alto si cabe -llegarían dos Ligas y una Copa de la UEFA a las vitrinas del club-. Sus primeros contactos con el balón ya demostraban que no habían traído a Valencia a un futbolista cualquiera. Pisadita, aguanto y la toco fácil. La juego de cara. Siempre sencillo, sin florituras, pero con unos movimientos armónicos para encandilar a la hinchada ché cada vez que el balón llegaba a sus dominios. Bailaba sobre el césped como si fuera el único de los 22 futbolistas, tanto de los de blanco como de los de rojo, al que el estado de la moqueta no le perjudicaba en su juego.
Pidiéndola, buscándola, apareciendo entre líneas y, sobre todo, disfrutando. Parecía que llevara años vestido de blanquinegro y no apenas unos minutos
Comandando todos los ataques del Valencia junto a un Gaizka Mendieta con quien parecían haber jugado juntos en otra vida, las acciones de mayor peligro surgieron de sus botas. El gol anulado por posición antirreglamentaria de Miguel Ángel Angulo fue tras un envío del argentino. Una jugada de funambulista de Mendieta dentro del área, finalizada con un rechace de la zaga mancuniana, nació de una asociación previa con Aimar. Un estéril disparo lejano de John Carew venía precedido, obviamente, de una asistencia del ‘Payaso’. Y la más clara del encuentro, protagonizada por el Kily González en el segundo tiempo, adivinen, también surgió de los pies de Pablo Aimar. Todo nacía de sus botas, él era el epicentro de cada ataque que lanzaba un Valencia dominador y veloz que, pese a disponer de las ocasiones más claras del encuentro, no supo en ningún momento batir a Fabien Barthez en un partido que si no pasará a la historia por su resultado, un insulso 0-0, al menos sí lo hará por la exhibición de talento que se vio esa noche sobre el césped de Mestalla.
Pidiéndola, buscándola, apareciendo entre líneas y, sobre todo, disfrutando. Parecía que llevara años vestido de blanquinegro y no apenas unos minutos. Hizo de la Champions League, la competición de clubes por excelencia, un partidillo más junto a sus amigos. Los curtidos centrales y mediocentros del todopoderoso Manchester United -Jaap Stam y Wes Brown en la zaga y Paul Scholes y Roy Keane en la medular- mutaban en unos inocentes compañeros de pupitre a los que sortear con una facilidad pasmosa cuando Pablo Aimar les encaraba. Y un estadio a rebosar, con 50.000 almas disfrutando del show, se convirtió en la recreación de un potrero de Río Cuarto tras finalizar el horario escolar. Ese día, precisamente un 14 de febrero, Mestalla quedó loca y eternamente enamorado de otro pibe inmortal.
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La 2005-06 es la primera temporada de Liga que recuerdo seguir. Fue la última en que Aimar jugó en el Valencia. En Logroño, y del Valencia, yo era el raro de la clase, y del curso. Pero hacía ya dos años de que le preguntase a mi padre, cuando escuchaba la radio o veía el fútbol entre semana después de trabajar, que de qué equipo éramos. "¿De qué equipo somos nosotros?" "Del Logroñés, del Logroñés y del Valencia". Y yo a todos lados, cuando me preguntaban "¿De qué equipo eres?", respondía "Del Logroñés y del Valencia"; y siempre me volvían a preguntar "Y entre el Madrid o el Barça, ¿a quién prefieres?", y yo, que los veía igualmente ajenos, respondía cabezón "Yo soy del Logroñés y del Valencia". En el patio, tenía sus ventajas. Cuando jugábamos los partidos del recreo, no tenía que turnarme ni discutir con nadie los nombres del jugador que quería ser. Si me la ponía de portero, yo era Cañizares, lo sabían todos y eso era incontestable. Si era jugador, podía elegir a cualquiera de los otros 10. Unos días era Albelda. Otros Ayala. La mayoría, o Villa o Aimar. Pero en verano del 2006, Aimar se fue al Zaragoza. Con 8 años sin cumplir aún, yo no sabía por qué. Solo sabía que ya no jugaba en el Valencia y que ya no me lo pediría más en los recreos.
Esa temporada siguiente, empecé a ir a Las Gaunas. Las Gaunas tenía algo de mágico, porque allá se va el 5 de enero a ver bajar a los Reyes Magos del helicóptero, y ese estadio se llena como se llenaba el antiguo campo en los noventa. Los domingos de fútbol de ver al Logroñés no se llenaba tanto, que lo sabía yo. No tenía ni idea de fútbol, y si soy sincero, no me acuerdo de a qué equipos vi pasar por allá en aquella primera toma de contacto con el fútbol modesto, ni mucho menos de los resultados. Yo sabía que los nuestros eran los blanquirrojos, con calzón negro, y que no jugábamos tan bien como el Valencia porque al Logroñés se lo veía en Las Gaunas, con frío cuando tocaba, y no en casa por la tele o en el bar. "Porque estamos en 2ª b" decía mi padre. Y yo lo acompañaba a ver algunos partidos. Y cuando no iba al fútbol con él, le preguntaba cómo habíamos quedado. Más por cabezonería que por interés futbolístico, que a mí una vez me dijeron que en casa éramos del Valencia y del Logroñés y yo quería que los dos ganasen. En Logroño se estilaba eso de ser de dos equipos. Los mayores eran más del Logroñés que del otro. Los más pequeños, éramos más del otro equipo, casi todos del Madrid o del Barça, menos unos cuantos raros como yo. Pero eso sí eh, todos muy del Logroñés también, que para eso nos llevaban algún que otro día a Las Gaunas. Y he de ser sincero y reconocer que yo era más del Valencia "que ellos salen en los cromos y están en Primera". "Nosotros también estuvimos en Primera", me decían los mayores, y no sé qué de que "entonces teníamos equipo, pero no teníamos campo. Ahora que tenemos campo, no tenemos equipo". Eso lo decían mucho.
A finales de esa temporada, en junio de 2007, se cumplieron 20 años del ascenso del Logroñés a Primera división. El Valencia, quedó cuarto; y eso era bueno porque íbamos a jugar entre semana al curso siguiente, y solo los mejores equipos jugaban dos veces a la semana, que me lo había dicho a mí mi padre. El Zaragoza de Aimar, y de un tal Milito, que era muy bueno porque marcaba muchos goles, quedó sexto. "¿También van a jugar entre semana?" "También, pero el Valencia es mejor porque van a jugar Champions". Los equipos de la Champions sí que eran buenos, que jugaban en estadios muy grandes y bonitos, y con más luces que Las Gaunas, y con un balón de esos con estrellas, de los que si te lo regalaban por tu cumpleaños tenías que llevarlo a clase para jugar en el recreo, y con tu nombre escrito a boli "para por si acaso".
En Logroño, en todo lugar que tenga alguna (aunque escasa) relación con el fútbol, se respira nostalgia. Nostalgia de épocas pasadas, mejores. La nostalgia balompédica en Logroño se ve, se huele y se escucha. Se ve en bares con un cuadrito detrás de la barra: un escudo con la estrella de 6 puntas: dos triángulos, y con el CDL impreso en negro en el centro del escudo; y la foto de la plantilla del 87 debajo, amarillenta. Huele como a puro viejo y a colonia de señor mayor; y se escucha en el siempre chulesco, con acento riojano "Nosotros también estuvimos en Primera, eh" y en el melancólico y lapidario "Antes teníamos equipo, pero no teníamos campo, ahora que tenemos campo, no tenemos equipo". No olvidamos, y a veces, nos revolvemos demasiado en efemérides pasadas. Efemérides que algunos, como yo, ni hemos vivido.
Así que por el XX aniversario del ascenso a primera se iba a traer a un equipo bueno bueno a jugar contra el Logroñés, y se eligió al Zaragoza. El Zaragoza en el que jugaba Aimar. Un amistoso. Y mi padre, me llevó a verlo. Ese es el primer partido que recuerdo perfectamente, y del primero que guardé la entrada. Aimar en las Gaunas, ojo, que Aimar había jugado en el Valencia. Yo, bufanda blanquirroja, animaba al Logroñés desde la banda, sin separarme del banquillo rival, a ver si salían esos rizos del argentino, joder, que yo quería ver a Aimar, aunque fuera calentar. En ese banquillo estaban todos los titulares del Zaragoza de esa temporada, no sólo Aimar: Milito, César (el portero), y un tal Piqué, que decían en la radio que era muy buen defensa para lo joven que era. Yo por aquel entonces ni lo conocía. Luego fue mejor. Ay, si lo hubiese sabido entonces. Pero yo sólo quería ver a Aimar. El resultado, en verdad, me la pelaba, aunque no ganase el Logroñés, porque total, era un amistoso y "si pierdes un amistoso no pasa nada" decía mi padre.
Quedaron 0-5, favorable a los maños, y los rizos de Aimar ni se movieron del banco. Pero yo quería algo, así que a partir del 4-0, le chillaba hasta al utillero, a ver si alguien me hacía caso en el banquillo zaragocista y conseguía ver a Aimar. Cuando quedaban apenas 5 minutos, alguien se levantó del banquillo "que quieres, chico" algún asistente o alguien del cuerpo técnico del Zaragoza, que era buen equipo, y que me había hecho caso. Y yo, pues le di mi entrada "Que me la firme, Pablo César Aimar, por favor, para Guillermo, si puede, muchas gracias" con muchas pausas se lo dije, si es que estaba acojonado, si es que imagínate que va Aimar y me firma la entrada. No pudo ser, no. No sé si es que me entendió mal o qué coño pasó, que me trajo la entrada, firmada, sí, pero por César, el portero titular entonces del Zaragoza, que era bueno, pero joder, no era Aimar. "Para Guillermo, con cariño, César". La vida me la devolvió cuando en el 2009, el mismo César, fichó por el Valencia. Y de titular, ojo.
Me pareció un premio amargo, que ya me había hecho yo a la idea de ver a Aimar, verás en clase cuándo les diga que no lo he visto, pero bueno, me ha firmado la entrada César. Pero con qué cara les digo que no he visto a Aimar, joder, que putada. El premio no fue ese. Al día siguiente, pum, reportaje en el diario LaRioja con motivo de la celebración de los veinte años del ascenso, a doble página, y cuatro fotografías. Abajo, a la izquierda, en una de ellas, yo. De pie, solo, en la banda, sujetando la bufanda blanquirroja, extendida con las dos manos, leyéndose perfectamente: C.D. LOGROÑÉS. Hostia, no vi a Aimar no, pero había salido en el periódico. Y joder, lo vieron todos los de clase. Y que flipe claro, porque, aunque casi todos fueran del Madrid o del Barça, y algunos pocos prefiriésemos otros equipos, también éramos del Logroñés, que para eso también nos llevaban a Las Gaunas a verlos jugar a veces. Y en eso, estábamos todos de acuerdo.
Guille: ¡Qué delicia de relato! Y el Logroñes y el Valencia habían subido juntos, unos años antes,en 1987, cuando Aimar tenía 7 años y tú no habías nacido, a Primera. Desde entonces siempre hubo buen rollo entre ambos. Ahora, todo indica que pronto pueden reencontrarse en Dios sabe què categoría del futbol español,desde luego sin jugar entre semana.Me presento como aimarista empedernido; lo que le he disfrutado en Valencia, Zaragoza y Lisboa.Por eso, me ha encantado tu relato, y estoy seguro, entre tanto le conocí, de que a él también le habría gustado mucho y hasta te habría pedido la entrada para firmártela.