Todo coleccionista de camisetas que se precie, desde el más nimio hasta el más exótico, debe poseer (ese es el verbo) aquella polémica casaca de Camerún, esa que más parecía de baloncesto que de fútbol. Aquel diseño, todo un desafío a la tradición, puso sobre la mesa el debate de hasta qué punto las marcas que visten a los equipos pueden llegar a interferir en el desarrollo del juego. No en vano, una camiseta sin mangas podía facilitar la movilidad de los jugadores sobre el terreno de juego y ayudarlos, por ejemplo, a rendir mejor en condiciones de altas temperaturas. Lo que para unos era una genialidad, para otros era una falta de respeto a los cánones futbolísticos. Tuvo que aparecer la FIFA, poco amiga de todo lo que huela a renovación, para poner fin a la discusión de forma tajante.
Apelando a la International Football Association Board, los “genios” del máximo organismo del fútbol internacional mataron aquel proyecto de Puma. Pero aquella prohibición, lejos de guardar la casaquilla en el cajón del olvido ayudó -como ocurre con casi todas las prohibiciones- a hacerla subir al púlpito de los imperdibles. El aficionado la recuerda y el coleccionista la persigue.
Todo esto ocurrió con la Copa Africana de Naciones 2002, que se jugó en Malí, como decorado de fondo. La sorpresa que provocó la revolucionaria camiseta fue tan grande que cogió desprevenida a la FIFA. La federación internacional tardó tanto en reaccionar que fue incapaz de evitar que Camerún jugara aquel torneo enseñando completamente los brazos. Unos brazos que, por cierto, alzarían el título africano tras un torneo impecable de los chicos de “Winnie” Schäfer, que vencerían en la final, por penaltis, a Senegal.
Cuando la FIFA despertó, prohibió su uso en el Mundial de Corea y Japón, que debía disputarse ese mismo año. La selección camerunesa tuvo que improvisar y decidió ponerle mangas negras al conjunto. Una elección aberrante en lo estético que tampoco sirvió de cábala: los “leones indomables” quedaron eliminados en la fase de grupos por Alemania e Irlanda, y la sensación africana de aquel campeonato del Mundo acabaron siendo los mismos senegaleses que Camerún había derrotado unos meses antes en aquella final disputada en Bamako.
Puma creyó ver a su “archienemiga”, Adidas, patrocinador oficial de FIFA, detrás de todo y el asunto se tuvo que resolver en los tribunales. La justicia desestimó el pensar del fabricante de los cameruneses. Pero, eso sí, se revocó la sanción deportiva a los “leones”.
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