Pasaportes

Antes de que lleguen los marcianos

Francis Scott Fitzgerald solía repetir que el verdadero talento de un escritor se revelaba en aquellas páginas de su novela en las que no ocurría nada extraordinario. Según él, como narrador, tenía mucho más mérito seducir al lector mientras le explicabas cómo el protagonista exprimía unas naranjas en la cocina de su casa que cuando lo mostrabas huyendo de la policía con el coche y pegando tiros por la ventanilla. “Las buenas historias se escriben solas; las malas hay que escribirlas”. Cualquier liga de fútbol, en algún momento del año, pasa por una de esas fases tediosas y planas en las que incluso es posible oír los zumbidos de las moscas. Mayo todavía queda muy lejos, los partidos decisivos no están marcados en el calendario, y el tiempo avanza con rigurosa lentitud burocrática. Ni siquiera los mejores jugadores han tenido tiempo de confirmar que su talento no es humano. Hay un instante de la temporada en el que la clasificación parece la mesa desordenada de un estudiante de secundaria: los pequeños delante, los grandes detrás. Inevitablemente, piensas que tarde o temprano se impondrá la normalidad. Que la balanza recuperará el equilibrio y la realidad se ajustará a las previsiones. Creer que el Girona ganará la Liga es pensar que una tarde, mientras pones una lavadora, te llamará Tarantino para que protagonices Kill Bill 3. Pero ¿de verdad nadie ha sospechado alguna vez que Tarantino no está muy fino de la cabeza? Cuando las competiciones están lejos de decidirse, no todo son malas noticias: es el momento de soñar. Y en el fútbol, los sueños, por más extravagantes que sean, no son un capricho, son un derecho. Ya nos juegan en contra la historia, la lógica o incluso Dios, como para que encima nosotros también nos pongamos de su parte. “Si los datos no nos acompañan, peor para los datos”, decía el periodista Nelson Rodrigues. Hay que tatuarse esa frase en la frente y salir a la calle como si en cualquier momento pudieran empezar a caer billetes de 50 euros del cielo. Perder el norte. Fliparse mucho. Aunque sea por matar el aburrimiento.


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Marcel Beltran

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