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Juego de pelota y culto al sol

De las pocas luces que había en la víspera de nuestros días, trasnochamos hacia una calurosa mañana dominada por una exposición solar permanente. Esto ya no es cosa de lunáticos, sino de soláticos. Isabel I de Inglaterra y sus contemporáneos, empolvados a base de plomo mezclado con vinagre, albayalde y una pizca de arsénico, hubieran palidecido más allá de su decoloración extrema ante el rostro anaranjado de Donald Trump.

Vaciadas las aulas y las librerías de los clásicos griegos y latinos y llenados los estantes de toda suerte de libros sobre crecimiento personal y autoayuda, Edgar Morin y los filósofos, por desgracia para todos nosotros, habitan en las sombras. Los historiadores amarillean ante todólogos y opinólogos de bolsillo, parque temático y paté de foie, incapaces de combatir el golpe de calor en acalorados debates de sobremesa sobre Hernán Cortés.

Era cuestión de tiempo que les tocara el turno a los dermatólogos. Y así ha sido. Sabíamos, por el documentalista Jesús Sánchez Romeva, que “el balón nace en los ritos de adoración al sol”, pero ¿quién, en su sano juicio, hubiera podido imaginar que el culto al astro luminoso se manifestaría en todo su esplendor cuando una nueva encarnación mesiánica del autoproclamado hijo de Helios decidiera tomar el Carro del Sol?

 

Galeano ya lo dejó bien claro: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”

 

El fútbol, la sociedad, se abrasa, se calcina, se carboniza al paso de estos flamantes faetones. La radiación de la posverdad ya irradia tan fuerte sobre la epidermis de los aficionados del balompié y del público en general que hemos olvidado lo que era ponernos en la cándida piel del otro. Veneramos al Sol Invicto aun sabiendo que está reservado a unos pocos clubs, todo por no aceptar que debemos conformarnos con unos pocos rayos de luz crepuscular entre el pitido inicial y el final del juego de la pelota. El esférico es azaroso y la posesión es caprichosa: Real Racing de Santander y Deportivo de La Coruña viven un nuevo amanecer tras 13 y 8 años sin brillar en la división de oro, mientras que RCD Mallorca y Girona Fútbol Club se pierden en el horizonte de sus aspiraciones tras el ocaso de cinco y cuatro temporadas compitiendo en varias competiciones. La Liga, como la vida, se ha encarecido de tal manera que este año ya ni han valido los 42 puntos. La clase media futbolística no existe, con permiso del Villareal y otros pocos. Y es que Eduardo Galeano ya lo dejó bien claro en El fútbol a sol y sombra: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”

 


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Fotografía de Getty Images.

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Pere Badia Arroyo

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Pere Badia Arroyo

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