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Aleksandr Hleb, el último de la fila

Me quedan vagos recuerdos de aquellos calurosos días. Tan solo algunas fotos antiguas me devuelven a esos tiempos pasados en los que uno era libre sin saberlo. Esos días en que mi única preocupación era la de esperar a que se secara el traje de baño. La nostalgia es bella, que diríamos, y a veces regresa de formas inimaginables. Justo hoy, un cromo me transporta a esa infancia que descansa en mi memoria, esa imagen junto a mi padre pegando estampas de futbolistas a los que ni siquiera había visto jugar. Era verano de 2008 y, de repente, me crucé con su nombre: Aleksandr Hleb. Delgado, rubio y exótico. Como decorado ajeno a lo que sucedía en Barcelona, Hleb fue testigo silencioso del inicio de una época dorada. Como aquel ladrón que busca su fortuna. Como un burro amarrado en la puerta del baile.

Intruso entre estrellas. Quién se lo iba a decir a aquel joven futbolista convertido en una de las grandes promesas de la Europa del Este tras tres temporadas en el Arsenal. Curiosamente, en aquel equipo compartió vestuario con el hoy portero suplente azulgrana Wojciech Szczęsny, que años más tarde le recordaría por su afán a la bebida. Aunque, desde luego, hoy no toca desprestigiar al que hasta hoy ha sido el único futbolista bielorruso en competir en el fútbol español. Aquel futbolista repleto de magia, que brilló en Inglaterra y que se hundió en el mejor equipo de la historia. Un joven consumido por el éxito de una gran generación. Incapaz de ganar a las expectativas y convirtiéndose en un vago recuerdo para una afición que hoy desearía regresar a aquellos tiempos.

 

Delgado, rubio y exótico. Como decorado ajeno a lo que sucedía en Barcelona, Hleb fue testigo silencioso del inicio de una época dorada. Como aquel ladrón que busca su fortuna. Como un burro amarrado en la puerta del baile

 

Lo cierto es que la carrera de Aleksandr Hleb empieza mucho antes. Lo hace en las categorías inferiores del Dinamo de Minsk, donde sus padres le han apuntado a futbol prácticamente por casualidad. A los diecisiete, ya ha fichado por el BATE Borisov, y en el principal club de Bielorrusia dará un salto estratosférico firmando, junto a su hermano Vyacheslav, por el Stuttgart de la Bundesliga. Y aquí dejémonos ya de datos de la Wikipedia para entrar en lo que será el futbolista más prolífico de la historia de su país. Hleb se consolida en el fútbol alemán, liderando el juego ofensivo del equipo y llevándole, en su segunda temporada, al subcampeonato. Allí coincide con uno de los grandes laterales derechos de Alemania, Philipp Lahm. Dos jugadores de edad similar que congeniarán en el equipo y llamarán a la puerta de los grandes clubes europeos.

En el caso de Aleksandr, el Arsenal ‘post-Invencibles’ pagará 15 millones por él. Aquella era una plantilla mezcla de veteranos de un histórico equipo y jóvenes talentos como Cesc Fàbregas, José Antonio Reyes, Alex Song y Robin van Persie. Además, Hleb llega en una temporada especial, la última de los ‘gunners‘ en el mítico estadio de Highbury. Tres años en los que irá a más. Pieza fundamental para Wenger y demostrando un talento y elegancia innatos con el balón en los pies. Incluso capaz de regatear a seis futbolistas en una cabina telefónica. Quizá no destacaban sus cifras goleadoras, pero para ello el Arsenal contaba con atacantes como Rosický y Adebayor. Su salida del club fue demasiado prematura. Un año antes lo hizo Henry. Más tarde lo haría Fàbregas. Hleb fue otro de esos movimientos casi habituales entre Arsenal y Barcelona. Los azulgranas pagaron 18 millones por él.

“Siempre suelo querer lo que no tengo, y ahora que ya no estás aquí, me voy consumiendo”. Hleb, el último de fila. Futbolista de talento, incapaz de brillar en el lugar más reluciente del momento. Bueno, a decir verdad, todavía no lo sabíamos. Era el primer año de Pep Guardiola dirigiendo al Barça, un entrenador novato en la élite y que solo había dirigido al filial en la tercera categoría. No era tarea sencilla reemplazar a Rijkaard, el hombre con el que el Barça le había ganado una Champions precisamente a ese Arsenal al que acaba de aterrizar Hleb en 2005. Pero, tras perder en el debut liguero (1-0 contra el Numancia) y empatar en el segundo encuentro (1-1 contra el Racing), el Barça de Pep echó a volar. Sin Ronaldinho ni Deco, pero con una generación de canteranos que brillaron bajo su sistema. Guardiola despejó las dudas. Lo hizo con contundencia. Y lo demás es historia.

 

“Yo mismo me comporté como un tonto. El colectivo era muy bueno. Lamento no haber aprendido a hablar español”, confesó Hleb años después de su salida del club azulgrana

 

Pero claro, muchos recordamos a ese equipo, y seguramente nos olvidamos del dineral que había pagado el club por Aleksandr Hleb. Los valía. En Londres había demostrado su habilidad y su versatilidad en la zona ofensiva, pero una lesión fue el detonante de su falta de adaptación. Porque, si en pretemporada ya se había podido lucir con un gol, en esa segunda jornada, cuando Pep todavía despertaba dudas, Hleb sufrió una lesión de gravedad ante los cántabros. Cuando el equipo echó a volar, a Aleksandr se le cortaron las alas. “Si eres de los que no tiene, a galeras a remar”, podríamos decir, pero por desgracia nada hizo levantar a Hleb. Ni el título de Champions que completaba el triplete del club. A lo largo de esa temporada, Hleb acabó disputando 36 partidos, aunque solo ocho de ellos como titular. Ni era de Barcelona, ni se murió de calor, pero su impacto fue mínimo, y su salida una temporada después, esperada.

Pero aquellos tiempos en el Arsenal no volvieron jamás. “Donde estabas entonces, cuando tanto te necesité”, se preguntaría… Rechazó una cesión al Inter, que ese año ganaría el triplete, para regresar a su Stuttgart, el equipo que le hizo volar. Recuperó minutos, insuficientes para ganarse un hueco en el consolidado Barça. Tampoco pudo hacerlo ni en el Birmingham ni en el Wolfsburgo. Fueron tres préstamos antes de terminar de mutuo acuerdo su relación con Barcelona. Quizá se murió de calor en la ciudad condal. Quizá no estuvo a la altura de las expectativas. Años más tarde, ya tras una carrera de trotamundos en Rusia, Turquía y de regreso en su Bielorrusia natal, lo reconocería: “Yo mismo me comporté como un tonto. El colectivo era muy bueno. Lamento no haber aprendido a hablar español”, declaró un Hleb con dominio del inglés y el alemán.

Su gambeteo era increíble. Como si tuviera pegamento en el exterior de su bota. Wenger lamentó su salida. En Barcelona, quienes se acuerden lamentarán el gasto de aquel fichaje frustrado. Porque, mientras sus compañeros brillaban, Hleb, confundido en un mar de dudas, echó su talento a perder. ¿Culpable? No. ¿Juguete roto? Tampoco. Simplemente un futbolista. Con más o menos suerte, pero un hombre que en Inglaterra y en Bielorrusia no olvidarán. Tampoco lo haré yo. Porque para mí siempre significará volver a aquellos días de verano. Esos días en que mi única preocupación era la de esperar a que se secara el traje de baño.

 


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Fotografía de Getty Images.

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