En Inglaterra han comprendido, o eso creen, que para alcanzar el éxito no hay mejor fórmula que ser ellos mismos. Ya no quieren engañar a nadie. Se acabó ese intento fallido en busca de un estilo diferente. ¡Que vuelvan las segundas jugadas y los centros al área, por favor! Pero, ¿quién podría devolver a los pross esa identidad digna de otro siglo? Sam Allardyce es ese hombre. El bueno de Allardyce tiene un aspecto más cercano al de un pescador de Polperro (Cornualles), que al de seleccionador nacional. Lo mismo pesca un barbo que le da órdenes a Rooney desde la banda. Deberíamos especificar que Big Sam no era el primer nombre en la lista de la federación inglesa. El anterior candidato era Arsène Wenger. No resulta alarmante que la federación intentara fichar al técnico del Arsenal, lo que es flagrante es que tras el ‘no’ del francés fueran a por el entrenador más antagónico del mercado. Eso denota que el fútbol inglés está perdido, no saben qué es lo que quieren.
“Nos ha ganado un país con más volcanes que jugadores”. Con esta lapidaria frase de Gary Lineker cerró Inglaterra la Eurocopa de Francia. El ex delantero del Leicester y Barcelona, entre otros, criticó que la selección nacional carecía de un estilo. Quizá por eso hayan llamado a Big Sam. Con él sabes perfectamente a qué van a jugar sus equipos, tan solo hay que recordar sus últimas temporadas en el West Ham o el Sunderland. Allardyce nació el 19 de octubre de 1954 en Dudley (West Midlands, Inglaterra), es el menor de tres hermanos e hijo de un sargento de policía. 20 años duró su carrera como futbolista, siendo el Bolton el club donde más tiempo pasó. Era un mediocentro duro, de esos que hoy tanto le gustan. Su carrera como entrenador comenzó de forma curiosa. Militó durante la 91-92 en el Limerick irlandés como jugador-entrenador, y lo hizo campeón de segunda división logrando así el ascenso a primera. Un año después firmó por el Preston North End. Empezó como jugador, pero tras el cese de Les Chapman asumió el rol de técnico. No duró mucho aquella aventura, ya que el club no confió en él debido a su inexperiencia.
No solo prensa y aficionados han criticado el juego del entrenador criado en Dudley. Arséne Wenger dijo que “producía antifútbol” y José Mourinho que “su fútbol es del siglo XIX”. Pero a Allardyce le da igual. Sabe sacar rendimiento a una piedra, y sus métodos le funcionan. Tan solo hay que ver cómo ha sido su última aventura en el Sunderland. Para qué nos vamos a engañar, las plantillas que últimamente tienen los black cats son dignas de Championship. Mantuvieron la categoría de puro milagro, y porque Defoe anotó 15 goles. No solamente se debe valorar cómo se juega, también el rendimiento que un entrenador es capaz de sacar a una plantilla. Allardyce no pudo hacer más con menos. Por eso recibió la llamada de la federación inglesa, para que hiciera de un grupo con talento el milagro de vencer. A estas alturas, Inglaterra no pretende otra cosa: ganar.
50 años han pasado desde el primer y el único título inglés. Cinco décadas de altas pretensiones y mayores golpes de realidad. Ahora da la sensación de que Inglaterra ha tocado fondo, empiezan a reconocer que quizá no sepan ganar. Resulta paradójico que mientras la selección nacional acude a sus orígenes, los clubes busquen el talento fuera de sus fronteras. La temporada en la que coinciden Guardiola, Klopp, Mourinho, Pochettino, Wenger o Conte dirigiendo en la Premier, Allardyce llega a la selección. Todo es un caos. Los clubes hacen el ridículo en Europa con su estilo británico y buscan nuevas vías, mientras que la selección ansía la vieja esencia para sobrevivir. No ha habido un solo entrenador inglés que haya ganado la Premier o la Champions. Big Sam tendrá que luchar contra la historia, contra una liga cada vez más internacional y ante sus detractores. Buena suerte, Sam Allardyce.
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