Pasaportes

10 años de la llegada de André-Pierre Gignac a México

Merano, un pueblo de montaña al norte de Italia, ha construido varios relatos en torno a sí mismo: el refugio epistolar de Franz Kafka, las largas estancias de la emperatriz austriaca Sissi, el paraíso alpino. Pero en clave futbolística significa una sola cosa: el destino por excelencia para combatir el sobrepeso.

Allí acudió, en el verano de 2011, André-Pierre Gignac. Como antes acudieron Zinedine Zidane, Karim Benzema y Yoann Gourcuff.

Sin consultarlo, el cuerpo médico del Olympique Marsella, su entonces club, determinó que había un solo camino para recuperar físicamente a Gignac: integrarlo al famoso programa de adelgazamiento patentado por el francés Henry Chenot, un enfoque que combina “medicina de precisión, sanación tradicional china y hospitalidad de lujo”.

Hace cuatro o cinco años, después de los partidos, al llegar al aeropuerto, iba a comer un kebab o a un McDonald ‘s. Aprendí a tener cuidado, a medir las cosas. Mi estancia en Merano me ayudó mucho”, reconoció en una entrevista con L’Equipe en 2013. Para entonces, pese a una notable evolución en su talla física, seguía siendo víctima de la crueldad de los cánticos interpretados por ultras del París Saint-Germain: “Una Big Mac para Gignac, una Big Mac para Gignac”.

Como descendiente de gitanos andaluces y miembro adoptivo de la comunidad manouche, su infancia itinerante por el sur de Francia, entre ferias y caravanas, sirvió para desarrollar un atributo fundamental en su personalidad: la capacidad de endurecerse. “Pasé grandes momentos cazando ciervos y conejos”, rememoró para la revista So Foot.

 

“Después de los partidos, al llegar al aeropuerto, iba a comer un kebab o a un McDonald ‘s. Aprendí a tener cuidado, a medir las cosas”

 

Sin embargo, su paso por Merano, consagrado al sofisticado programa de Chenot, no fue nada comparado con el punto de quiebre que significó haberse cruzado por primera vez, en 2014, con Marcelo Bielsa en el Vélodrome de Marsella.“Fue el momento en el que tuve un clic, ese señor vino a cambiar todo. Yo pensaba que mi peso era mi fuerte hasta que vino Bielsa y me dijo ‘el año pasado metiste 18 goles pero conmigo, si bajas 5 kilos, vas a meter 25’”, relató.

No es difícil imaginar cómo ocurrió la escena. Bielsa, con esa cadencia severa y pedagógica de profesor antiguo, se acerca al delantero del equipo para decirle, palmeándole la espalda, que “lo conoce de toda la vida” y que su su mejor versión está por venir.

Gignac, un goleador local ya contrastado en el Toulouse, firmó la temporada de su vida en la 2014-15 (marcó 23 goles) bajo el método Bielsa. Por ello, cuando los Tigres de México anunciaron su fichaje al asomarse el verano, no estaban del todo claras las motivaciones que lo llevaron a embarcarse en una exótica aventura al otro lado del Atlántico.

La seducción de Tigres

El arribo de Gignac simbolizó una nueva época para Monterrey. Los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León, el equipo de clase popular de la ciudad, buscaban convertirse en una atracción social y en una dinastía deportiva. Con el mecenazgo de CEMEX, la cementera más grande de Latinoamérica, las fantasías de antaño se volvieron objetivo asequibles.

En diciembre de 2014, la directiva, entonces comandada por el ingeniero Alejandro Rodríguez, dio por casualidad con su perfil a través de un representante en Buenos Aires. En enero comenzaron las gestiones para convencerlo de firmar en verano. El arma de seducción que utilizó Tigres fue una serie de videos en torno a cuatro pilares: Tigres como institución, Monterrey ciudad, las instalaciones de la Universidad Autónoma de Nuevo León y su afición, quizá la más pasional de México. Meses después, con el extinto draft de jugadores en el horizonte, Gignac dio el sí y firmó un miércoles por la mañana, horas antes de que iniciara el mercado de transferencias.

Gignac, internacional con Francia y mundialista en Sudáfrica 2010, eligió el norte de México como destino. Ayudó que su contrato con el Olympique Marsella, el club que seguía con fervor infantil desde sus días en Martigues —una comuna no muy lejana del puerto comercial más próspero del Mediterráneo francés—, había expirado recién.

 

El arma de seducción que utilizó el club fue una serie de videos en torno a cuatro pilares: Tigres como institución, Monterrey ciudad, las instalaciones de la Universidad Autónoma de Nuevo León y su afición, quizá la más pasional de México

 

Diego Calmard, periodista francomexicano y autor del libro Gignac: El Bomboro, argumenta que el origen gitano de Gignac “lo acerca mucho a las culturas latinas”. Como fanático desde niño del Marsella, “el club más latino y caliente de Francia”, le seducían mucho los ambientes de equipos asociados a la clase popular como “Boca Juniors o los propios Tigres”.

Una vez cumplido el sueño de jugar en el Vélodrome, Calamard explica que “él buscaba algo diferente en su carrera. Quería descansar de la presión y la exigencia del Marsella. Tenía ofertas de Rusia, Turquía e Inglaterra, pero cuando surgió lo de México lo vio como algo nuevo. Tigres, por masa social y pasión, correspondía mucho con su perfil”.

Había algo más: la posibilidad de jugar la Copa Libertadores. Con Tigres ya instalado en las semifinales del certamen continental, Gignac se integró a la dinámica del equipo para coronar uno de los mejores ataques organizados que ha visto la historia moderna del futbol mexicano.

Al final, el conjunto regiomontano se quedó a las puertas de la gloria continental tras caer ante River Plate en un estadio Monumental enfebrecido. El rito iniciático de Gignac en Sudamérica exigió una reflexión en torno a la brecha cultural que separa las dos orillas del Atlántico: “La Champions es más de espectadores. La gente va al estadio para ver un espectáculo. La Libertadores es pasión. Es algo increíble. Lo que me tocó en Brasil, lo que me tocó en Argentina, nunca lo voy a vivir jamás”, le dijo a Multimedios.

Un romance a largo plazo

Diego Calmard recuerda que, apenas llegar, uno de los primeros gestos de André-Pierre Gignac en el Aeropuerto Internacional de Monterrey fue hacer la señal en doble “L” de los Libres y Lokos, la barra principal de los Tigres, cuyo nombre está inspirado en el primer álbum de estudio de la banda regiomontana El Gran Silencio.

“El contexto de Tigres estaba hecho para él”, dice Calmard. “Conectó muy bien con la gente: aprendió español, firmó playeras, se tomó fotos, se comprometió con sus declaraciones”.

Y, lo más importante: ganó títulos locales, se convirtió en el máximo goleador de la institución, articuló un relato en torno a Tomás Boy como su antecesor, defendió la contraposición respecto a Monterrey como antagonista regional y abrazó la incipiente rivalidad con América.

México, a diez años de distancia, pasó de ser una aventura exótica a un refugio sentimental para André-Pierre Gignac.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Ricardo López Si

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