Miradas

Y la Roja escapó al mito

Furia. Femenino. Del latín ‘furia’. Ira exaltada. Acceso de demencia. Persona muy irritada y colérica. Violencia y agresividad. Velocidad y vehemencia con la que se ejecuta algo. La suficiente para arrasar y saquear la Amberes del siglo XVI y para regresar en 1920 y dejar huella, esta vez bajo el influjo del espíritu olímpico. “Sabino, a mí el pelotón, que los arrollo”, dijo Belauste, que le pedía el balón a su compañero para tratar de remontarle a los suecos en el tercer partido de los Juegos de Amberes. Y terminaron en la red, él, la pelota y cuantos nórdicos salieron a su paso. Algunos testigos se acordaron de Flandes, del imperio y de las tropas de Felipe II: era una recién nacida y la selección ya tenía su leyenda. Pero sucede con las leyendas que son primas hermanas del estereotipo. Y como un brasileño al que no se le perdona un día gris o un alemán al que se le niega el caos artístico, al jugador español siempre se le pidió sangre caliente. La furia se convirtió en el manual para ganar, pero, sobre todo, en el lenguaje con el que se reescribían los fracasos. Enemigos perversos, heroicidades numantinas, gritos de autoafirmación y hombría. Estanterías llenas de novelas fantásticas en lugar de trofeos. ¿Dónde estaba la furia el 11 de julio de 2010, cuando Iniesta escuchó el silencio allí donde antes estaba el ruido? Seguía en su sitio, empujando desde atrás. Sin embargo, como ya nadie necesitaba que se vendara la cabeza y se metiera con tres neerlandeses dentro la portería, optó por callar y escuchar el toc-toc-toc del cuero, que circulaba a ras de suelo.

Cuenta la leyenda que España fue la primera selección que derrotó a su tópico. Nadie antes lo había logrado. Ni siquiera Alemania, ahora también dada al triángulo, podía huir de su cliché cuadriculado. Solo ‘La Roja’ escapó al mito. Hoy nadie le pide furia, pero se le presupone un valor tan general y universal que asusta: Fútbol. Y es por eso que la estrella de Sudáfrica es también una responsabilidad. Y pesa. Pesa mucho. Más incluso que los 90 kilos de Belauste, el gigante que al fin descansa, tranquilo y orgulloso.

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Redacción

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