El penalti de Djukic nos pellizcó a todos el corazón. Cuando el imperturbable central serbio inspiró y se dirigió a golpear la pelota, muchos la empujamos con él. Ni con esas. José Luis González logró atrapar un lanzamiento que salió mucho más débil de lo necesario y celebró la parada con rabia y un puño en alto. El Deportivo de la Coruña acababa de perder la posibilidad de ganar su primera Liga. Era el 14 de mayo de 1994. El Súper Dépor fue el equipo de toda una generación. Entre los años 1993 y 2002 la escuadra gallega sumó un total de seis títulos: uno de Liga, dos de Copa del Rey y tres de Supercopa. A estos hitos hay que sumar tres subcampeonatos de Liga y algunas actuaciones para el recuerdo conquistando feudos históricos en Liga de Campeones como Old Trafford, el Olímpico de Múnich, San Siro, el Parque de los Príncipes o Highbury. Pasaron también por las filas deportivistas un buen número de jugadores que se convirtieron en referentes. Augusto César Lendoiro apostó por fichajes rutilantes como Bebeto, Mauro Silva, Djalminha, Roy Makaay, Valerón o Rivaldo. Otros, sin embargo, no terminaron de cuajar. La invisibilidad de Manteca Martínez o “una mezcla entre Ronaldo y Rivaldo” (como el mismo se definió) llamada Renaldo por la que se pagaron 350 millones de pesetas y que llegó a apuntar que “Soy como Ronaldo pero con ‘e’ (…) Tengo la misma velocidad, el mismo dribbling y la misma llegada. Ya lo demostré en Brasil”.

Significativo fue también el desembarco de Sebastián Abreu. Su llegada en 1997 llegó envuelta por su gol más famoso. El que nunca marcó. Fue en un choque entre San Lorenzo y River Plate en el que tras deshacerse de prácticamente todos los jugadores del cuadro millonario resbaló cuando estaba frente a la portería y no tenía oposición alguna. La narración argentina de Marcelo Araujo, repetida durante días en el programa El día después de Canal+, le puso en el centro de todas las miradas. A la hora de responder sobre si este fallo le acompañó también a otros países por los que se ha extendido su amplia carrera, el uruguayo nos confiesa que no. “Fue en España y a veces me parece de ignorantes, con todo el respeto. Básicamente fue algo muy popular allí pero no trascendió en los otros países donde he jugado. Me parecía un poco irrespetuoso que se dijera que el Deportivo de la Coruña había pagado diez millones y medio por un jugador que había errado un gol. Era algo incoherente pero con lo que me tocó convivir en aquel momento. Pasado el tiempo ya lo tengo totalmente asimilado”.

Recuerda también el delantero su primera etapa en España (la segunda fue defendiendo los colores de la Real Sociedad en 2008) reconociendo que “en la Coruña fue un paso malo porque llegué completamente inmaduro. Con veinte años no estaba preparado para lo que era el fútbol europeo, aunque no me di cuenta hasta que estuve allí. Eso sirvió para prepararme para lo que vino después. Descubrí que para el fútbol de elite había que sumar muchas más cosas al hacer goles. En definitiva, fue un cachetazo muy duro de realidad pero que me sirvió para aprender y construir un nuevo camino incluyendo una modificación en hábitos de alimentación y entrenamientos. No lo pasé bien pero me ayudó a crecer”.  De cualquier modo, es claro al señalar que “en aquel momento tenía ese anhelo. Ya había debutado en Primera División, estaba en la selección uruguaya y había sido traspasado a un equipo importante de Argentina como San Lorenzo. El siguiente paso era jugar en Europa. Cuando aparece la opción de ir a un equipo como el Súper Dépor era una linda posibilidad. Sin embargo, cuando llegué allí me di cuenta que no estaba preparado y me faltaban un par de años más para llegar de la manera en la que debería haberlo hecho”.

 

“Me parecía un poco irrespetuoso que se dijera que el Deportivo de la Coruña había pagado diez millones y medio por un jugador que había errado un gol”

 

Sin demasiada confianza por parte del técnico, Jabo Irureta, el ariete comenzó a aparecer con un BMW M3 amarillo en los entrenamientos, según recodaba su por aquel entonces compañero Paco Jémez, en una temporada en la que apenas pudo sumar 15 partidos y anotar tres goles. Tras esto, un peregrinar de equipos en forma de cesión (Gremio, UAG, San Lorenzo, Nacional, Cruz Azul) hasta su salida definitiva en 2004. Y es que si algo ha tenido la carrera de Sebastián Abreu son clubes. En un cuarto de siglo como profesional el delantero acumula nada menos que veintiocho conjuntos. De hecho, con su llegada en diciembre de 2017 al Audax Italiano de Chile entró en el Libro Guinness de los récords como el futbolista que había jugado en más escuadras (26). En el año que ha transcurrido desde entonces ha tenido tiempo para sumar otras dos muescas en este particular revólver. Desde su debut, Abreu admite que “el fútbol ha cambiado. Ha sufrido modificaciones en lo conceptual, lo táctico, lo estratégico, la metodología de los entrenamientos y la dinámica del juego. En estos años ha habido variantes, algunas de las cuales han sido positivas. Sin embargo, otras han ido en contra de la esencia principal de este deporte, que es el juego”.  Sin embargo, la carrera profesional del atacante podría haber sido otra bien distinta en caso de que se hubiera decantado por la posibilidad de convertirse en jugador de baloncesto. “Tuve la opción de hacer las dos actividades hasta que llegó el momento de decidirme entre ser profesional de uno u otro deporte. Mi padre, al haber sido futbolista me hizo ver que como proyección de futuro, en Uruguay el fútbol abría más puertas y ofrecería más posibilidades que el baloncesto. Desde el momento en que opté por darle continuidad al fútbol fui entendiendo que era el deporte que amaba y donde veía mi futuro a largo plazo. Y aquí estamos todavía disfrutando. Fue un sabio consejo de mi padre y una excelente decisión personal”, comenta, echando la vista atrás. Obviamente, el contar con un padre futbolista también ha marcado su trayectoria en otros aspectos, según confiesa: “Sinceramente, fue adelantar tiempos de conocimiento. Desde los seis años ya estaba dentro de un vestuario. Pude convivir con todo tipo de experiencias desde niño. Esto también hizo que desde adolescente ya me marcara la competitividad y me planteara ser mejor que mi padre. Desde muy joven, y como delantero centro igual que él, ya quería ser mejor que él. Esto me llevó a que el nombre no me pesara y no tener ninguna mochila. Al contrario, era un desafío constante pues quería superar todo lo que él hizo en su carrera”.

Argentina, España, Brasil, Grecia, México, Chile, Brasil… La dilatada trayectoria de Abreu incluye un buen número países, algo que le ha aportado “sobre todo crecimiento personal. Además he aprendido idiomas, idiosincrasias, estilos de juego y mentalidades futbolísticas. Esto me ha permitido que independientemente de donde llegara pudiera adaptarme rápido. Yo me he adaptado a cada nuevo mundo al que he llegado y no he intentado adaptar mi mundo a ese país. Eso ha sido un punto importantísimo para que rápidamente me aceptaran, valoraran y quisieran. Además, siempre he estado abierto a aprender de todo y de todos, lo que me ha permitido crecer y amoldarme”, según señala.

 

“Del gol a Ghana en la tanda de penaltis a nosotros nos queda marcado el momento en el que Juan Castillo (el portero sulplente) salió a festejar, las piernitas no le respondieron y terminó cayendo”

 

A sus 42 años, con 15 títulos, y después de haber sumado más de 400 goles como profesional, al ariete le cuesta elegir uno momento y colocarlo por encima de otro. “Hay muchos. Me ha tocado vivir momentos sublimes gracias a goles que he marcado. En lo que toca lo sentimental, me quedo con el tanto a Costa Rica en el repechaje para clasificarnos para el Mundial. Fue una clasificación que plantó la bandera para que el proceso se instalara. Haber podido colaborar con este gol en un lugar como el Estadio Centenario con toda nuestra gente fue un momento súper emocionante”, espeta. Y es que la nacional charrúa (con la que ha disputado dos Mundiales y tres Copas América) tiene un sabor especial. Jugar con la selección de Uruguay “es lo máximo. No hay nada mejor: Copas América, Mundiales, Eliminatorias… He estado dieciséis años en la selección y me han tocado momentos feos, buenos y sublimes. He podido entrar en la historia de mi país con la selección con la Copa América de 2011 y eso es una bendición con la que no hay comparación. No es solo el hecho de defender a tu selección, sino saber qué camiseta estás defendiendo y la gloriosa historia que tiene”, recuerda el jugador antes de profundizar en la actuación en el Mundial 2010, donde no dudó en lanzar a lo Panenka el penalti definitivo de la tanda frente a Ghana y que se tradujo en la clasificación para la semifinal. “Hay veces en que surge en base al partido o al momento. En otras puede ser preparado. En el caso mío ya era una premonición de antes del partido, sin saber qué iba a suceder y que finalmente se hizo real. Tuve que tirar el quinto penalti e interpreté que era la manera correcta, seria y responsable de poder hacer el gol. Muchos hablan desde el desconocimiento, pero si algo tengo es compromiso, seriedad y responsabilidad. Interpreto que hay maneras atípicas o fuera de la lógica que terminan siendo positivas para lograr el objetivo que tienes. En este caso, que el balón entrara en la portería y pudiéramos ganar el partido”, analiza el delantero ocho años después de una victoria que provocó incluso el desmayo de algún compañero como el portero suplente Juan Castillo: “Al estar fuera, con toda la tensión, Juan se terminó desvaneciendo. Son de las anécdotas lindas que quedan de ese momento. Al igual que mucha gente te cuenta que estaba haciendo en ese momento del gol, a nosotros nos queda marcado el momento en que Juan salió a festejar, las piernitas no le respondieron y terminó cayendo. Además, todos fueron a festejar y  le dejaron solo hasta que se dieron cuenta que se había desmayado”. ¿El secreto para que un país con menos de tres millones y medio de habitantes sea protagonista habitual del concierto internacional? Para Abreu es sencillo: “Nacemos con el fútbol y convivimos con la esencia y la tradición cultural de ser un país con herencia ganadora. Esto es genético y se transmite de generación a generación. Esto que te comento, la mentalidad de lucha y rebeldía, y un proceso de selección serio, genera una potencia individual que trasladada al colectivo termina siendo muy bien vista por los equipos en el exterior”.

Con un hijo en categoría sub’15 y la posibilidad de ser entrenador en el horizonte, el de Minas desvela que “este tiempo en el que estoy jugando, trato inconscientemente de absorber todo tipo de conocimientos e información para poderlos utilizar el día de mañana. Esa es la idea, pero por el momento y como siempre dice Juanma Lillo, “que el entrenador no le gane al jugador”. Trato de seguir enfocado como futbolista y llevar todo lo que estoy aprendiendo al terreno de juego”, a la vez que añade que “no me quedaría con uno, sino con los entrenadores que están alineados con una misma forma de pensar, aunque cada uno tenga sus matices. Manuel Pellegrini, Juanma Lillo, Simeone, Tabárez, Hugo de León, Miguel Ángel Russo, Carreño, Passarella… son técnicos que tienen una misma manera de sentir el fútbol y plasmarlo. Cada uno tiene su personalidad y sus detalles, y yo he tratado de ir absorbiendo las experiencias vividas directamente con ellos para tenerlas en un archivo. La intención es que en el día de mañana, cuando a mí me toque estar ahí con mi grupo de trabajo, poder estar dentro de estos parámetros” a la pregunta sobre sus técnicos predilectos.

Por último, sobre su sobrenombre de ‘Loco’, Abreu descubre: “Realmente ha sido una discusión eterna que siempre he tenido en España, donde nunca se ha interpretado que se trataba de un apodo artístico y simpático. No tiene que ver para nada con la realidad, sino con cómo uno vive la vida y el fútbol: con alegría y una sonrisa, pero siempre con responsabilidad. Nunca me ha molestado porque mis compañeros saben cual era la realidad. Muchos desde fuera, por falta de conocimiento, utilizan el apodo de la forma en que se les antoja”. El ‘Tsunami del Área’, como el mismo se definía cuando subía a rematar los saques de esquina, apunta que “no cambiaría nada. Las veces en que he tomado decisiones e interpretamos que fueron equivocadas, siempre han sido positivas, porque son decisiones personales. Cuando tomas una decisión personal siempre tienes la tranquilidad de que ha partido de ti. Si es errónea, se abrirá una puerta que te permitirá aprender y estar preparado para la próxima vez. No existe el mundo ideal”. Estirando su longeva carrera profesional en Brasil después de convertir al Río Branco en su vigésimo octavo equipo, el último capítulo de la historia de Sebastián Abreu todavía está por escribirse. Genio y figura.