“Creo que la señora Cifuentes alguna noche ha soñado que iba vestida de Juana de Arco, comandando una tropa de gaviotas y muchachos con flequillazo que avanzaba manu militari por la avenida de la Albufera dispuesta a ilegalizar el Rayo, tapiar las puertas del estadio y prohibir toda iconografía que mentase a La Franja, aunque ello supusiera repintar todos los taxis de Madrid y prohibir la entrada a territorio nacional del Club Atlético River Plate y de la selección de Perú”.
Quique Peinado, en ¡A las armas!.
El Rayo Vallecano es la patria común que todos compartimos. Al menos, todos aquellos a los que la vida nos ha inculcado una innegociable conexión con las ideas de izquierdas y una enfermiza e incurable pasión por el balompié; todos aquellos que defendemos que el fútbol y la política son dos realidades inseparables. Entre los miembros de este humilde grupúsculo, eternamente condenados a la crítica de aquellos que no hacen más que reproducir el vacuo discurso que proclama el establishment, se encuentra Quique Peinado, un periodista que presume de su “sangre franjirroja sin cortar” en ¡A las armas! (Libros del K.O., 2015).
Nieto de un hombre fusilado por las tropas franquistas tras un “juicio infame” en el que se le declaró culpable de “adhesión a la rebelión militar (porque se ve que los que se rebelaron fueron los republicanos)”, Peinado aterrizó en el mundo hace 39 años como fruto de la relación entre un hombre y una mujer que se conocieron gracias al Rayo. Nació en Vallecas; y aquello, parafraseando a Robert Frost, fue lo que lo cambió todo.
Profundamente enamorado de aquellas calles de la República de Vallecas en las que creció, Peinado recuerda que asumió “la ideología como una parte más de lo que me tocaba por ser de donde soy”; asumió, en definitiva, lo que él mismo define como “la santísima trinidad de la vallecanidad“: el Rayo, el boxeo y el ideario de izquierdas. Ciertamente, mientras convivía con la mísera realidad de las bandas y de los yonquis que infestaron el barrio en la década de los 90 (“Los vi hacerse chinos entre los vagones del tren, pincharse en parques y portales, vi jeringuillas ensangrentadas y las aparté para jugar al balón. […] El mayor triunfador que nació en este suelo del sureste de Madrid es Policarpo Díaz Arévalo [‘El Potro de Vallecas’, un boxeador de élite que acabó sumido en la más terrible drogadicción], el hombre que vio a un colega morir y no se paró ni a llorar, el tipo que le robaba las zapatillas a los muertos aún calientes, el triunfador que fue un despojo”); mientras iba contagiándose de las ideas combativas que casi siempre han predominado en la “reserva de la rebeldía” que es Vallecas (“Una prima de mi padre me dijo una vez, cuando era pequeño: ‘Hijo, nosotros somos obreros. Yo he votado toda la vida al PSOE, pero como nos ha vendido, pues ahora a Izquierda Unida. Y si nos venden, pues a otros, pero siempre más a la izquierda'”); Peinado fue alimentando un irreversible amor por el Rayo Vallecano, un equipo verdaderamente atípico que se enorgullece de su identidad, de su carácter salvaje, incansable e indomable y del misticismo que despierta el fútbol de barrio; un club que, al escapar del estereotipo apolítico, de la resignación y de la indiferencia ante la injusticia social, se erige como imprescindible “frente a esa oligarquía hipócrita, cruel, déspota y dispuesta a todo para satisfacer su ambición desmedida” que domina el fútbol moderno, según remarca José Miguel Monzón (‘El Gran Wyoming’) en el prólogo de Futbolistas de izquierdas (2013), un magnífico trabajo en el que Peinado narra las historias de algunos futbolistas que destacaron por su compromiso social e ideológico.
“No sé cómo los niños de hoy en día se hacen de un equipo, pero yo había pisado el césped del estadio de Vallecas y no había mucho más que hablar”
“A partir de cierto punto ya no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar”, afirmaba Franz Kafka. Y la relación de Peinado con el Rayo alcanzó ese punto en “un día soleado de 1989”, cuando se adentró por primera vez en el vetusto Estadio de Vallecas para presenciar un encuentro de La Franja que acabó con una invasión de campo. “No sé cómo los niños de hoy en día se hacen de un equipo, pero yo había pisado el césped del estadio de Vallecas y no había mucho más que hablar”, rememora el periodista justo antes de presumir de que aquel día repudió al Real Madrid, su primer amor en el mundo del fútbol, para entregarse al Rayo, empezando así a cimentar una pasión “tardía” que se fue consagrando con el paso del tiempo. “Vivo mucho más el Rayo ahora que cuando era un chaval. Al contrario que el resto del mundo, mi sinvivir por mi equipo de fútbol es más grande e irracional cuanto mayor me hago. Es como si de pequeño me encantaran las acelgas y ahora solo quisiera macarrones con tomate. Como si de niño supiera nadar y ahora me ahogara”, admite Peinado.
Y, de la misma manera, también es francamente complicado encontrar a alguien de derechas que sea de La Franja de corazón. Porque defender al Rayo Vallecano es inherente a ser alguien de izquierdas a quien le fascina el balompié; porque, aunque su presidente parezca el hermano mayor de Pablo Casado, los reivindicativos (y sufridores) hinchas del equipo siguen bailando a ritmo de Ska-P mientras entonan un revelador “en Vallecas se prepara la Revolución” y se vanaglorian de ser “pobres con orgullo, con cojones como puños”. Orgullosos de resistir, una a una, las estocadas de quienes querrían pervertir su esencia, tan antinatural en medio del feroz sistema capitalista en el que se ha convertido el fútbol de élite moderno, los aficionados de La Franja continúan apostando por un balompié más digno, por un balompié más puro; por continuar utilizando el fútbol como una herramienta para construir un mundo mejor y una sociedad más justa; por no dejar de ser nunca “un glorioso grano en el culo”, una chincheta en el zapato del “extremo centro”. Tal y como se cantaba en las plazas del 15M: “Si ellos no nos dejan soñar, nosotros no les dejaremos dormir”. Y es que, según remarca el autor de ¡A las armas!, “hay quien pretende despojar a los clubes de fútbol de su simbolismo, y mira que se empeña esta posmodernidad arrasadora en dejarnos claro que mejor no creer en nada. Pero mientras servidor siga vivo y La Franja roja me ate el alma como un redondo de ternera, el Rayo Vallecano será símbolo de lucha contra el poder, sea este el que sea”.
Porque La Franja, encabezada por los Bukaneros, responderá a cada declaración fuera de tono de Javier Tebas. Y cada vez que Leo Messi o Cristiano Ronaldo marquen un tanto en el “monumento a lo diferente” que es el viejo Estadio de Vallecas, la realización televisiva tendrá que hacer auténticos milagros para evitar las pancartas reivindicativas que, además de criticar los horarios que amenazan al fútbol y de definirse como un club “pequeño en lo deportivo, pero gigante en valores”, han ejercido de altavoz para denunciar “los desahucios de un estado enfermo”, “el genocidio de Israel”, la corrupción, el capitalismo y el pésimo trato concedido en este país a los enfermos de Hepatitis C. “Vallecas siempre tiene que estar del lado de los que sufren, porque nunca andan lejos”, sentencia Peinado.
Porque, en definitiva, el Rayo Vallecano es el equipo de los humildes, de los trabajadores anónimos, de los que mantienen viva la maltratada esencia del fútbol auténtico. Es, por ejemplo, el club de Wilfred Agbonavbare, el ídolo de Quique Peinado en su adolescencia. Es el club de Isi, el entrañable utillero del primer equipo que iba a jubilarse este verano después de 32 años en el cargo, pero que, entre cigarros, abrazos y lágrimas de alegría, aseguró que continuaría un año más tras certificarse su séptimo ascenso con el Rayo. Es el club de Alberto García, uno de los protagonistas del tan ansiado regreso a la máxima categoría del fútbol español, un enamorado de La Franja (“La manera de ver el fútbol y la vida es diferente en Vallecas. A través del club la gente es capaz de expresar todo lo que siente, también los sufrimientos. Es un foco en el que puede medirse lo que siente el barrio. El Rayo les hace olvidar todas las dificultades”) al que cuando le preguntaron si le hacía ilusión medirse a algún equipo o visitar algún campo la próxima temporada en Primera División se limitó a responder con un emotivo “a quien represento significa más que a quien me enfrento”. Y es el club de Míchel, el hombre de la casa (ha vivido cuatro de los siete ascensos del Rayo Vallecano a Primera y es el tercer futbolista de la historia con más partidos con la camiseta de La Franja, con 363) que, en febrero de 2017, tras las destituciones de José Ramón Sandoval y Rubén Baraja, aceptó el encargo envenenado de entrenar a un equipo que estaba tan solo un punto por encima del descenso a Segunda B (“Coger al Rayo no es un marrón, sino una ilusión”, remarcó en su puesta de largo) y que, a pesar de no tener ninguna experiencia previa en los banquillos, ha conseguido devolverle a la élite después de una temporada brillante.
En realidad, que el equipo vague por los infiernos del fútbol español o que se pasee por Europa, como sucedió en la histórica temporada 00-01, es un hecho circunstancial para todos aquellos que aman al Rayo por su particular identidad, para todos aquellos que izan la bandera de La Franja sin tener en cuenta la dirección en la que sopla el viento. Otra cosa ya es ganarle al Real Madrid, en un derbi que, escenificando la lucha de clases del fútbol, enfrenta dos formas completamente opuestas de entender la vida, de afrontarla. “Si el Rayo es Sierra Maestra y el Madrid es el Grupo Bilderberg, la Casa Blanca con Reagan dentro y Angela Merkel firmando un decreto, ganarle al Real Madrid es follarse a Miss Venezuela, destrozar a Aznar al pádel y que Bob Dylan te diga que escribes bien el mismo día. Es la victoria del millón de años, el cometa que anuncian en la tele que se ve cada siglo”, enfatiza el autor.
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