En el estadio de Vallecas falta un fondo. Unas imágenes publicitarias hacen las labores de público mientras algunos árboles rebeldes luchan por la vida e intentan emerger de los asientos. A apenas 300 metros hay un bar en el que los nombres de bocadillos son los de algunos jugadores históricos del club. Así, un Trashorras es salmón, queso brie y mayonesa. Larrivey, jamón y aceite de oliva. Curiosamente, ninguno de los nombres de ese once inicial con dos panes formó parte del único paseo continental del Rayo Vallecano. El camarero que acaba de servir un Cobeño (hoy director deportivo del club) hace poco que ha pasado la mayoría de edad y apenas levantaba unos centímetros del suelo cuando Europa conocía Vallecas gracias a once jugadores vestidos por una franja.

“Yo ese verano me había casado y tenía el viaje de novios a Nueva York y Las Vegas. Sin embargo, me llamaron desde el club para avisarme de que nos había tocado una plaza en la UEFA y fuera olvidándome del viaje. Teníamos una previa y la pretemporada se adelantaba. Llamé al entrenador para pedirle permiso y poder volver cuatro o cinco días tarde, pero me dijo que no. Al final cambié ese viaje por otro a Ibiza para poder incorporarme a tiempo a la pretemporada. ¡Y lo hice encantado!”. Jon Pérez Bolo era el delantero centro de aquel equipo. “Son anécdotas que suelen pasar y las usamos como armas de motivación. Yo quería que él sintiera que iba a ser un jugador importante en el equipo y necesitábamos transmitirle que era clave que estuviera con nosotros desde el primer momento y no podía tener unos privilegios que otros jugadores no iban a tener”, responde el por aquel entonces técnico Juande Ramos.

El 8 de junio del 2000 se confirmaba la presencia del Rayo Vallecano en la fase previa de la Copa de la UEFA. Lo hacía gracias a un sorteo celebrado en La Woluwe (Bélgica) entre los equipos representantes de los 14 países más deportivos de Europa. Junto al conjunto de la Avenida de la Albufera también accedió el Lierse belga. La falta de confianza en las oficinas del club provocó que ningún directivo se desplazara e incluso existieran dudas desde la propia plantilla. “Cuando nos dijeron que habíamos sido invitados por fair play, con lo intensos que éramos nosotros y teniendo a jugadores como Cota, Ballesteros o yo mismo que no éramos hermanitas de la caridad, pensamos que era broma y no nos lo creímos”, recuerda el lateral Ángel Alcázar, uno de los intocables de ese equipo.

“Cuando nos dijeron que habíamos sido invitados por fair play pensamos que era broma y no nos lo creímos”

Acostumbrado a mirar desde la ventana como son otros los que celebran el premio gordo, esta vez era el conjunto de la barriada madrileña el que resultaba agraciado con la recompensa. El Rayo Vallecano es algo más que un equipo. Es el fiel reflejo de un barrio, una ideología, un modus vivendi. Implicado años más tarde en salvar del desahucio a una anciana de 85 años sin recursos llamada Carmen, o pagar el viaje desde Nigeria a los hijos de un histórico del club como Wilfred Agbonavbare para que pudieran acompañar en los últimos días a su padre aquejado de cáncer, el equipo se iba a dar un homenaje en Europa.

Primera parada, Andorra. Y con una goleada que continúa siendo la más abultada de la historia de la competición. 0-10 recibió el Constelació Esportiva en la ida y 6-0 en la vuelta. Las siguientes víctimas fueron Molde y Viborg. Cada partido, una historia para guardar en el disco duro. “Nosotros íbamos eliminatoria a eliminatoria y no queríamos marcarnos metas más allá. Sabíamos que iba a ser muy difícil debido a la entidad de la competición. Algo que recuerdo eran los viajes. Mágicos. Ir con tu familia y los aficionados en el mismo avión, era una experiencia nueva para todos. Jugar en Rusia a menos 16 grados, ver los Fiordos noruegos desde el aire antes de jugar con el Molde…”, rememora Bolo.

En esta dirección apunta precisamente Luis Cembranos, centrocampista que aportaba la necesaria dosis de magia a la medular y ahora entrena al filial de la franja: “Éramos una gran familia. En mi caso no fui a algún viaje debido a unas molestias y sin embargo si lo hicieron amigos míos con la expedición porque estaban tan integrados y se vivía tan buen rollo en el grupo que les daba igual que no estuviera yo”.

Quedará en la memoria de sus compañeros la actuación de Julen Lopetegui precisamente ante los noruegos. Con 0-1 a favor y todo por decidirse, el guardameta evitó el empate local desde el punto de penalti. Lo hizo después de acercarse al delantero visitante Rudi y espetarle un “I know you. I know what are you going to do”. Y a fe que lo sabía. “Julen era mucho de jugar con esas cosas: Hablar con el delantero, comentarle cosas, decirle ‘me voy a tirar a la derecha porque se que vas a tirarlo por ahí’. Un jugador con la experiencia que él tenía y los equipos en los que había jugado, su carácter y personalidad, era como un dios para nosotros”, señala Bolo.

Viajando un día más tarde de lo habitual para ahorrar, y escatimando en gastos hasta de mallas para evitar el frío en climas extremos, cada desplazamiento era una odisea. Y si no, que se lo digan a Sergio Ballesteros, central de 188 centímetros que en alguna ocasión tuvo que dormir en un sofá-cama. “Las limitaciones eran propias de la época e intrínsecas al propio club por su situación. Esas faltas y necesidades nosotros no las valorábamos porque no teníamos ninguna exigencia, por lo que ese desparpajo y la ilusión quedaban reflejadas en el terreno de juego”, subraya Cembranos.

El viaje a Rusia para enfrentarse al Lokomotiv de Moscú fue un auténtico reto. Después de aguantar el 0-0 a 15 grados bajo cero, Vallecas fue testigo de una nueva gesta. Elvir Bolic abría el marcador y Alcázar cerraba la victoria en el minuto 68. Con el gol, la explosión. La instalación eléctrica dijo adiós. Los plomos saltaron por los aires como si de un aficionado más se tratase y todo el estadio se tiñó de un negro en el que tintineaban las luces de los mecheros de los aficionados que coreaban el nombre del equipo. “No pensábamos que pudiéramos superar esa eliminatoria y el hacerlo fue una inyección enorme. En el partido de ida había una temperatura muy baja. Tanto fue así que me dieron un golpe y del frío que hacía no podía ni doblar la rodilla, por lo que Juande me tuvo que cambiar al descanso. El partido de vuelta lo afrontamos muy motivados y con el cuchillo entre los dientes. Con el primer gol nos vinimos más arriba y el equipo en ningún momento bajó la intensidad. En el descanso salió Mauro y yo tuve más libertad en ataque. Así pude marcar el segundo gol que daba la tranquilidad. Dio la casualidad que se fue la luz y no sabíamos que pasaba. Fue una situación agradable y muy feliz porque pudimos pasar a la siguiente ronda. Se trató de un momento muy dulce que cuando lo vuelvo a ver me hace sentir un poquito especial”alude el carrilero disfrazado de goleador.

“El choque ante el Girondins de Burdeos ha sido el de más peso que ha jugado el club”

Dos meses hubo que esperar para que la Avenida de la Albufera disfrutara de su penúltimo acto en la UEFA. En esta ocasión, el rival era nada menos que el Girondins de Burdeos, gallito de la Ligue 1. “Se me ponen los pelos de punta solo de recordarlo. En ese momento era el líder de la liga francesa. Además, comienza el partido y se ponen por delante. La gente podía pensar ‘hasta aquí ha llegado el Rayo’, pero el equipo supo dar la vuelta al marcador y  marcar cuatro goles. Sin embargo, ni aun así las teníamos todas con nosotros para la vuelta. Sabíamos que en Burdeos iba a ser un partido muy difícil y fuimos capaces también de ganarles. Esa eliminatoria fue mágica por la entidad del rival, y porque el Rayito fue capaz de meterle cuatro en Vallecas y ganar 1-2 en su estadio. Eso va a quedar escrito en la historia del club”, indica Bolo antes de echar la vista atrás para reconocer: “Estar en Burdeos, mirar a la tribuna y ver a tantísima gente del Rayo animándonos y disfrutando, celebrarlo con ellos después del partido… son momentos indescriptibles”.  “El choque ante el Girondins de Burdeos ha sido el de más peso que ha jugado el club”, sentencia Luis Cembranos.

A la hora de dar las claves de lo que estaba sucediendo, Juande Ramos lo tiene claro: “La ilusión de los futbolistas fue fundamental. Eran jugadores de una calidad muy buena pero que en sus equipos no habían tenido la oportunidad de demostrarlo. Recuerdo los casos de Bolo desde el Athletic de Bilbao, Luis Cembranos desde el Espanyol y el Barcelona, Julen Lopetegui también había pasado por los equipos grandes… Era una serie de futbolistas con experiencia en Primera División pero a los que les faltaba el sentirse importantes. En el Rayo Vallecano se reunieron todos los factores y esto fue fundamental para lograr los éxitos”. Bolo, por su parte, recuerda que “el vestuario fue el factor más importante. Además de haber grandísimos jugadores, la unión que había entre todos ellos era increíble. A estos hay que unir al cuerpo técnico. Todos remábamos en la misma dirección y al final esto en un equipo es fundamental”.

“Se hizo muy bien. Solo hay que ver la plantilla que teníamos, con dos grandes porteros como Julen Lopetegui y Casey Keller. En la defensa había un gran nivel y competitividad con buenos jugadores como De Quintana, Ballesteros, Mauro, Cota, Mingo… había un buen equipo en todas las líneas. En el centro del campo estaban Poschner y Helder, que eran dos guerreros tremendos. De ahí para arriba había una calidad que el equipo no la había tenido nunca con la llegada de Luis Cembranos, la presencia de Míchel, Quevedo, el brasileño Glaucio… y delante, Bolic y Bolo. Formábamos un equipo muy completo que permitía a Juande Ramos tener muchas variantes y dar descansos”, manifiesta por su parte Ángel Alcázar. “Podíamos mirarnos a la cara y decirnos cualquier cosa. Sabíamos que si cualquiera tenía un mal día, otro le iba a ayudar. Éramos amigos y todo lo hacíamos desde el cariño por el beneficio del grupo”, añade Luis Cembranos como factor diferencial.   

No importaba que la media tonelada de equipamiento y material deportivo hubiera llegado a Francia prácticamente sobre la bocina después de haber recorrido los 700 kilómetros por carretera entre Madrid y Burdeos mientras los jugadores lo habían hecho en un pequeño Aerotaxi. El Rayo estaba en cuartos y la ilusión en Vallecas se había disparado hasta tal punto que el sueño de la canción “el año que viene Rayo-Liverpool” que coreaba la grada desde tiempo atrás parecía más cerca que nunca. “Nosotros teníamos mucho contacto con la gente. De vez en cuando parábamos en algún bar a tomar algo y hablábamos con ellos. Toda la afición estaba muy implicada con el barrio y el equipo. Fue un año especial, de los más bonitos que he pasado en el equipo”, apunta Alcázar.

Sin embargo, Vallecas se despertó. “Sabíamos que era difícil que se pudiera dar. Cuando ganamos en Burdeos ya sabíamos que nos tocaba el Alavés o el Inter de Milán. Y por el resultado que se había dado en Vitoria todo hacia presagiar que serían los italianos. Sin embargo, cuando llegamos al vestuario y estábamos diciendo: ‘El próximo, el Inter, ahora hay que ir a por ellos…’, nos comentaron que finalmente el rival sería el Alavés”, destaca Bolo. “No lo llamaría desilusión, pero era enfrentarnos a un equipo al que ya conocíamos, de nuestra misma Liga y más difícil de sorprender. Nosotros nos veíamos fuertes frente a otros equipos que no conocían Vallecas, por lo que el cruce con el Alavés no nos gustó mucho. Teníamos la ilusión de jugar contra el Inter, pero no pudo ser”, añade.

La eliminatoria fratricida contra el que sería subcampeón de la UEFA duró lo que el choque de Mendizorroza. “En el partido de ida perdimos 3-0 y nos salió un partido muy malo. Fue un duelo caótico y catastrófico. Recuerdo un choque entre Helder y Mingo en el que los dos se abrieron la cabeza. Hubo una serie de circunstancias que sucedieron en ese partido que lo convirtieron en atípico y no esos que solía jugar el Rayo Vallecano esa temporada”, destaca el técnico Juande Ramos, quien luego logró este título en dos ocasiones con el Sevilla (2006-2007). Precisamente en esta dirección señala Cembranos, quien amplia: “Media hora donde el equipo no estuvo fino nos pasó factura. Teníamos el mismo nivel y las mismas ganas que el Alavés, que a la postre fue subcampeón de la competición ante un histórico como el Liverpool”.

El equipo había dicho adiós a la que ha sido hasta la fecha su única participación en competición europea. Sin embargo, el recuerdo permanece. Para el que fuera internacional a las órdenes de José Antonio Camacho, la primera y, hasta la fecha, única experiencia continental del Rayo Vallecano “significó un escaparate y fue altavoz de todo lo que defendía el club y esos valores de un barrio humilde que tenía la oportunidad de competir con distintos conjuntos europeos e incluso históricos de esa competición. Nosotros demostramos que podíamos ser mejores que los demás”.