Hace exactamente un año las puertas del José Zorrilla se abrían de par en par para recibir a uno de los fichajes más glamurosos de su historia, con permiso del de su presidente, Ronaldo Nazário. Hatem Ben Arfa, por aquel entonces sin equipo, se unía a la disciplina de Sergio González para tratar de salvar al conjunto vallisoletano del descenso. El club logró la permanencia. Pero sin que tuviera nada que ver el exinternacional francés, que en silencio consumó el atraco: cinco ratitos, dos titularidades, una amarilla. En agosto hacía las maletas con la cuenta corriente menos vacía y la cara un poquito más dura.

Hace un día las puertas del Estadio Mundial 82 se cerraban de par en par para Jesé Rodríguez. La Sociedad Deportiva Logroñés, respondiendo a un seguidor a través de su cuenta de Twitter, renunciaba a la incorporación del recientemente despedido futbolista del PSG. “Tenemos delanteros mejores”, disparaba el club de accionariado popular, que compite en Segunda B. Mientras tanto, el extremo canario continúa nutriendo sus redes sociales de vídeos ejercitándose en solitario, con la intención de que algún club se quede prendado de ese trote más cercano al de un caballo asmático que al de un profesional. Un club que vuelva a ‘picar’, pensará el excandidato a Balón de Oro.

Y es que donde hace un año un futbolista con algo de cartel era capaz de sacarle una nómina digna a un club en apuros, hoy solo hay ERTEs, reducciones de salario y deudas. Donde antes había operaciones artificiosas y despilfarro controlado, como aquellas demoliciones en las que un ingeniero calcula hasta dónde llegará la última partícula de polvo, hoy hay miedo a apretar el botón incorrecto. Y donde antes un club grande podía permitirse caprichos -el mercado era capaz de reducir su riesgo o bien a través de ingeniería financiera o bien con agentes colocando ‘marrones’ a otros clubes-, hoy no existe ni la certeza ni la voluntad de que un rico en apuros será ayudado por otro rico. Fundamentalmente porque algunos, aunque se nieguen a reconocerlo, ya no lo son.

 

La pandemia ha puesto el mundo del fútbol patas arriba. Varias ligas están bajo mínimos, mientras otras todavía esperan nuevos datos que ayuden a calibrar el impacto real de la crisis

 

Pronto hará un año del parón del fútbol por culpa del coronavirus y en la planta noble del fútbol europeo el eco y las telarañas pintan un escenario poco esperanzador. Clubes como el Dortmund, el Valencia o el Barça, por poner solo tres ejemplos, atraviesan momentos especialmente delicados. Este último ha pasado, en 365 días, de aspirar a todas las copas posibles a aspirar a no tener que vender las que ya tiene en el museo. Que alguna hasta valdrá más que varios jugadores de la primera plantilla, por cierto.

No hace ni un año el club presidido por Josep Maria Bartomeu estaba transfiriendo 18 millones de euros a la arcas del Leganés, colista de Primera, como quien introduce una moneda a una máquina tragaperras. Martin Braithwaite, el motivo del dispendio, sigue hoy de azulgrana, color que no vestirá nadie más en la actual ventana de fichajes, valga dos millones o tres billetes de 100. No hay dinero. Y lo que es peor: puede que no lo haya en bastante tiempo.

La pandemia ha puesto el mundo del fútbol patas arriba. Varias ligas están bajo mínimos, como la francesa, mientras otras todavía esperan nuevos datos que ayuden a calibrar el impacto real de la crisis. Sin venta de entradas, sin ventas de jugadores y sin ingresos extra, la gran mayoría de clubes trampean la situación haciendo de la austeridad virtud, recortando salarios y negando ampliaciones e incorporaciones, por muy necesarias que sean. Gloria al que logra una cesión, porque aunque en Sevilla bailen con el ‘Papu’, no hay ni un solo equipo que esté para muchas fiestas. Lo único positivo de este revolcón es que ha provocado la caída de jetas, aprovechados, especuladores compulsivos y gestores incompetentes. La burbuja se ha pinchado y del estallido varias caretas han saltado por los aires. Si nadie compra y nadie vende, ¿a quién engañamos? Manos arriba, esto es un colapso.

 


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Fotografía del Real Valladolid. 

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Roger Xuriach

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