Fotografías de Lluís Inarejos
¿El CE Europa representa tu forma de entender el fútbol?
Por lo menos ha conseguido que vuelva a reconciliarme con él. Siempre me ha gustado el fútbol; jugué hasta los diecisiete y soy del Barça de toda la vida, pero lo que siento como fan del CE Europa es distinto. De repente, un domingo cualquiera, vienes porque unos amigos deciden pasarse por aquí y te encuentras con un sentimiento de comunidad de los de verdad. Es una experiencia más cercana, menos oficial y mucho más íntima. Para mí, el fútbol ideal tiene que estar conectado a la proximidad. Es muy difícil sentirse identificado con un club gigante porque, al final, acabas viéndolo casi como una empresa.
¿Ves el Barça como una empresa?
Lo es, desde luego. De todas formas, comparado con otros clubes grandes, el Barça todavía tiene algo especial. Es un símbolo de Catalunya, casi como si fuera una selección nacional. Es un referente para todo el mundo, pero a la vez cuesta sentirlo como algo cercano. El Barça tiene un discurso muy marcado: esa idea de que hay que jugar bien para ganar. Al Madrid, en cambio, le da igual el relato, solo busca el resultado. No es que el Barça sea una élite tal cual, pero en parte sí que proyecta esa imagen.
¿Qué tiene la grada del Nou Sardenya que ilustra tan bien la “efervescencia colectiva” de la que hablaba Émile Durkheim?
Este enfoque surgió cuando estudiaba en la universidad. Tuve un profesor, Gerard Horta, que estaba especializado en antropología religiosa y que durante sus clases siempre citaba a Durkheim. Él explica la religión en las sociedades antiguas utilizando el concepto “efervescencia colectiva”: ese momento en el que dejas de ser un individuo para formar parte de un único cuerpo social. Como yo siempre he estado muy vinculado al fútbol, no podía evitar conectarlo. En el Nou Sardenya descubrí que en el fútbol popular los momentos de comunión se dan todavía de forma genuina. Pero no se trata de un fenómeno que únicamente pueda producirse en el estadio, que es algo que he podido constatar hace poco, pues también se puede experimentar en el bar durante un partido del Barça. Ahí también hay una comunidad real. La cuestión central es que, en ambos casos, se celebra la existencia de una pequeña comunidad vinculada a un territorio.
¿Por qué es importante reivindicar el fútbol como un rito ancestral?
Desde una perspectiva más personal, el fútbol puede llegar a ser tan importante como una religión. A medida que las religiones pierden peso, el fútbol toma el relevo y ofrece ese espacio de comunidad que, además, llega a todo el mundo. Es algo en lo que pienso a menudo. He estado metido en el mundo de la música mucho tiempo, pero ahí los grupos suelen ser más cerrados. La subcultura crea piña, pero es algo pequeño; si no conoces los códigos, te quedas fuera. El fútbol, en cambio, es mucho más abierto y te da esa sensación real de ser algo que une a gente muy distinta.
“El fútbol ideal tiene que estar conectado a la proximidad. Es muy difícil sentirse identificado con un club gigante porque, al final, acabas viéndolo casi como una empresa”
¿En qué momento se te ocurrió reflejar todas estas ideas, sobre fútbol y antropología, en un libro?
La verdad es que nunca me había planteado escribir un libro. Todo surgió hablando con un amigo de la editorial, Colectivo Bruxista, que antes vivía aquí, en Barcelona. Un día íbamos a un derbi que se jugaba en el Narcís Sala entre la UE Sant Andreu y el CE Europa y le hablé del concepto “efervescencia colectiva”. Mi trabajo de final de grado se titulaba: “Efervescencia colectiva en el Bar Ocata”. Trataba precisamente sobre lo que se genera en un bar —en El Masnou, mi pueblo— al ver un partido de fútbol. Al editor le encantó la idea y me propuso escribir acerca de ese sentimiento aplicado al CE Europa y al fenómeno del fútbol popular. Ese fue el origen de todo.
¿Recuerdas algún momento especialmente emotivo en el Nou Sardenya?
Seguramente, los momentos más especiales han sido los derbis contra el UE Sant Andreu. Cuando empezamos a venir, creamos nuestro propio espacio: Mods Europa. Éramos un grupo de unas veinte personas, la cifra iba variando. Al principio solo éramos un núcleo pequeño, mientras Eskapulats ocupaba el centro de la grada y eran muchísimos más. Fuimos viendo cómo crecía el ambiente, pero los primeros derbis fueron clave. De repente ves el estadio lleno, con todo el mundo cantando a la vez, y te pega un impacto por dentro impresionante. La verdad es que, gracias a este club, me he vuelto a enamorar del fútbol.
¿Cómo nació Mods Europa?
Todo comenzó en 2021. Empezamos a venir cuando el CE Europa subió a Segunda RFEF, justo el año que reestructuraron las categorías; aquel año en el que, en teoría, le habría tocado subir a la antigua Segunda B. En ese momento, no me acuerdo de quién contactó con Eskapulats, pero empezaron a pasarnos entradas a precios muy bajos. Todo funcionaba de una forma muy cercana y sencilla.
¿Quiénes sois exactamente?
En Mods Europa hay gente de Retrovisores, uno de mis grupos de música, y personas del entorno de la Sala Upload. Casi todos venimos de la música y la mayoría viven en Gràcia. Cuando me uní, vivía en El Guinardó, pero el resto sí que vivía por aquí. Todo empezó porque era un planazo: antes los partidos siempre eran los domingos a las doce y se convertía en una jornada de grupo fantástica. Además, sirven unos morros excelentes. (Risas)
(Risas) Ha sido un auténtico viaje interior: pasar de un plan de vermut a un análisis antropológico de la grada.
Al principio lo veía simplemente como un plan de domingo entre amigos, pero si rascas un poco, te das cuenta de que es un ejercicio de autoafirmación muy heavy. Estamos aquí y tenemos una identidad clara: nos gusta Barcelona, pero no nos reconocemos en la ciudad actual y buscamos espacios que nos representen. Ese es, en esencia, nuestro planteamiento.
¿Cómo es la relación con Eskapulats, el grupo de animación mayoritario?
Cuando entramos, al principio íbamos por libre y hacíamos nuestros propios cánticos. Siempre hubo una relación de respeto hacia los que ya estaban. Creo que la grada de Eskapulats empezó en 2013; antes esto estaba un poco muerto, a lo mejor venían unas cuatrocientas personas. Ahora, en cambio, somos casi 3.600. Los que empezaron a darle vida al estadio fueron ellos, porque crearon una grada de animación que hasta entonces no existía.
¿Mods Europa se ha convertido, entonces, en una sección de Eskapulats?
Es una cuestión de respeto. En lugar de montar una peña por nuestra cuenta, decidimos crear una especie de subgrupo adherido a la grada oficial. No lo llamaría jerarquía, sino respeto por el trabajo hecho. Eso no quita que Mods Europa tenga su propia idiosincrasia y pueda enriquecer la grada. Se trata de un espacio abierto que se aleja un poco de la imagen que todos tenemos en la cabeza cuando nos imaginamos el sector de animación de un estadio. Al escribir el libro y darle vueltas a todo esto, tuve claro que quería hablar de fútbol sin hablar de ultras. Es algo que ya se ha hecho demasiado cuando se analiza el vínculo entre el fútbol y su gente.
¿El concepto de “ultra” está necesariamente vinculado a la ultraderecha?
Afortunadamente existen muchas gradas de izquierdas y antifascistas. Pero pienso que el concepto “ultra” es muy limitado. Nosotros intentamos aportar una visión más amplia: la de un grupo que viene de un entorno cultural. Eso permite abrir un poco el significado de lo que puede ser una grada. A menudo, hablar de ultras es hablar de violencia, y eso reduce un tema comunitario a algo muy básico. Aquí se ha conseguido crear algo distinto, pero a medida que esto crece, se puede llegar a descontrolar. A veces la grada está tan llena que prefiero apartarme un poco o quedarme en el bar. Hay mucha gente que acaba de llegar y la esencia se va perdiendo un poco.
¿Qué ha pasado exactamente?
¿Morir de éxito? Ahora que las cosas van bien, el crecimiento del club a todos los niveles implica cambios que comprometen todo aquello que hace que el Europa sea tan especial. Con este último ascenso; el cambio de campo a Can Dragó —porque no nos dejan jugar en césped artificial— ha supuesto la desnaturalización definitiva. Al llegar a una categoría semiprofesional, las operadoras te imponen horarios, como jugar un viernes a las nueve de la noche, y te obligan a desplazarte. Ahí es cuando te entra la duda: ¿dónde está el tope? Si seguimos así, vamos a acabar metidos de lleno en el modelo que criticamos. Pero, a la vez, hay una contradicción inevitable: en el deporte no tiene sentido renunciar a llegar lo más alto posible.
Respecto a los derbis entre el CE Europa y la UE Sant Andreu, resulta llamativo que, pese a compartir ideologías muy próximas, su histórica rivalidad no siempre haya sido tan encendida como lo es hoy.
Es verdad que históricamente no han sido eternos rivales, pero creo que esta nueva competencia ha hecho crecer a los dos clubes. Hay un punto en el que políticamente coincidimos bastante, aunque ahí entran muchos factores. Por un lado, el UE Sant Andreu tiene una tradición de grada más consolidada y a todo el barrio volcado; lo del CE Europa, en cambio, es un fenómeno más reciente. Es posible que el crecimiento del CE Europa en este sentido haya servido para acentuar esta rivalidad.
Ambos clubes han tenido, además, trayectorias similares.
Esa tendencia se mantuvo hasta el año pasado, cuando nosotros subimos y ellos no. Sobre todo, creo que los derbis terminaron de consolidar el movimiento justo cuando el fútbol popular en Barcelona empezaba a pillar impulso. En el Narcís Sala se juntaron unas seis mil personas; el CE Europa tenía seiscientas entradas y se agotaron en apenas una hora. Aquí también llenamos, aunque nuestra capacidad sea un poco más pequeña.
¿Cuántos caben aquí, en el Nou Sardenya?
La capacidad es de poco más de cuatro mil personas; de hecho, el récord histórico está en cuatro mil cien. Como te decía, esta rivalidad ha hecho crecer a los dos clubes, pero a la vez estaría bien que hubiera un acercamiento, porque son equipos muy parecidos ideológicamente. Es curioso mantener un enfrentamiento tan fuerte cuando se comparten tantos valores, pero hay una contradicción inevitable: si te hermanas del todo, la rivalidad pierde el sentido.
¿Crees que existe el sentimiento por parte de estos clubes, vinculados a la extrema izquierda, de frenar el auge de la ultraderecha?
Creo que tiene sentido por varios motivos. Por un lado, hay un vacío ideológico: la izquierda institucional ni nos identifica ni nos representa. En este contexto, tener espacios donde reafirmar nuestras ideas nos da un punto de esperanza. Por otro lado, es interesante ver cómo la ultraderecha se está apropiando del tema de la identidad; el caso de Aliança Catalana es un ejemplo claro aquí. Esto nos da la oportunidad de resignificar la cuestión identitaria desde la izquierda. Ahora mismo parece que lo identitario es territorio exclusivo de la ultraderecha, mientras que desde la izquierda a menudo se percibe solo como algo reactivo o peligroso.
Antes comparabas el fútbol con la religión. Siendo también músico, ¿qué paralelismos percibes con la música?
Creo que el libro permite que el lector se identifique con el fútbol si le gusta el deporte, pero también le invita a pensar en otras cosas. Un amigo de Vilanova i la Geltrú, por ejemplo, me decía que el texto le hacía pensar en el Carnaval de su ciudad. He recibido varios comentarios por el estilo. Con la música pasa algo parecido: hay un concierto y una comunidad que se junta por lo que está pasando en ese momento. Un estadio lleno vibrando con un cántico es, en el fondo, lo mismo que un público entero cantando la misma canción.
Volvamos al fútbol y su modelo: ¿Crees que los clubes modestos conservan mejor la esencia de este deporte que los grandes?
Te lo cuento con una anécdota muy simple: recuerdo estar viendo el partido de Champions del Barça contra el Newcastle de este curso y la experiencia era increíble, un espectáculo de máximo nivel. Pero fue llegar al descanso y ver un anuncio de un patrocinador de criptomonedas y se me cayó todo. Fue el contraste absoluto. En el CE Europa tenemos un modelo que es justo lo contrario a esa frialdad corporativa. El Barça dice que es de los socios, y técnicamente es verdad, pero una entidad tan gigante, aunque legalmente sea de ellos, en el fondo ya no les pertenece.
¿La conversión de los clubes en Sociedad Anónima va contra la esencia del fútbol o es una evolución lógica?
Este modelo se carga el componente democrático que el fútbol tenía al principio. De repente, los clubes dejan de ser entidades sociales para convertirse en empresas; le quitan al socio el poder que tenía y lo transforman en un simple espectador. La esencia de los clubes es que sean propiedad de todos y que uno pueda meter baza. La clave del fútbol popular es recuperar esa capacidad de participar; si no, te limitas a ser un consumidor que mira desde casa, desde el bar o incluso desde la grada, como el que va al teatro o a ver cualquier espectáculo de entretenimiento.
Cuando nos referimos al fútbol regional, de hecho, casi podemos hablar de “fútbol de resistencia”, de lucha contra el capitalismo.
En el caso del CE Europa, además, ha habido una mejora deportiva real. Aunque tenemos uno de los presupuestos más bajos de las categorías por donde hemos pasado, hemos ido encadenando ascensos sin parar. Esto solo tiene una explicación: el papel fundamental de su gente. Es precisamente lo que me reconcilia con el fútbol: saber que estoy aquí por algo y que no soy, simplemente, un espectador más.
El modelo de fútbol que pregonas me enamora, pero parece imposible que pueda alcanzarse globalmente. ¿No crees?
Es evidente que hay mucho idealismo en todo esto. El caso del CE Europa es el que mejor encaja con lo que digo porque, precisamente, el destino me llevó a un club que sigue siendo de sus socios. Si por azar hubiera acabado en el UE Sant Andreu, seguramente sentiría algo parecido, pero no sería lo mismo: allí el dueño es japonés, el club es una empresa y la lógica interna ya cambia. Aquí, en cambio, se han alineado los astros. Hay un vínculo real con el que sentirse representado, tanto en lo ideológico como en lo político.
¿Crees que los medios de comunicación han contribuido a instaurar el modelo actual del fútbol?
Los medios suelen invisibilizar a los clubes pequeños en favor de los grandes. Un ejemplo fue TV3, que en su momento priorizó la Kings League sobre el CE Europa, pese a ser un servicio público que debería cubrir la realidad del país y no los caprichos de un empresario. Frente a esa disolución de la vida pública, el CE Europa es un acto político de resistencia: un espacio donde sales de la pantalla para juntarte, de repente, con gente que no conoces de nada.
“Frente a esa frialdad del capitalismo, el fútbol popular funciona como un refugio donde recuperamos lo irracional, lo sagrado y el sentido de comunidad que la modernidad nos robó”
En el libro, hablas de la Kings League cómo una amenaza en este sentido, cómo un producto que corta con la experiencia comunitaria.
La Kings League me parece un error absoluto. Coge todos los aspectos negativos del fútbol moderno y los exprime en un solo formato: individualiza la experiencia y pervierte la esencia del juego. Todo ese ecosistema de youtubers y entretenimiento digital no hace más que profundizar en esa deriva. Es, en definitiva, la antítesis de lo que defendemos aquí. Aunque se pensó que ese modelo desbancaría al fútbol tradicional, ha quedado reducido a un producto infantil de comunidades virtuales donde el individuo prima sobre el colectivo.
Es cierto que los medios de comunicación se han olvidado del fútbol regional. Aunque hay algunos podcasts, como La Sotana, que les dan algo de ‘bombo’. Recuerdo que entrevistaron a Alex Cano, el capitán del CE Europa.
Sí, escucho La Sotana desde hace tiempo y me gusta bastante, aunque al final no dejan de centrarse en el Barça. Lo que realmente valoro es que vinculan el deporte con la contracultura, una conexión que prácticamente ha desaparecido. Hoy en día, el deporte se ha convertido exclusivamente en cultura oficial; fuera de ese marco institucional, parece que no interesa a nadie.
¿Te gustaría seguir escribiendo sobre el fútbol desde tu especialidad, la antropología?
Por azares de la vida he acabado haciendo esto. Es un tema que me interesa profundamente, he disfrutado el proceso y estoy muy orgulloso del resultado final, pero, por el momento, no es la intención seguir escribiendo.
Además de Durkheim, citas a otros autores que son clave para entender la idea central del libro.
En el análisis, la figura de Max Weber es clave. Su estudio sobre cómo la ética protestante acabó siendo la semilla del capitalismo explica un cambio de manual en la sociedad: ese proceso de racionalización que nos hizo perder la fe por el camino. La religión perdió fuelle y el mundo se volvió un sitio mucho más calculado y frío. Ahí es donde entra Marcel Mauss con su idea del “hecho social total” y el intercambio simbólico. Frente a esa frialdad racional del capitalismo, estos espacios de fútbol popular funcionan como un refugio donde recuperamos lo irracional, lo sagrado y ese sentido de comunidad que la modernidad nos robó.
Por último, Leo: además del CE Euorpa, mencionas otros clubes como ejemplo de cultura popular. ¿Cuáles destacarías?
Es fundamental el caso del UC Ceares en Gijón, un club popular con una identidad muy marcada. En Salamanca, por poner otro ejemplo, la situación es paradigmática. El club privado compró la simbología y se quedó con el Helmántico, un estadio mítico. Por el contrario, el club fundado por los socios, Unionistas de Salamanca, se vio obligado a jugar en una instalación municipal cedida. La paradoja actual es que Unionistas compite en Primera RFEF, mientras que el equipo privado se encuentra en una categoría inferior. Es una anomalía que demuestra la fuerza del modelo social frente al mercantil.
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