Miradas

Larga vida al jugador con pintas

Quiero escribir. No tengo tiempo. Y si lo tengo, es demasiado escaso. Nunca se tiene suficiente tiempo para escribir. No es una labor sencilla. Hace falta una idea. Una idea poderosa, que pese. Que si lanzaras al agua se hundiese de inmediato. Hacen falta frases. Buenas frases. Que fluyan, que conmuevan. Que corten. Lo avisó Juan Bufill: “Se precisan relámpagos”. Y no es fácil. Más bien lo contrario. Necesito levedad. Volver a los días blancos de la infancia. Emocionarme con poco. Algo insustancial, pero que resalte en la superficie. Recuerdo mis primeras experiencias como espectador de fútbol. Los primeros partidos. Aquella ilusión desnuda, sensible, capaz de encenderse a la mínima. Recuerdo cuando solo el peinado de un jugador era capaz de ocupar toda mi atención. Ese tipo de futilidades. Cuanto más exagerado, mejor. Me ponía inmediatamente de su parte. Reparaba, por ejemplo, en la barba amarilla de Djibril Cissé, y quería que se marchara de todos los rivales, que sus pases llegaran limpios al compañero, que metiera un gol detrás de otro. Al artista Cristophe Miossec le pidieron en una ocasión que describiera la modernidad. “Todo brilla y nada arde”, contestó. La cosa ya era un poco así, entonces. Mucho color y poca sustancia. Pero qué más da. Intento que no remita del todo ese entusiasmo absurdo. La coleta de Baggio. Las mechas de Cristiano. Las trenzas azules de Vagner Love. Una fuerza extraña me arrastra hacia esos futbolistas. No lo puedo evitar. El pelo a lo afro de Fellaini. La cresta de Nainggolan. Es como si te hubieran atado a su suerte: incluso queriendo que perdieran, querrías que ganasen. Los tatoos de Depay. Las rastas de Camavinga. Demasiado carisma como para no caer en la trampa. Puedo admirar a un jugador solo por su talento, sin tener en cuenta el envoltorio, pero no es lo mismo. Goku te gusta mucho, hasta que aprieta los puños y se convierte en Super Saiyan, y entonces te gusta mucho más. Un jugador que se tiñe el pelo, o que lleva los brazos colmados de tatuajes, o que salta al césped con botas rosas, es un marciano entrando en un centro comercial. Cómo vas a quitarle los ojos de encima. Son la clase de sicarios que matan con una mano en el bolsillo. Creen en sí mismos de un modo excesivo. Los ves y te acuerdas de Jean Eustache, el cineasta francés, que antes de suicidarse colgó un cartel en la puerta de su piso donde se leía: “Llame fuerte, como para despertar a un muerto”. Tanta personalidad abruma. Ni la pasión ciega que sientes por tu equipo, ni los cabreos desmedidos que te generan algunos resultados. Para mí, la parte más irracional de la afición al fútbol reside en esas bobadas minúsculas que aún así condicionan por completo mi comportamiento. Aunque no tengan explicación, aunque sean ridículas. Necesito que no desaparezcan. Que continúen aligerando la carga. Larga vida al jugador con pintas.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Marcel Beltran

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