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El tiempo pasa, el Celta resiste

En Vigo, ciudad obrera, el colectivo siempre se impuso. Y a los ídolos que defendieron al Celta, sólo les pidieron una cosa: que, además de vestir la camiseta, la entendieran. Este es el editorial del nuevo #Panenka131

celta

Así empieza el #Panenka131, nuestro nuevo número, que dedicamos al centenario del Celta y que ya puedes conseguir aquí


 

La paradoja de los tiempos que corren se representa el 23 de agosto de 2023, cuando, justo un siglo después de su fundación, en el epicentro de un año de celebraciones, el celtismo se frustra al ver cómo Arabia Saudí se lleva al último gran talento de su cantera. La paradoja de Gabri Veiga es la de estos tiempos de cambio, de grises y de claroscuros. La que marca que el talento vuela, y duele porque se va muy lejos, demasiado, a sitios como el (todavía) enigmático Al-Ahli, al lugar donde se compra talento como se compran coches de lujo, voluntades, derechos y simpatías. Y se vive como un golpe, pero al mismo tiempo como una bendición en un club que sabe como nadie de qué va esto. Porque el Celta más de una vez bordeó el acantilado, y aunque hoy ya respira, a nadie le sobran millones en estos días raros en los que ‘fair play‘ no son valores sobre el campo, sino balances en la oficina.

Al verla desde el otro lado de su ría, desde sus rocas afiladas, sus senderos privilegiados o sus playas preciosas, Vigo es un gigante que resiste a los envites atlánticos. Al mirarla desde la Moaña de Iago Aspas, al final de un ejército de bateas, no se concibe que alguien piense siquiera en abandonarla. Y, sin embargo, sus calles tienen memoria, como la tiene la historia de Galicia, que es en parte la de todos los que se marcharon de ella para siempre pero nunca supieron dejarla atrás.

 

El Celta más de una vez bordeó el acantilado, y aunque hoy ya respira, a nadie le sobran millones en estos días raros en los que ‘fair play‘ no son valores sobre el campo, sino balances en la oficina

 

Puede que un día Veiga regrese a casa. Arabia sigue siendo un destino dorado, pero ya no es sólo un retiro. Y si lo hace, quizá haya tiempo de recuperar algo de lo que parece ya perdido, de endulzar la amargura de todo lo que pudo ser. Otra cosa es que le esperen. Porque en Vigo, ciudad obrera, el colectivo siempre se impuso al individuo. Y a las decenas de ídolos que en un siglo han pisado Balaídos, ya fuera durante unos meses, unos años o toda una vida, sólo les pidieron una cosa antes de auparlos al cielo: que, además de vestir la camiseta, la entendieran. Que la llevaran con el mismo orgullo con el que tantos y tantas, en medio de este clima cambiante e incierto, se pusieron y se ponen el mono de trabajo.

 


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Fotografía de Imago