Este es el editorial con el que empieza nuestro nuevo número, el#Panenka149, que ya está disponible
Durante once días de julio, un hilo conectará Suiza con Estados Unidos. Suena a artimaña bancaria, pero estamos hablando de fútbol. O eso es lo que parece si nos quedamos en la superficie, en todo lo que reluce, si aceptamos la pulsión del hincha de abrazar el juego por el juego.
Durante once días de julio, en los campos de Norteamérica, decolorado el emparrillado del fútbol americano, allanado el montículo del béisbol, rodará el balón esférico para mayor gloria de la FIFA, que, en otra demostración de poder e influencia, se habrá salido con la suya: reunir a 32 equipos de todos los continentes, unos campeones, otros con alma de campeón y un puñado que solo pasaban por allí, para hacerlos competir en un verdadero Mundial de Clubes. La obra faraónica de Infantino ya tiene forma. Pirámide para unos, mausoleo de su mandato para otros o, si se prefiere, la versión balompédica del muro de Trump.
Dicen que Gramsci, como otros miembros del Partido Comunista de Italia, era, sin embargo, de la Juve. Si él pudo, nosotros también; abracemos la contradicción, pero hagámonos dignos de ella
Durante esos mismos once días de julio, las mejores selecciones europeas habrán empezado a disputar la Eurocopa de Suiza. A la vista de gigantes de piedra, y con un techo que son las estrellas, el fútbol jugado por mujeres alcanzará una nueva cota, como lleva ya más de una década haciendo cada vez que se presenta un nuevo gran torneo.
El aficionado, acostumbrado a la pantalla partida, el multitasking y un deporte que no escapa a la era de la dispersión, tendrá la oportunidad de comparar. A un lado, un mundo que se agota, exhausto, al que le dan incluso más calor los focos que el verano abrasador, con estadios de cemento y adoquines levantados encima de donde antes estaba la playa. Al otro, un mundo que surge, lucha, pelea y germina, libres todavía sus raíces. Y en el claroscuro entre esos dos mundos, dijo Gramsci, surgen los monstruos. Dicen que Antonio, como otros miembros del Partido Comunista de Italia, era, sin embargo, de la Juve. Si él pudo, nosotros también; abracemos la contradicción, pero hagámonos dignos de ella. Aunque solo sea durante once días de julio.
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