Miradas

La defensa de Stalingrado

Este reportaje está extraído del #Panenka145, un número que sigue disponible aquí. La ilustración de portada es de Sergi Solans

 

Vasily Ermasov paseaba por las ruinas de la fábrica Octubre Rojo. Sus botas pisaban un suelo lleno de casquillos de bala y pedazos de acero. Ermasov conocía bien cada rincón de esa zona. Donde antes había existido una gigantesca acería, ahora solo quedaba un laberinto de columnas retorcidas y máquinas destrozadas. Durante la batalla de Stalingrado, Vasily había dirigido aquí una unidad que había resistido los ataques alemanes. A Ermasov le habían ordenado no ceder ni un metro y eso es lo que había hecho. Si Stalin dictaba, él obedecía. Su buen trabajo en la defensa de esa fábrica al lado del río Volga le había otorgado galones. La batalla de Stalingrado se cobró millares de vidas, aunque algunas personas salieron reforzadas. Ermasov fue una de ellas. Salió condecorado y con un ascenso.

Aquella contienda había finalizado hacía poco. El frente se desplazaba a gran velocidad hacia el oeste, rumbo a Berlín. El empuje rojo ya no pararía hasta el Reichstag. Stalingrado, convertida en símbolo después de una de las batallas más sangrientas de todos los tiempos (más de un millón de fallecidos), había quedado reducida a cenizas (el 85% de los edificios destruidos). Ermasov, ahora uno de los líderes locales del temido NKVD, el futuro KGB, había vuelto a la fábrica donde luchó para dar una charla a los trabajadores que debían iniciar la reconstrucción de las instalaciones. Pero le llegó un mensaje: lo citaba el primer secretario regional del Partido, Alexei Chuyanov. Ermasov entendió que debía ser algo importante y abandonó el lugar al instante. A Chuyanov no se le hacía esperar, era un héroe; un comunista autodidacta que había sido pescador y campesino antes de iniciar su ascenso en el Partido, donde llegaría a ser uno de los grandes héroes en la defensa de Stalingrado. Chuyanov preparaba los festejos del Primero de Mayo, el Día del Trabajador, para levantar el ánimo de la población. Y llamó a Ermasov para invitarle a proponer ideas de posibles actividades. “Tenemos que jugar a fútbol para que la gente pueda ver con sus propios ojos que la ciudad está viva”, dijo sin dudar. Su respuesta tenía sentido, pues antes de la guerra Ermasov había sido el portero del Traktor, el principal club de la ciudad. “Camarada, sería una buena idea que el partido fuera entre un equipo local y otro de Moscú. ¿Pero se podrá celebrar sin aquellos jugadores del Traktor que aún no han regresado a la ciudad?”, preguntó Chuyanov. “La gente de Stalingrado puede hacer cualquier cosa”, respondió el cancerbero.

 

“Tenemos que jugar a fútbol para que la gente pueda ver con sus propios ojos que la ciudad está viva”, dijo Ermasov. Su respuesta tenía sentido, pues antes de la guerra había sido el portero del Traktor, el principal club de la zona

 

Ese mismo día, Ermasov salió en busca de Konstantin Belikov, el capitán del Traktor. Sabía que había sobrevivido a la batalla. De hecho, lo encontró en un campamento militar. Hacía meses que no se veían y se abrazaron. Belikov era el alma del Traktor, un defensa duro que había liderado al conjunto de la ciudad en 1939, cuando plantaron cara a los grandes clubes de Moscú con un gran sistema defensivo, spoiler de lo que le esperaba a Stalingrado en el campo de batalla: resistir. Cuando empezó la guerra y los nazis ganaron terreno, muchos futbolistas fueron evacuados, ya que trabajaban en la famosa fábrica Traktor, el orgullo de la ciudad. La empresa se trasladó a la lejana Chelyabinsk, en Siberia, y cambió la producción de tractores por la de tanques. La mayoría de los jugadores también fueron evacuados, pese a que, según la propaganda soviética, todos habían pedido quedarse. Sea como sea, cuatro jugadores de aquel equipo sí permanecieron en el frente.

Si Ermasov defendió la fábrica Octubre Rojo, Belikov se jugó el pellejo del primero al último día de la batalla. Enrolado en un grupo de fuerzas especiales, realizó misiones suicidas detrás de las líneas nazis. “Un día, el grupo en el que actuaba este valiente guerrero inició el retorno a su posición tras capturar a un oficial nazi y hacerse con varios documentos importantes del enemigo. De repente, los soldados soviéticos sufrieron una emboscada. El comandante fue alcanzado por una ráfaga de ametralladora: ‘¡Todos, retirada!’, ordenó. ‘Yo detendré a esos cabrones’, gritó el futbolista. Se tumbó detrás de las piedras de unas ruinas y durante 40 minutos contuvo el ataque de un pelotón de fascistas con ametralladoras y salvas de granadas”, explica el historiador Leonid Goryaniv, autor de un libro sobre los futbolistas presentes en Stalingrado. Aquel día, Belikov consiguió salvar la vida de su comandante y aguantar la posición hasta que llegaron refuerzos. Una acción que le valió una condecoración al mérito militar…

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Toni Padilla

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