Este es el editorial con el que arranca el nuevo #Panenka153, que ya está disponible aquí
Hace 50 años que el dictador murió. En la cama, anciano, enfermo, por primera vez indefenso. ¿La muerte nos iguala? Queda bien decirlo, reconforta, uno está tentado a pensarlo. Aunque ni por esas, porque el dictador murió matando, con la sangre de las últimas ejecuciones de su régimen todavía sin secar.
El dictador murió en la cama, pese a que algunos fantasearon con matarlo. Grupos anarquistas que se reorganizaban en la clandestinidad idearon estrategias para hacerlo volar por los aires durante una de sus apariciones en el Santiago Bernabéu. Quién sabe lo cerca que estuvieron de lograrlo. Pero el dictador murió en la cama, y el balón, para él y sus secuaces, nunca jamás iba a ser sinónimo de dolor ni de derrota, sino de vida o, mejor dicho, de propaganda, que es el alimento principal, junto a la violencia, que nutre a las tiranías.
Qué lejos queda ya aquel fútbol en el que se silenciaba a los jugadores que reclamaban respeto por su integridad. En el que los clubes eran sancionados si sus aficionados hacían política en sus graderíos. En el que al futbolista disidente se le dejaba a la intemperie. En el que no se podía salir del armario. En el que las máximas autoridades aprovechaban éxitos a los que no habían contribuido para reforzar la fantasía de su cercanía al pueblo.
Muerto el dictador, no se acabó la rabia. La rabia que nos invade cada vez que comprobamos cómo este fútbol que tanto amamos es aún incapaz de erguirse del todo
Tan lejos, tan cerca. Porque, medio siglo después de que un dictador muriera en la cama, este deporte es una institución que sigue reproduciendo dejes autoritarios de cuando el tirano echaba quinielas desde El Pardo, entregaba Copas a su salud y firmaba sentencias de muerte. Tics de otro tiempo que hoy nos tendrían que parecer anacrónicos y que, sin embargo, menuda paradoja, están cada día más de moda.
Muerto el dictador, no se acabó la rabia. La rabia que nos invade cada vez que comprobamos cómo este deporte que tanto amamos es aún incapaz de erguirse del todo. Las dictaduras impuestas con mano de hierro y uniforme militar son terroríficas. Pero deberían causarnos también pavor las que, en democracia, nos imponemos a nosotros mismos.
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