Sandra Judite Bruheim da Silva Ferreira nació el 12 de julio de 1969, tres años después de que tuviera lugar el Mundial de Inglaterra en el que su padre, Eusébio, marcaría nueve goles, llevaría a Portugal a obtener un histórico tercer puesto y se consagraría como uno de los mejores jugadores de la historia. Su trabajo en la Associação Social, Cultural e Desportiva Art Eusébio Heart no solo tiene el objetivo de perpetuar la memoria de su progenitor, sino también el de reivindicar la figura del futbolista de ayer, aquel que estaba más obsesionado por el balón que por el dinero -fundamentalmente, porque no se manejaban las astronómicas cifras de ahora- y que prefería perder con dignidad antes que sacar ventaja a través de malas artes. La ‘Pantera Negra’ fue el mejor exponente de esa clase de jugadores, pues sus triunfos se fraguaron desde la humildad y el juego limpio.

Eusébio traía la modestia de serie, pues su infancia en Lourenço Marques (Maputo a partir de la independencia de Mozambique, el 13 de marzo de 1976) estuvo marcada por la escasez de recursos. Su madre, Elisa Anissabeni, viuda, tuvo que redoblar esfuerzos para criarlo a él y a sus siete hermanos. Todas esas carencias le mantuvieron siempre con los pies sobre la tierra, más allá de que tras triunfar como futbolista profesional ya no tuviese ninguna necesidad material. “Mi padre venía de una familia muy numerosa que vivía realmente mal; de hecho, él ni siquiera tenía calzado para jugar al fútbol”, explica a Panenka su hija, que recuerda lo insistente que era su padre en no olvidar los orígenes. “Hoy podemos gozar de gran prestigio, tener una legión de admiradores, pero la popularidad que disfrutamos es efímera”, reflexionaba una voz en off del ídolo en Eusébio, A Pantera Negra, película dirigida por el español Juan de Orduña. Sandra, que siempre se identificó con esas palabras, aclara que a Eusébio no le gustaba ostentar su lugar entre los mejores futbolistas del planeta, aunque no negaba merecer lo conseguido gracias a su talento, ambición y profesionalidad. Virtudes que, desde la mirada de su hija, también reúne Cristiano Ronaldo, el último ídolo luso a escala global.

El fair play de Eusébio lo llevó al extremo de felicitar, con la pelota en juego, a Alex Stepney, portero del Manchester United, por haberle tapado una ocasión de gol que le podría haber dado al Benfica una Copa de Europa. Y por gestos similares también tejió grandes complicidades con estrellas de la talla de Alfredo Di Stéfano, Pelé, Franz Beckenbauer o el guardameta Lev Yashin, a quien, como relata Sandra, engañaba sin proponérselo a la hora de lanzarle penaltis. “Te lo voy a tirar a la derecha”, le anticipaba Eusébio; y hacia allí, efectivamente, iba el balón. Al arquero, incrédulo y vencido, uno de los mayores especialistas desde los once metros de la historia, luego le decía: “¿Ves como iba a lanzarlo a la derecha?”. Sandra cree que jugar limpio le dio buenos amigos: “Construía amistades dentro del campo gracias a su forma de ser”, opina.

Eusébio aplicaba la misma deportividad fuera de los terrenos de juego. “Además del respeto, nos decía que teníamos que honrar los compromisos y ser responsables. ‘Si pides algo, luego tienes que devolverlo’, nos decía”, valora Sandra, quien recuerda su infancia con una sensación agridulce, pues eran escasos los momentos compartidos con su padre, una estrella tan solicitada. “La mayoría del tiempo estaba rodeado de mucha gente, fue difícil”, confiesa. Pero su ausencia por entrenamientos, viajes, partidos o múltiples entregas de premios no lo convertían en un mal padre, ni mucho menos; aunque Sandra añoraba más tiempo con él, valoraba mucho las jornadas libres pospartido, cuando eran sagrados los almuerzos en familia y el tiempo no se medía por su cantidad, sino por su calidad. “Estábamos desacompasados, porque cuando él no estaba entrenando yo estaba en la escuela. Por eso aquellos almuerzos en familia eran muy agradables. Él los aprovechaba para transmitirnos sus valores: respeto, respeto y respeto. Ese era su ideal de vida”, recuerda Sandra.

A su ritmo

En la mesa de los Da Silva Ferreira no podían faltar el Caril de Caranguejo y el de Amendoim, porque eran los platos favoritos de Eusébio desde su infancia en Mozambique. Y “porque quería conservar la tradición”, advierte su hija. En esos desayunos no hablaba de fútbol con Sandra y Carla Elisa, la mayor; prefería aparcar los temas profesionales en ese espacio de intimidad. Y para cambiar de tema no había mejor excusa que la música. Si bien le gustaba el fado, el sonido tradicional y melancólico de Portugal, con lo que realmente vibraba era con el blues, el soul y el funk. Y por ende, se deleitaba con Aretha Franklin y James Brown. “Era un gran bailarín”, elogia Sandra.

Bailaba fuera y dentro del campo. Y también hizo bailar de alegría a multitudes con conquistas tal vez inimaginables cuando solo era un niño que pateaba una pelota de trapo en las canchas improvisadas del barrio de Mafalala. Marcó, según datos oficiales de la UEFA, 727 goles con el Benfica, ganó once veces la Primeira Liga, obtuvo en cinco ocasiones la Copa de Portugal, se llevó dos Botas de Oro y se dio el gusto de coronarse en la Copa de Europa, cuando en Ámsterdam su equipo logró una misión imposible hasta ese momento: derrotar al Real Madrid en una final continental. La noche del 2 de mayo de 1962 Eusébio acabó imponiéndose al legendario Ferenc Puskás, que firmó un hat-trick. Y lo consiguió yendo de menos a más: primero, con un tiro en el poste; luego, con un gol de penalti, y, finalmente, con el 5-3 definitivo tras un remate desde fuera del área.

En 1965, a pesar de haber perdido la final europea ante el Inter de Helenio Herrera, Eusébio le ganó el Balón de Oro por ocho votos de diferencia al italiano Giacinto Facchetti y se convirtió, como él mismo dijo, en “el primer africano en conquistar el mundo”. Pero su definitiva llegada a la cima fue un año después, tras desparramar rivales en los campos de Old Trafford y Goodison Park. El oriundo de Mozambique adquirió estatus de leyenda en el Mundial de Inglaterra por sus dos tantos en la victoria ante la Brasil bicampeona del mundo, por sus cuatro goles a Corea del Norte para remontar un 0-3 y por su total entrega hasta las lágrimas en la derrota por 1-2 ante Inglaterra en Wembley, en un partido que Eusébio calificó como un error de la federación portuguesa por no haber insistido para que se jugara en Liverpool, como inicialmente correspondía. “Sin lugar a dudas, el Mundial de 1966 fue un torneo muy importante para la carrera de mi padre”, afirma Sandra y lo confirma en cada ocasión António Costa, primer ministro de Portugal: “La imagen de Eusébio llorando después de esa semifinal es de un extraordinario sentimiento de patriotismo, tristeza y entrega al juego y a la lucha”.

Pero nada de eso tuvo en cuenta Fernando Couto e Santos, corresponsal de France Football, quien le dejó una espina clavada privándole de un trofeo que finalmente se llevó el inglés Bobby Charlton. “Le entristeció mucho que, por un solo punto, no pudiera ganar su segundo Balón de Oro. Y ese punto se lo negó un periodista portugués, por eso se quedó para siempre con esa amargura”, lamenta Sandra, con la empatía de una hija que vivió de cerca la frustración de su padre.

Sufrir desde afuera

Para Eusébio no fue sencillo el día después de colgar las botas. “Sentía impotencia”

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, destaca Sandra. Para matar el tiempo jugó al golf, al tenis, se entregó al cine, asistió a homenajes y dio charlas. Nunca le interesó ser entrenador. “Debía dedicar mucho tiempo a preparar al equipo, estudiar rivales y vivir concentrado”, explica su hija. De todos modos, aceptó la invitación de Sven-Göran Eriksson para que fuera su ayudante en la primera etapa del técnico sueco en el banquillo del Benfica (82-84). Su función: poner a prueba a los porteros con el potente disparo que todavía conservaba. También ejerció, informalmente, de cazatalentos. Y en una prueba en la que participaron unos 500 niños, descubrió, a simple vista, a un chico con mucho talento y condiciones para triunfar. Se llamaba Rui Costa, futuro ídolo encarnado.

Aunque sin cargo oficial, pasaba muchas horas en el club tanto para ayudar en la toma de decisiones importantes como para acompañar al primer equipo en los desplazamientos. Grandes estrellas del fútbol mundial, como el argentino Claudio Paul Caniggia, disfrutaban de su compañía cuando se dejaba caer por el gimnasio y se ejercitaba al lado en una bicicleta estática. Eusébio no era el entrenador ni quería serlo, pero tenía suficiente espalda y conocimiento como para tomarse el atrevimiento de alertar a los jugadores sobre determinados aspectos tácticos. También les daba consejos sobre cómo manejarse en la vida. Décadas después, el delantero argentino contó que fue “un lujo” el haber podido contar con su presencia en esos momentos.

Pero por más presente que estuviese en el día a día del equipo, el contacto con la pelota ya no era el mismo, y por eso sufría viendo los partidos desde afuera. Por no hablar de cuando estos partidos eran finales continentales… “Le dolía mucho que el Benfica no consiguiese más títulos internacionales, porque el equipo se esforzaba pero era incapaz de levantar estos trofeos. Pero no creía en lo que se denominó la ‘maldición de Béla Guttmann’ ni nada por el estilo; él no creía en esas cosas”, revela Sandra, una habitual del Estádio da Luz.

Ídolo unánime

Basta caminar por las veredas empedradas de Lisboa para darse cuenta que el cariño y respeto por Eusébio es unánime en Portugal. “Todos los premios y trofeos que ganó, desde la Copa de Europa al Balón de Oro, contribuyeron a engrandecer un país pequeño”, explica Sandra con admiración.

Sin duda el contexto fue muy importante para que fuese considerado un icono popular, a la altura de la fadista Amalia Rodrigues. Porque Eusébio, en suma, fue uno de los máximos responsables de que las generaciones que vivieron en los 60 y 70 pudieran sentirse orgullosas de su país: “Tuvimos una larga dictadura, y el fado y el fútbol eran las pocas alegrías que tenía la gente. Por eso la actuación de mi padre en el Mundial de Inglaterra hizo que fuera querido por todos”.

La unanimidad de Eusébio no solo fue ratificada en 1992 con la estatua de bronce impulsada por el exjugador Vítor Baptista, realizada por el escultor estadounidense Duker Bower y colocada en la Praça Centenário, frente al Estádio da Luz. A la fachada del edificio de la Federación Portuguesa de Fútbol, ubicada a pocos metros de la plaza Marqués de Pombal, el lugar predilecto para las celebraciones de los títulos benfiquistas, se la vistió con una gigantografía con la foto del ídolo y un mensaje: ‘Os genios vivem para sempre‘ (‘Los genios viven para siempre’).

“Cada niño que se cruzaba con él por la calle le demostraba todo su amor”, cuenta Sandra. Su idolatría no distinguía colores, porque, al fin y al cabo, Eusébio era de todos los portugueses. “Fue un icono del Benfica amado por todos los aficionados de los demás equipos. De hecho, tenía grandes amigos en el Sporting de Portugal”, agrega.

“Los otros iconos del fútbol portugués como Figo y Cristiano Ronaldo pertenecen a una época muy diferente, en la que las comunicaciones son mucho más rápidas, pero mi padre estableció récords que fueron batidos 40 o 50 años después”, distingue Sandra, quien desde el fallecimiento de Eusébio, el 5 de enero de 2014, emprendió junto a su familia la tarea de difundir el enorme legado de su padre. Su primera acción concreta fue inaugurar el 7 de agosto de 2015 la exposición mundial Art Eusebio Heart, un recorrido por los objetos personales más preciados de Eusébio que se instaló en Torreão Poente, frente a la enorme Praça do Comércio del centro de Lisboa. Para ello reunieron viejas camisetas suyas del Benfica, de la selección y una del Real Madrid intercambiada con Alfredo Di Stéfano. También se expuso una pelota de trapo confeccionada por niñas del barrio de Mafalala, similar a la que pateaba el crack cuando dejaba a su madre esperando largas horas los recados encargados, y también otras piezas de un alto valor sentimental. “Queríamos mostrar otro tipo de objetos, más vinculados a la vida personal de mi padre, como algunos relacionados con el bautismo de mi hermana y el mío o las zapatillas de cuando mi madre era gimnasta”, describió Sandra durante la presentación.

Sorprendió ver a la mismísima esposa de Eusébio, Flora Claudina Bruheim, sentada a un costado de la recepción y con un asombroso perfil bajo. Durante las tres semanas de exposición, cientos de visitantes se emocionaron al tomar contacto con un pedazo importante de la vida del ídolo. “Me impactó la respuesta de la gente”, contó Sandra, quien además se involucró en otros proyectos tributo, como el musical Eusébio, um hino ao futebol, producido por Ana Rangel, y el documental de Filipe Ascensão Eusébio: História de uma lenda.

Su misión como hija es que Eusébio siga vivo mediante su enorme legado y que las nuevas generaciones puedan disfrutarlo, por más que se trate de un ídolo que brilló hace ya más de medio siglo. “Como familia no vamos a dejar que se olvide a Eusébio”, asegura hoy Sandra, con la firme convicción de que los genios viven para siempre, mucho más si se trata de un tipo que, además de premios, dejó un legado cargado de humildad.

 


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Fotografía de Getty Images.


Este texto está extraído del #Panenka87, un número que todavía puedes conseguir aquí