«La sensación de volver a calzarse las botas, de volver a pisar, a acariciar, el césped, de volver a sentir, a notar, el aire fresco en la cara, de volver a tocar un balón, de volver a sentirse futbolista, de volver a sentirse vivo, después de tantos, de tantísimos, días encerrados en casa no se puede describir con palabras. No se puede describir con palabras. Fue como volver a descubrir este deporte. Como volver a empezar a jugar al fútbol», arranca, sincero, Íñigo Eguaras (Antsoain, Navarra, 1992); que en su tercera temporada en La Romareda es ya uno de los principales pilares y uno de los capitanes del Real Zaragoza y, a la vez, uno de los mejores jugadores de la categoría de plata del fútbol nacional, y el que más pases ha dado, con 1.759, en las 31 jornadas del campeonato disputadas hasta la fecha, en las que además ha firmado cinco pases de gol y dos dianas. El talentoso centrocampista navarro de 28 años es el mago, el costurero, el metrónomo, del soñador conjunto de Víctor Fernández, que aguarda que se retome la competición para intentar hacer realidad, de una vez por todas, y por fin, el sueño de regresar a la máxima categoría del balompié estatal.

La liga se terminará en el césped.

Cuanto antes vuelva el fútbol, mejor. Tanto para nosotros como para la gente. Mueve mucho. Y da muchísimos trabajos. Mucha gente dice que no se puede retomar, y que no se puede volver jugar, mientras no se pueda garantizar que la seguridad sea del 100%, pero el riesgo cero, ni en lo referente a los contagios ni en lo referente a las lesiones, no existe. No ha existido nunca en un encuentro de fútbol. Nadie puede garantizártelo. Nosotros nos debemos a nuestro trabajo. Y a nuestra gente. Y lo que queremos es acabar la temporada en el césped. Nuestra situación es muy privilegiada, porque estamos en puestos de ascenso directo, pero no queremos ganar nada en los despachos. Queremos celebrar el ascenso en el césped. Porque a saber qué podría pasar en los despachos. Y porque después de hacer un año tan bueno no queremos dejar once partidos sin jugar. Queremos celebrar el ascenso en los últimos once partidos, que es donde realmente se deciden las cosas y donde debes demostrar que mereces subir, mantenerte o no bajar. Queremos conseguir el ascenso en el césped, que es donde se tienen que demostrar las cosas.

¿Cómo has vivido estos dos meses?

Al principio todo me pasó bastante rápido. Pero una vez que pudimos empezar a salir a la calle me ha costado mucho más. Y se me ha hecho más duro. Porque podías salir, pero sabías que tenías que volver a meterte en casa al cabo de un rato. De todos estos días, de esto reto colectivo que se nos ha planteado, me quedo con que ha sido como una lección de vida. Y, sobre todo, con que todos, o casi todos, hemos intentado hacerlo todo lo mejor posible, aportando nuestro granito de arena y trabajando en equipo, ayudándonos los unos a los otros, que es lo que tenemos que hacer si queremos salir hacia adelante. Ahora parece que todo va relajándose, pero debemos continuar haciendo caso a lo que nos dicen los que mandan, aunque sea complicado porque muchas veces las directrices no son entendibles ni coherentes y aunque haya muchas cosas que no se estén haciendo nada bien. Y debemos reconocer, y agradecer, el trabajo de todos los sanitarios y de toda la gente que está, que ha estado y que estará en la primera línea. No tienen el reconocimiento que merecen, pero han dado el callo.

 

«Nosotros nos debemos a nuestro trabajo. Y a nuestra gente. Y lo que queremos es acabar la temporada. Nuestra situación es privilegiada, pero no queremos ganar nada en los despachos. Queremos celebrar el ascenso en el césped»

 

A nivel personal, ¿de qué te han servido estos días?

Todos hemos tenido más tiempo para pensar. Y para valorar las cosas que son realmente importantes. Para valorar aquello que tenemos, aquello que necesitamos. En momentos así te das cuenta de que la vida pasa muy, muy, rápido. De que tienes que aprovechar, y que vivir, cada día, cada minuto, al máximo. Y de que no puedes dejar pasar ningún tren.

Entre tantas noticias negativas, una de positiva. Hace unos días renovaste con el Real Zaragoza hasta el 30 de junio del 2024.

Ha salido todo de la mejor manera posible. Acababa contrato en junio, pero yo quería seguir aquí. Mi prioridad, mi voluntad, siempre ha sido seguir aquí. Porque aquí estoy encantado. Soy feliz. La gente me quiere. Y mis compañeros también. Me siento importante. Disfruto del fútbol, que es lo que más me gusta. Y he tenido la suerte de contar con muchísimos minutos desde el primer día, que es lo que necesita un futbolista. Los casi tres años que llevo aquí son los que más he disfrutado del fútbol. En enero recibí una propuesta del club que no era de mi agrado, y me preocupé bastante. Me comía mucho la cabeza. Sin contrato, y con las negociaciones paradas, comencé a verme fuera del club. Me veía fuera. Tenía miedo de que no apostaran por mí. Me veía muy lejos del club. Pero a mediados de febrero empezamos a negociar otra vez, y hasta que acabamos llegando a un acuerdo con el club, al que le estoy muy agradecido. Me encanta cómo se trabaja aquí, tanto en la cantera como en el primer equipo. Es un club que está en dinámica ascendente. Y con una filosofía diferente. Es un club grande. Un club que ha estado muchos años en Primera, que ha ganado Copas del Rey, una Recopa y una Supercopa. Un club al que tenemos que devolver a Primera.

La vida futbolística de Íñigo Eguaras, del actual ’16’ del Real Zaragoza, comenzó a escribirse en los recreos el patio de su escuela. «Con tres años y medio. O cuatro. El recuerdo de estar jugando en ese patio siendo un chaval es uno de mis primeros recuerdos», remarca, deshaciendo el camino que le ha llevado hasta el presente, hasta la élite, para volver a los orígenes, a aquellas tardes en las que el Mikasa era como uno más de la cuadrilla. «Nos pasábamos todo el día con el balón. De plaza en plaza, disfrutando del fútbol en su máxima esencia. En su máxima pureza. De porterías usábamos el bajo de un banco. Cualquier cosa nos servía para montar un partidillo. La tecnología lo ha cambiado todo, y se está perdiendo eso de ver a los niños jugando en la calle. Antes el fútbol se vivía mucho más en la calle. Veías una botella, o una piedra, y te ponías a pegarle patadas. Nos pasábamos el día en las calles hablando de fútbol o jugando al fútbol. Y por esto sentimos tanto, tantísimo, el fútbol, porque lo hemos disfrutado desde pequeños», apunta un Eguaras que creció, fijándose en Zinédine Zidane, primero, y en Xabi Alonso, después, en el barrio pamplonés de la Txantrea.

¿Qué sientes cuando vuelves a casa?

Nací en Antsoain, pero siempre hacía vida en la Txantrea, que está justo al lado. Están separados por una rotonda. Cuando ahora tengo un día libre primero siempre paso a saludar a mis padres, que siguen viviendo en Antsoain, pero justo después me voy a la Txantrea. Y siento muchísimas cosas cuando vuelvo al barrio. Cuando voy a ver a mis amigos que juegan en el equipo del barrio, que juega en Tercera, siempre siento ese gusanillo de decir: ‘Aquí crecí. Aquí empecé a andar como persona. Y como futbolista. Aquí empecé a jugar, a entrenar’. Voy a verles todos los fines de semana que puedo. Y cuando estoy ahí siento la necesidad de querer volver a ese lugar. No sé si al final de mi carrera o cuando, pero siento la necesidad de volver a ese campo, a ese club tan humilde, tan familiar. Tan humilde, y tan familiar, como el propio barrio. Siento algo especial. Que tengo que acabar ahí. Donde todo comenzó. Porque cuando regreso al barrio es como hacer un viaje hacia atrás en el tiempo. Vuelvo a los días de pequeño. Pasas por las calles y por las plazas y revives aquellos días en los que, de niño, corrías por ahí, siempre junto a un balón. Revives lo que sentías aquellos días. Y me siento feliz al sentir, al constatar, que sigo viviendo, disfrutando, este deporte único con la misma pasión, con la misma ilusión, con la que lo hacía entonces.

Ahí, en la Txantrea, tu camino se cruzó con el de Iker Muniain.

El padre de mi mejor amigo, que era entrenador del club de la Txantrea, nos dijo a mi mejor amigo y a mí si queríamos empezar a jugar en el equipo, y ahí, con apenas cuatro años, fue donde empecé a coincidir con Iker. Empezamos ahí, jugando a fútbol sala en el pabellón. Recuerdo las tardes, ya de más mayores, en las que nos mandaban en autobús desde la Txantrea a Lezama para ir a hacer pruebas con el Athletic. Estuvimos todo un año haciendo pruebas, y yendo a torneos. Y llegó un momento en el que también nos quiso el Barça, pero los dos nos decantamos por el Athletic.

«Era una barbaridad. Teníamos un equipo brutal. Éramos como ‘La Naranja Mecánica’. Fueron unos años preciosos, aunque a la velocidad a la que crece un niño casi no te das ni cuenta», rememoraba Iker en el #Panenka83. Ese equipo del Txantrea arrasaba, cuentan.

Recuerdo que nos pusimos a la altura de Osasuna, que era, y que es, el club más grande, más potente, de Navarra. Pero, desde la humildad, nosotros competíamos de tú a tú contra ellos. Y empezamos a ganar. Y lo ganábamos todo. Todo. Y todo el mundo quería venir aquí antes que a Osasuna. Aquello era la leche. Y cuando íbamos con la selección navarra la enorme mayoría éramos del Txantrea. Ahora todo ha vuelto ya a la normalidad, porque Osasuna es un club grande, un club que está en Primera División, y que cuenta con unos medios enormes, pero en esa época arrasábamos.

Estuvisteis ahí hasta que en 2004 tanto tú como Iker os fuisteis hacia Lezama.

También vino con nosotros Joseba Alcuaz, que ahora juega en el club en Tercera. Recuerdo el día en el que nos reunieron a los tres en el despacho del presidente del club para darnos la noticia. Aceptamos sin pensarlo mucho, pero recuerdo que sentí una mezcla de alegría y de tristeza. Que el sentimiento era un poco agridulce. Dábamos saltos de alegría, pero a la vez sabíamos que, con apenas 12 años, íbamos a tener que dejar todas nuestras vidas atrás para irnos solos a una residencia.

 

«No me olvidaré nunca de Iñaki Gallastegui. Su sueño no se hará realidad por aquello que le pasó, pero peleo día a día, y no dejaré de hacerlo nunca, para hacer realidad mi sueño y su sueño. Para llegar los dos a Primera División»

 

«Nos costó amoldarnos a Bilbao. A una vida nueva en una ciudad nueva, y tan grande, en un colegio nuevo y en un club nuevo. A estar solos. A vivir, a dormir, solos, en una residencia en la que éramos los más pequeños. Recuerdo los principios en Lezama con más tristeza que alegría. Fue duro, tanto para nosotros como para nuestros padres. Pero al cabo de unos meses estábamos más que encantados», rememora el fino futbolista navarro. «Todo era genial. Era maravilloso. El domingo, después de estar toda la semana fuera de casa, volvíamos a la Txantrea, donde hay muchísima gente del Athletic, y siempre nos preguntaban cómo era aquello. Contábamos cómo era Lezama. Cómo era vivir un encuentro del Athletic en San Mamés. Cómo era ver en directo a Julen Guerrero. O a Fran Yeste. Era como si cada semana nos fuéramos a la Luna y el domingo se lo contáramos al resto. Como contar un cuento. Vivíamos una historia que parecía irreal. Era increíble. Recuerdo la alegría con la que se lo contaba todo a mis amigos o a mis tíos durante las Navidades. Y las caras de admiración, y las bocas abiertas, con la que me miraban. Y recuerdo tener 14 años o así, que ya vas teniendo más cabeza, y pensar: ‘Joder, soy un privilegiado. Todo esto que estoy viviendo tengo que disfrutarlo al máximo, y no puedo dejarlo escapar'», acentúa un Íñigo Eguaras que en un triste 26 de febrero del 2006 tuvo que despedirse para siempre de Iñaki Gallastegui, de un compañero, un amigo, en el fútbol base del Athletic que falleció, junto a otros dos menores, y con tan solo 13 años, en un accidente de tráfico.

¿Quién era?

Era una persona muy importante para mí. Estaba las 24 horas con él. Cada día. De lunes a sábado. Hasta que llegó el día en el que nos dijeron que había fallecido. Era un domingo, y estábamos en la Txantrea. Recuerdo salir corriendo de mi casa para ir hacia la de Iker a decírselo. Y recuerdo que nos abrazamos. Que nos abrazamos muy fuerte. Y que lloramos. Que lloramos mucho. Éramos muy jóvenes, y no entendíamos por qué había tenido que pasarle eso a Iñaki. Ese día fue muy duro. Es lo más duro que he vivido en toda mi vida. Recuerdo que, a partir de ahí, los dos nos obligamos a comenzar a vivir pasito a pasito. Y a valorarlo mucho más todo. A vivir la vida más intensamente. Nos dijimos: ‘Estamos en el Athletic. Confían en nosotros. Vamos dar lo mejor de nosotros. Por Iñaki’.

En cada paso, en cada pase, que habéis dado desde ese día se esconde un homenaje a su figura.

Sí. Recuerdo que les prometí a sus padres que cuando llegara a profesional lo primero que haría sería llevar su ’16’. No me olvidaré nunca de Iñaki, y llevar su ’16’, y llevarle siempre conmigo, en cada partido, es un orgullo. Es, quizás, una de las cosas de las que más me enorgullezco. Y es, a la vez, una gran responsabilidad. Es como caminar juntos de la mano. Su sueño no se hará realidad por aquello que le pasó, pero peleo día a día, y no dejaré de hacerlo nunca, para hacer realidad mi sueño y su sueño. Para llegar los dos a Primera División.

Tras estrenarse en Tercera División con el segundo filial del Athletic, el Baskonia, en la temporada 10-11, en la que creció, sobre todo, a nivel defensivo; el actual centrocampista del Real Zaragoza acabó ascendiendo al Bilbao Athletic en 2011. «Se me hizo muy difícil al principio. Era de los más pequeños, y por delante tenía a centrocampistas de mucha calidad, de un nivel altísimo. Veía a Javier Eraso, a Erik Morán, a Álvaro Peña o a Íñigo Ruiz de Galarreta y me decía: ‘Joder, ¿dónde me he metido? Yo no voy a jugar nunca’. Pero fui aprendiendo, y creciendo, de la mano del ‘Cuco’ Ziganda hasta ganarme un hueco en el equipo», cuenta un Eguaras que defendió la elástica del Athletic durante una década y en sus últimos tres años como león jugó en la categoría de bronce con el filial, quedándose a solo dos pasos del ascenso a Segunda División en el curso 12-13.

En 2014 te tocó despedirte de Lezama, y de tu sueño, sin haber podido debutar con el primer equipo.

No llegué a debutar, pero subí a entrenar varias veces con Caparrós, que nos juntaba a varios canteranos para hacer unas jornadas de tecnificación, y con Marcelo Bielsa, que de vez en cuando me subía a entrenar con el primer equipo. Durante unas Navidades estuve con ellos toda una semana, y para mí fue un premio enorme. Fue un sueño cumplido. Recuerdo que aquellos años veía por la televisión a Iker y me decía: ‘Mira hasta adonde ha llegado. Ojalá yo también pudiera llegar hasta ahí’. Y en esos entrenamientos coincidimos de nuevo, y, después de tantos años juntos, fue brutal estar juntos en el primer equipo del Athletic.

Hace frío, según dicen, lejos de Lezama.

El último año en el B ya tenía la cabeza fuera de ahí. La posibilidad de llegar al primer equipo era muy difícil porque había centrocampistas muy jóvenes y con una categoría de otro nivel. Con gente como Ander Herrera, Iturraspe, Beñat o De Marcos, entre otros, por delante, veía imposible subir al primer equipo, así que decidí que lo mejor era salir. Había estado muchos años luchando por el sueño de llegar al primer equipo, y cada vez fui viéndolo más lejos hasta que ya lo vi imposible, y, con mucho dolor, decidí cambiar de aires y emprender una nueva aventura. Fue muy, muy, duro dejar atrás el Athletic, porque es donde crecí y un club al que sigo teniendo en el corazón. Y porque al salir de ahí te das cuenta de lo que realmente es el Athletic y porque salir de ahí es como aterrizar en otro mundo. Todo cambia. Todo es diferente. Pero hay vida más allá del Athletic, aunque tienes que tener las ganas de querer descubrirla.

En 2014 te incorporaste al Sabadell.

Fue una decisión un tanto difícil. Tenía varias ofertas sobre la mesa, pero me decanté por el Sabadell porque la temporada anterior habían terminado décimos, y a apenas dos puntos del play-off de ascenso, y porque en la plantilla había gente de muchísima categoría, como Antonio Hidalgo o Raúl Tamudo. Pero todo se complicó, y acabamos bajando a Segunda B.

Y en 2015 recalaste en el Mirandés.

Recuerdo que aquel verano, con solo 23 años, incluso dudé de si quería seguir jugando al fútbol. Mi primer año en el fútbol profesional había acabado con un descenso, y sabía que así era más difícil que alguien pudiera quererme. Los clubes ya habían empezado a entrenar, y yo aún estaba sin equipo. Hasta que de repente recibí una llamada que encendió de nuevo la llama. Cuando llevas tantos años disfrutando de fútbol ya no te ves sin él, y en realidad siempre he pensado que yo quería seguir jugando. Y que si hoy he llegado hasta aquí ha sido gracias a aquella llamada del Mirandés.

 

«Aquí, en La Romareda, he encontrado mi sitio. Soy feliz. Plenamente feliz. Pero tengo que mantener los pies en el suelo. Si no mantienes los pies en el suelo la hostia puede ser terrible. Si no mantienes los pies en el suelo te pierdes»

 

El cerebral centrocampista de Antsoain explotó definitivamente en la temporada 16-17, en su segundo curso en el Estadio Municipal de Anduva, en una Miranda de Ebro que «vive por y para nada más que el Mirandés» y de la que se enamoró el primer día en el que la pisó. El humilde equipo castellanoleonés acabó el curso bajando a la categoría de bronce, pero el alto nivel ofrecido por Eguaras a lo largo de la temporada le expidió un salvoconducto para permanecer en Segunda División de la mano del Zaragoza. «Venir aquí es la mejor decisión que he tomado en toda mi vida», acentúa un Eguaras que ya ha superado los 100 partidos con la camiseta blanquilla y que, una vez dejada atrás la pubalgia que el curso pasado le arrebató la sonrisa a él y la brújula al cuadro de La Romareda, continúa disfrutando del fútbol.

Los brazos cruzados en la rueda de prensa de tu presentación, en 2017, ilustran que, quizás, llegaste aquí con un poco de miedo.

Pasé de estar en Miranda de Ebro, en un club humilde, pequeñito, a estar en un transatlántico, en un gigante del fútbol español. Y en una ciudad enorme. En aquella primera rueda de prensa me sentí cohibido ante los periodistas. Me sentí muy pequeñito. Recuerdo que al principio también me chocaba mucho, y me daba un poco de vergüenza, ver a tanta gente joven con mi camiseta y tener tanta repercusión. Pero ahora es un orgullo. Es brutal. Y ahora ese miedo ya no existe. Hoy es una gran responsabilidad. La responsabilidad de ser uno de los referentes en el campo, ante 30.000 personas, y con el escudo del Real Zaragoza en el pecho, de tirar siempre del carro tanto cuando las cosas van bien como cuando van mal.

Se te ve enormemente feliz.

Aquí, en La Romareda, he encontrado mi sitio. He encontrado la madurez. Y soy feliz. Plenamente feliz. Me siento un privilegiado por ser futbolista y por jugar en el Zaragoza. Pero no olvido todo lo que he tenido que pasar. Todo lo que he tenido que sufrir. Todo lo que cuesta lograr las cosas. Que para saber lo que es levantarse tienes que caer algunas veces. Que para saber lo que es sonreír tienes que llorar algunas veces. El pasado se va, pero nunca debes olvidarlo. Las cosas pasan, pero tienes que tener siempre presente todo lo que has pasado. Todo lo que has sufrido. Y nunca debes considerarte más que nadie.

 

«Zaragoza merece estar en Primera División, y después de tantos años sufriendo en Segunda, encajando año tras año el chasco de no subir, y viendo como cada vez es más difícil volver, ahora que lo tenemos en nuestras manos no podemos dejar pasar esta oportunidad»

 

«Yesterday is gone, but not forgotten», proclama el tatuaje de tu brazo derecho.

Tienes que saber siempre de dónde vienes para saber hacia dónde vas. Es lo que me enseñaron en casa. Y ahora que tengo casi todo lo que siempre he soñado, tengo que mantener los pies en el suelo. Si no mantienes los pies en el suelo la hostia puede ser enorme. Terrible. Si no mantienes los pies en el suelo, y no sigues trabajando día a día, te pierdes. Ahora, por ejemplo, nos quedan estos once últimos partidos, que son importantísimos. Que son once finales. Con cinco puntos más que el tercero y el cuarto, lo tenemos en nuestras manos. Y quizás ya todos nos vemos ya en Primera. Pero no podemos vivir de donde nos vemos ni de lo que hemos logrado hasta este momento. Tenemos que salir a ganar los once partidos. Hay oportunidades que pasan una vez en la vida, y hay que aprovecharlas. Y la que tenemos delante no podemos dejarla pasar. Vamos a ir a por el ascenso y a por el primer puesto.

¿Que le dirías a la afición de cara este tramo final de la temporada?

Que confíen en nosotros. Que confíen en nosotros. Hemos dado la talla. Y somos un equipo muy fuerte, de muchísimo nivel. Y estábamos en una dinámica terriblemente buena. Este año, de hecho, no hemos perdido ni un partido de liga. La cosa pintaba bien. Y fue una pena que se parara la competición porque no sabemos cómo vamos a volver, ni cómo va a responder el equipo, ni si vamos a poder volver al nivel de antes, pero vamos a dar el 100% de cada uno de nosotros. Ahora no vamos a fallarles. Queremos redondear la temporada con este ascenso tan ansiado. El mundo quizás ha cambiado estos días, pero nuestro objetivo no ha variado ni una coma. Volver a Primera División continúa siendo el objetivo. Y juntarnos todos en la plaza del Pilar para celebrarlo. A veces me imagino la plaza del Pilar llena a rebosar, celebrando el ascenso a Primera. O nos imagino dentro del bus festejándolo; sintiéndonos queridos, sintiendo que le hemos dado al club y a la ciudad lo que se merecen. Porque Zaragoza merece estar en Primera, y después de tantos y tantos años sufriendo en Segunda, encajando año tras año el chasco de no ascender, y viendo como cada vez es más difícil volver, ahora que lo tenemos en nuestras manos vamos a sacar lo mejor de nosotros para hacerlo realidad. Será muy difícil porque la cosa está, y estará, muy reñida, con muchos equipos al acecho y con los ojos puestos en nuestras nucas, y no podemos, ni queremos, mirar más allá del próximo encuentro. Debemos centrarnos primero en el encuentro contra el Alcorcón, en sacarlo adelante, y ya nos quedará una piedra menos. Este es el año. No tendremos nunca una oportunidad mejor. No podemos dejar escapar este tren. Tenemos que aprovechar esta oportunidad. Porque no creo que vayamos a estar en un escenario mejor para conseguirlo. Este debe ser el año. Ascenso es la única palabra que escuchas cuando vas por la calle, y, después de tantos años en Segunda, ahora que estamos a un paso, ahora que el dolor cabeza de la resaca de los últimos años se va disipando, queremos hacer realidad el viejo sueño del ascenso y queremos devolverles todo ese cariño brindándoles una alegría. El club tiene su historia, sus títulos, sus grandes jugadores, y ahora sentimos que tenemos que darlo todo, y aún un poco más, para devolverlo donde se merece porque esta travesía por el desierto se está haciendo muy larga para un club que siempre había estado en Primera y que nunca había vivido algo así. Tenemos toda la ilusión del mundo para subir, y, también, para darles su Recopa a la gente más joven, que no saben, que no han vivido, lo que fue, lo que significó, el Real Zaragoza, que no vieron la Recopa, la Supercopa, las Copas. Ascender a Primera sería la hostia para todos.

«Para todos», acentúa el faro del Real Zaragoza, que ya acaricia los 200 encuentros en Segunda División (198) y que, «orgulloso del camino recorrido hasta la fecha» y disfrutando de «uno de los mejores años de toda mi vida a nivel futbolístico», sigue alimentando el sueño de verse en Primera División; trabajando con paciencia e incansablemente, y avanzando a paso firme, en silencio.

Y para ti, ¿qué sería el ascenso?

Es el sueño que llevo persiguiendo desde que era un chaval. Desde siempre. En mi carrera, corta, pero con muchas curvas, ya he pasado por casi todo; con dos descensos, con el Sabadell y con el Mirandés, y con dos ascensos frustrados en los play-offs, con el Bilbao Athletic y con el Zaragoza, en mi primer año aquí, en La Romareda. Pero me falta un ascenso. Y quiero que sea a Primera. Siento que no llegar a Primera Division seria un chasco enorme después de tantos años dedicándome, y entregándome, a esto. Acabar mi carrera sin haber estado ahí sería muy frustrante. Y lograrlo sería lo máximo. Sería la leche. Sería la leche. Podría dejar el fútbol el día después de debutar en Primera. Habría cumplido mi sueño. Y el de Iñaki.

 


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Fotografías cedidas por Íñigo Eguaras y el Real Zaragoza.