Miradas

El periodismo deportivo en el espejo de American Fiction

Después de ver American Fiction, la fantástica película de Cord Jefferson nominada al Oscar, me sentí tentado a hacer un experimento como el que propone Jeffrey Wright en su papel de escritor afroamericano subyugado por la literatura de género, la hipocresía de la industria y la condescendencia blanca.

En la cinta, Wright, un escritor y académico cansado de que sus libros de ficción se apilen en las estanterías de estudios afroamericanos, crea un alter ego exótico —un exconvicto— y propone una novela a manera de sátira con todo lo que se supone debe incluir una obra escrita por un autor de su condición racial: violenta, marginal, simplona y construida a partir de un conjunto de tópicos, prejuicios y estigmas.

La novela, como era de suponerse, encuentra rápidamente el refugio de una casa editorial importante, un generoso cheque como anticipo, una adaptación al cine industrial, el favor de la crítica corporativista y un reputado premio literario otorgado por un jurado supuestamente plural, que más bien representa todas las perversiones inherentes a las cuotas raciales y de género.

Esto, me temo, no es muy diferente a lo que ocurre en los medios y el periodismo deportivo. Las historias y textos más o menos trabajados se apilan en las estanterías de género, mientras los espacios, los altavoces y las cheques como anticipo están reservados para quien sea capaz de maquinar la narrativa con mayor cantidad de lugares comunes, montar una exclusiva a base de trascendidos, emitir juicios de partidos y jugadores que no han visto, ejercer con mayor convicción el periodismo selfie y proferir toda clase de reproches contra el entrenador de moda por “morirse de nada”.

 

¿Bucear en la mierda es el único camino posible para amasar lectores? ¿Hay espacio para que la mierda y las historias a fuego lento sean compatibles? Además de nuestro papel de escritores o periodistas, ¿tenemos una responsabilidad moral?

 

Hay una escena en la que Wright descubre que su nueva pareja está leyendo el libro que acaba de convertir a su alter ego en best seller, lo que provoca su rabia y desencanto. Este no concibe que haya gente dispuesta a consumir una novela tan superficial y cargada de estereotipos por el simple hecho de tener un tema de conversación en sus reuniones sociales. Desde luego que su actitud extremista le convierte a ojos de sus personas más allegadas en un personaje repulsivo, aunque a mí me gusta pensar en él como una suerte de justiciero que, a costa de ser el pesado del grupo, logra trastocar algunas conciencias.

Como el buen cine, la historia propone varias reflexiones a modo de subtexto. ¿Bucear en la mierda es el único camino posible para amasar lectores? ¿Hay espacio para que la mierda y las historias a fuego lento sean compatibles? Además de nuestro papel de escritores, periodistas, contadores de historias y creadores de contenido, ¿tenemos una responsabilidad moral a la hora de propiciar y exigir un estándar más elevado en lo que circula? ¿Los lectores están obligados a implicarse a un nivel superior en términos intelectuales para permitir que otro tipo de historias se cuelen en la mesa de novedades? ¿Qué papel juegan las industrian que se empeñan en homogeneizar, sintetizar e infantilizar sus audiencias? ¿En qué punto las líneas editoriales pueden mantenerse indiferentes a las cuotas raciales y de género?

Son muchas preguntas en el aire que no necesariamente tienen una respuesta evidente, pero lo peor que podemos hacer es seguirlas ignorando.

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Ricardo López Si

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