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El fútbol, nuestra vía de escape

El fútbol y el amor tienen algo en común: se convierten en vía de escape cuando la realidad se planta delante sin pedir permiso

fútbol

El martes pasado me dieron una noticia horrible. Un martes. Una noticia horrible. Seguramente, el peor día para que te den una noticia horrible sea un martes. Suelo reservar ese día para darme mis lujos: desayuno tostadas con aguacate y un huevo poché, salgo seis minutos antes para cruzarme con el señor que siempre me da los buenos días y, después del curro, reservo la tarde para estar tranquilo y ver en bucle highlights de Pablo Alfaro y Javi Navarro en el Sevilla. Pero ese martes iba a ser diferente.

Todo iba más o menos bien hasta que escuché un ruido extraño en el coche. Con veintiún años de rutas interminables, cualquier tipo de sonido oxidado es habitual, como un crujido de huesos o las canas en una persona mayor. No dudé en visitar a Enrique, amigo y mecánico de confianza. Me comentó que tenía que cambiar la junta homocinética, y fingí entenderlo con la misma seriedad con la que fingí saber escribir por primera vez el nombre del jugador georgiano Khvicha Kvaratskhelia. El coche se tenía que quedar un par de días confinado en el taller. Todo según lo previsto, siendo martes.

Tocaba coger el bus. Hace unos años, ir en transporte público era el mejor momento del día. Mi primer movimiento consistía en no sentarme bajo ningún concepto. Si te sientas, te expones a que llegue un veterano y tengas que cederle el asiento por respeto. De primeras no parece nada malo, pero esa acción siempre es sinónimo de ovación de toda la grada. En el bus siempre hay que ser como Jeffren en el Barça: un personaje efímero que no llama la atención en ningún momento.

 

Se te puede joder el coche, te pueden poner los cuernos y a un hombre le puede quedar mejor que a ti un jersey a rayas, pero siempre estarán el fútbol y el amor para recordarte que nada es para tanto

 

Aquel martes no iba a ser diferente. Me quedé de pie en la zona media del bus, donde se ve el juego de verdad, y empecé a imaginarme cómo sería la vida de la gente de mi alrededor. El hombre del fondo con jersey a rayas era profesor de castellano, pero su sueño siempre había sido convertirse en jefe de prensa del Valladolid; la mujer de enfrente acababa de ponerle los cuernos a su marido; y la pareja que estaba a mi lado llevaba tres años siendo un equipo consolidado, con una conexión como la de Luis Fabiano y Kanouté: transmitían armonía, se hablaban con intimidad, estaban pendientes en todo momento el uno del otro.

El fútbol y el amor tienen algo en común: se convierten en vía de escape cuando la realidad se planta delante sin pedir permiso. Se te puede joder el coche, te pueden poner los cuernos y a un hombre le puede quedar mejor que a ti un jersey a rayas, pero siempre estarán el fútbol y el amor para recordarte que nada es para tanto. Aquel martes fue menos martes y, además, me di cuenta de algo mucho más importante: el señor que siempre me da los buenos días tiene la misma mentalidad que yo; no le gustan los martes, por eso se da el lujo de no ponerse el despertador ese día.

 


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Fotografía de Getty Images.