Miradas

El cohete de Stephenson

Cuando la ciudad de Stockton vio cómo el primer ferrocarril abierto al público de la historia se alejaba de su vista en dirección a Darlington, en un septiembre de 1825, nadie en Inglaterra se había sentado alrededor de una mesa en un pub para discutir las reglas del foot-ball. Cuando, cinco años después, el mismo señor que se encargó de diseñar aquella línea ferroviaria tuvo un nuevo proyecto entre manos para unir Liverpool con Mánchester, la historia seguía igual; el fútbol aún no existía. Todavía era siamés del rugby, que, como tal, tampoco existía.

Aquel señor se llamaba George Stephenson. Y para conectar las dos grandes ciudades del noroeste inglés creó una maravilla. De esas a las que todo el mundo ensalza por estar avanzadas a su tiempo. Ingeniero mecánico de profesión, confeccionó junto a su hijo Robert una locomotora de vapor que dejaría atrás aquello de que los caballos hicieran todo el trabajo cargando sobre sus lomos un tranvía sobre raíles. Le pondrían de nombre The Rocket. Lógico. Para ellos una locomotora que pudiera alcanzar los 47 kilómetros por hora, un récord, debería ser lo más cercano a un cohete que habían visto en su vida. De paso, como retoque final a su obra maestra, la pintaron de un negro elegante y un rompedor naranja que coqueteaba con el amarillo y el dorado. Y tras el éxito, Stephenson padre abrió fronteras. Siguió trabajando en Inglaterra, pero también colaboró en la creación de nuevas líneas ferroviarias por toda Europa. Hasta que, con 67 años, una pleuritis acabó con su vida. Era 1848, y no, el fútbol, como tal, aún no existía.

En 1891, 43 años después de la muerte de Stephenson, los trabajadores del Central Uruguay Railway, gran parte de ellos inmigrantes ingleses, decidieron crear un nuevo club deportivo: el Central Uruguay Railway Cricket Club, al que todos lo llamaban CURCC porque el nombre original era un trabalenguas para los locales. Al principio se dedicaron al críquet, aunque solo un año después se creó una sección de fútbol que no tardaría en captar todas las miradas del club. Y desde el primer día los colores del CURCC fueron el negro y el naranja, en homenaje a George Stephenson y su ‘cohete’.

Propulsor como pocos del fútbol en Uruguay, el CURCC pasó a mejor vida cuando la directiva votó a favor de renombrarlo Peñarol, pese a que todavía culea un debate sobre si uno es la continuidad del otro o no. Ya como Peñarol, se amarillentó el naranja. Pero se siguió respetando el legado de Stephenson, un hombre que nunca conoció el fútbol pero al que el primer campeón de América del Sur le dedica sus colores.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Jorge Giner

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